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Las enseñanzas del teatro clásico español

Ponencias de José Monleón y José Luis Gómez en Almagro

A medida que transcurren las jornadas de teatro clásico español de Almagro, que por primera vez ha reunido a un colectivo significativo de estudiosos y protagonistas del teatro para hablar sobre este tema se acentúa cada vez más la conciencia de que el teatro clásico español, tan considerado en otros países y tan olvidado en el nuestro, tiene mucho que decir y enseñar al hombre de hoy. Pero para ello es necesario extraer toda su riqueza temática e interpretativa y presentarla adecuadamente actualizada en todas sus claves.

Pero uno de los problemas más graves que se aprecian en esta labor divulgadora y hasta de fricción estriba, como dijo el crítico José Monleón en su intervención de ayer sobre el tema Política teatral, en que los clásicos han sido concienzudamente asesinados en nuestros escenarios y necesitan de una nueva actitud cultural que teatralmente los reconozca. Este problema es arduo porque, aunque es teatral, el teatro, sin embargo, no puede resolverlo, pertenece a los límites impuestos por la ideología dominante, por sus tradiciones culturales y por la estructura del teatro.José Monleón analizó en su ponencia la función que desde las instancias oficiales se había pretendido dar a los clásicos en la dictadura, «siempre al servicio del imperio, aunque no tenían nada que ver con la vida del español, como no lo tenía el imperio con la asustada España de los años cuarenta».

Una explicación que se podría dar, según Monleón, del desinterés del ciudadano español por el teatro clásico sería que el ciudadano está harto de la historia de España, que la identifica con formas de represión, rechazando cualquier manifestación que tienda a magnificarla. La reacción habría hecho de los clásicos uno de los componentes de la cultura oficial y la respuesta progresista habría tendido a negar la totalidad de esa propuesta en lugar de analizarla.

Frente a este desinterés hay una tarea teatral por hacer que presupone afrontar críticamente el pasado, a fin de desalojar del teatro la constante reaccionaria. «Pensemos», argumenta José Monleón, «que los países que poseen el teatro más agudo, más atento al análisis del presente, mejor hecho -Inglaterra, Polonia, Alemania- son también los que presentan una mayor atención a la dramaturgia del pasado, porque, contra lo que pudiera parecer, en una primera acepción, las sociedades no incrementan su lucidez ante el presente, desentendiéndose del pasado, sino todo lo contrario.»

Para José Luis Gómez, codirector del Centro Dramático Nacional, que analizó en Almagro los problemas de actuación de la interpretación del teatro clásico, «es difícil hablar de los clásicos aquí y ahora, en un país donde no existe tradición teatral realmente sentida y ni mucho menos una actitud intelectual que pueda acompañar al talante artístico. A ello hay que añadir que los actores españoles no tienen la menor práctica en una formación sólida frente al teatro clásico. En España», dirá José Luis Gómez, «el teatro parece que siempre ha sido un espectáculo y nada más».

Entrando en los problemas concretos con los que se encuentra el actor en la interpretación de teatro clásico, José Luis Gómez afirmó que básicamente son los de interpretación del verso y de todo el mundo que en torno a él se ha montado. En el teatro clásico se trata de traducir una realidad específica agravada por la distancia temporal y la complejidad formal. Pero no sólo basta con decir bien el verso; lo principal es encarnar un carácter. Frente al verso clásico, el actor necesita un entrenamiento de sus emociones y de su imaginación y una fina percepción musical.

«Naturalmente, de poco sirve esto si el actor no utiliza su principal instrumento, que es psíquico, es decir, su memoria y su imaginación. Para dar vida a los seres de ficción el actor se vale de los datos que sobre la vida ha acumulado en las diversas capas de su conciencia. Primero se ha ejercitado en su realidad, y después, como sucede en el teatro clásico, en otra realidad más lejana a la suya.»

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de septiembre de 1979