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TRIBUNA

Votar la autonomía es votar las demás autonomías

Secretario general del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC)El próximo día 25 todos los catalanes, los de la ciudad y los del campo, los de nacimiento y los de adopción, tienen ante sí la posibilidad de refrendar su voluntad de autogobierno y de participar, una vez más, en la tarea colectiva de recuperar su plena identidad nacional, colaborando, al mismo tiempo, en la transformación democrática del Estado, y expresando así su solidaridad democrática con el conjunto de España.

Y es que la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña, lejos de ser un privilegio -como algunos han intentado presentar-, expresa, sin duda, un acto de justicia con las aspiraciones nacionales del pueblo catalán, y, a la vez, una auténtica contribución a la adecuación del Estado a su realidad plural, un paso adelante en la transformación del Estado centralista disgregador hacia el Estado solidario de las autonomías.

El día 25, los catalanes no van a dar un paso para alejarse de España, sino que, muy al contrario, van a avanzar hacia una nueva y sólida colaboración en el camino de instalar definitivamente la democracia en España. Porque el autogobierno autonómico contribuirá a abrir en Cataluña un proceso hacia la resolución de sus propios problemas, y su serena reconstrucción será una sólida aportación a la estabilidad necesaria para que se vayan abriendo paso en toda España las soluciones políticas, económicas y sociales, con un tratamiento descentralizado y específico, ligado a los problemas reales y a su conocimiento inmediato, y, a la vez, a la coordinación solidaria y voluntaria para la solución de los problemas y las necesidades comunes.

Ya durante la dictadura franquista, fue Cataluña un estímulo constante para unir la lucha por las propias libertades nacionales al esfuerzo común por la reivindicación autonómica de los demás pueblos de España.

Ya en la elaboración del proyecto de Estatuto por los parlamentarios catalanes, esta preocupación recorrió todo el articulado, y de forma especial el capítulo de la hacienda, en el que se intentó conjugar dos principios fundamentales: el de la solidaridad con el de la suficiencia. Pero también ha estado presente a la hora de entender la autonomía catalana como un proceso realmente viable. A corto plazo, el autogobierno de Cataluña podría quedar estrangulado o convertido en una mera desconcentración administrativa, si no avanzaran, no de una forma mimética, sino a partir de su propia realidad, las demás colectividades con voluntad autonómica. Aquí la solidaridad es mutua, porque sólo a partir de la propia experiencia y de las propias necesidades pueden acabarse con la demagogia de los falsos privilegios, y sólo con la acción conjunta podrá acumularse la fuerza política y la razón suficientes para acometer las transformaciones administrativas, sociales y económicas necesarias, a fin de que cada una de las autonomías se desarrolle desde su propia identidad.

Transparencia de las realidades

Pero bueno será también que para el conocimiento mutuo, para contribuir a la transparencia de las realidades y como aportación a la sustitución de los mitos por la racionalidad, se tenga presente en el conjunto de España qué hay detrás de la invocación superficial a la «Cataluña rica y plena».

Cataluña se enfrenta al proceso de su reconstrucción viviendo el marco general de la crisis económica con una dura experiencia propia, que está poniendo en peligro su infraestructura tradicional, con costes muy elevados para la clase trabajadora -con cifras de paro crecientes de forma alarmante-, con una situación crítica para su campesinado y en un estado de zozobra constante para la pequeña y mediana empresa -que representa más del 90% de la industria catalana-, que ve aumentar día a día los expedientes de crisis.

Junto a esto, Cataluña, durante los años de la dictadura, ha visto concentrada a más del 70% de su población en Barcelona y sus alrededores, sufriendo el empobrecimiento y la despoblación de la mayoría de sus comarcas. Al mismo tiempo, tras la renta per cápita de las estadísticas se esconden grandes insuficiencias en la enseñanza, la sanidad, el urbanismo y los servicios en general, afectando preferentemente a las poblaciones de concentración obrera y las comarcas de alta montaña (comarcas estas que representan el 20% del territorio de Cataluña).

Por otra parte, la reconstrucción cultural ha de tener en cuenta el largo período de intento de exterminio de la lengua catalana y su difícil normalización, la cual debe compaginarse con la oficialidad y el conocimiento pleno del castellano y también con la tarea de protección y fomento de las culturas de inmigración.

Es preciso, por tanto, que Cataluña cuente también con la comprensión, el análisis sereno de sus dificultades y la solidaridad del conjunto de España, sin lo cual es imposible hacer realidad nuestra aspiración autonómica.

Sin duda, el día 25 puede representar un paso adelante en la recuperación del autogobierno de Cataluña, si lo es también en la solidaridad, la comprensión y el conocimiento mutuo para una tarea común de todas las nacionalidades, pueblos y regiones de España. A nuestro entender, cualquier otro tipo de planteamiento que lleve a la insolidaridad o al enfrentamiento sólo puede beneficiar, al margen de las motivaciones que se esgriman, a quienes quieren retrasar un proceso del que depende la plena democratización del Estado y la consolidación de un desarrollo que propicie la completa realización de los diversos proyectos colectivos que hoy pugnan por avanzar, frente al cúmulo de dificultades que intentan entorpecer su legítima aspiración de afirmar libremente su identidad.

De ahí que hagamos plenamente nuestra, sin reservas, la afirmación de la campaña institucional de la Generalitat de que votar la autonomía de Cataluña es votar las demás autonomías, es votar por la transformación democrática del Estado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de octubre de 1979

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