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Tribuna:

Carta a un "abertzale": la historia

Sabiendo muy bien que usted discrepará de mi actitud inicial ante el problema de la historia presente y futura de Euskadi, me atrevo a repetir la fórmula en que esa actitud mía se expresa: no quiero y no puedo resignarme a la existencia de una patria en la cual sean irreductiblemente hostiles y excluyentes los términos «español», y «abertzale».De la historia presente y futura de Euskadi voy a hablar, en efecto, porque lo que yo sé de su historia pasada no me permitiría tomar la palabra en un debate público. Conozco, sí, lo que como experiencia vital de ella fue quedando en mi alma, desde que hace más de medio siglo viví en Navarra y empecé a frecuentar el País Vasco. En Pamplona, allá por los últimos años de mi bachillerato, el naciente y creciente prestigio social de lo vasco -los nombres de los clubs de fútbol, Osasuna, Lagun-Artea, Denak-Bat; el rótulo de la confitería más elegante de la ciudad, Dena-Ona- y la perturbadora letra de aquella canción bilingüe que comenzaba diciendo «Gora el irrintzi intrépido». En Bilbao, poco más tarde, los gritos vespertinos de los vendedores de Aberri, el vasquismo de buen tono de Excelsior y la autocomplacida difusión popular de los aires bucólicos de El Caserío. Sólo después de 1937, con la humillación político-administrativa de Guipúzcoa y Vizcaya, la dura represión policial del vasquismo y la metódica detención de nacionalistas vascos, por lo general pacíficos ciudadanos, cada vez que Franco visitaba San Sebastián, comenzó a mostrarse preocupante la actitud de los hombres de Euskadi ante el Estado y la cultura de España. El proceso de Burgos hizo temer una explosión más radicalizada de la exigencia vasca, tan pronto como desapareciese el régimen que promovió aquella causa. Pero, con todo, ni yo ni otros muchos pudimos sospechar que la relación política entre: Euskadi y el resto de España revistiese el cariz y la gravedad que desde hace un lustro ha ido cobrando. Aun cuando en esa relación ya no fuera y ya no pudiera ser imaginable la simpática bonhomie que hace medio siglo impregnaba los cuentos vizcaínos de Aranaz Castellanos.

Historia presente y futura de Euskadi, pues; la que ayer mismo ha comenzado para todos con la reviviscencia del Partido Nacionalista Vasco y la aparición de ETA, Euskadiko-Ezkerra y Herri-Batasuna. En los años próximos, ¿qué va a ser de la vieja Euskal-Herría, para tantos españoles parte ineludible de nuestra vida en el mundo? ¿Un pueblo cada vez más próximo a su segregación del resto de los de Iberia? ¿Una porción de España que desde su peculiaridad y con ella colabore en el logro de una nueva y más firme solidaridad de la patria común? Al servicio de esta última posibilidad he querido escribir mi carta; y aunque mi voz no pase de ser voz clamante en la calle, y por añadidura poco, sonora, quedaría intranquila mi, conciencia si a los hombres de Madrid y a los «abertzales» abiertos a la negociación -ojalá se halle usted en su número- no les propusiera meditar acerca de los temas que concisamente enuncian estos tres términos: conocimiento, coordinación y comparecencia.

Conocimiento. Más aún: conocimiento serio y leal. Los hombres de Madrid, ¿se han ocupado en conocer lo que en su realidad, en toda su compleja realidad, es hoy el País Vasco? Temo que no. Pienso que las urgencias gubernativas y policiales han absorbido íntegramente -y, por tanto, deformadoramente- su atención y su humor de cada día. Sospecho que la acusada crispación sentimental en que hoy vive buena parte del pueblo euskera -de la cual el terrorismo y sus secuelas son la expresión más patente y penosa- ha impedido a esos hombres preguntarse, seria y lealmente, por las estimaciones, los juicios y los proyectos que laten en el seno de tal estado de ánimo. A este respecto, más que los madrileños vienen haciendo algunos vascos, y en primer término J. M. de Azaola; pero, por lo visto y lo oído, nuestros gobernantes no se deciden a ir mucho más allá del dicterio oratorio y la conversación a través del teléfono oficial. Bien es verdad que muchos de los varones representativos de Euskadi parecen querer moverse, desde su campo, en ese mismísimo terreno. Todos hemos podido leer hace poco que, a juicio de uno de ellos, el País Vasco está viviendo desde hace siglo y medio «bajo la bota de Madrid», y en el terreno de la historia real, no en el de la historia-ficción, yo me pregunto si las industrias del Nervión, Eibar y Rentería, por un lado, y la pléyade de los hombres que desde entonces vienen dando lustre nacional e internacional a Vasconia -los escritores Unamuno, Baroja, Salaverría, Basterra, Zunzunegui y Aldecoa, los pintores Zuloaga, Echevarría y los Zubiaurre, los médicos Areilza, Madinaveitia, Achúcarro, Urrutia y Ajuriaguerra; los músicos Sarasate, Usandizaga, Guridi y Achúcarro; el filósofo Zubiri; los historiadores Tellechea y Artola; el lingüista Michelena-, por otro, han nacido, vivido y creado bajo la bota opresora de lo que Madrid es y representa. Manos a la obra; tal debe ser la conclusión. Para actuar desde el conocimiento serio y leal de Euskadi que yo he propuesto, ¿por qué no se convoca una junta consultiva, integrada por quienes con verdadera autoridad intelectual y moral pueden informar y opinar acerca del tema?

Coordinación. Si Euskadi ha de seguir siendo parte integrante de España, el Estado español habrá de coordinar los, servicios públicos que él considere inalienables con los que a las autoridades vascas sean atribuidos. Para que sin mayores sobresaltos Euskadi siga siendo parte solidaria de España, los términos de esa coordinación habrán de ajustarse, por otro lado, a lo que el conocimiento de la actual realidad vasca y la previsión de su futuro inmediato hagan ver necesario o conveniente. Nada suficientemente autorizado podría decir yo en cuanto a la mayor parte de los temas de esa coordinación: régimen municipal, orden público, finanzas, administración de la justicia, tantos más; pero acaso pueda decir alguna palabra válida acerca de los niveles superiores de la enseñanza. Supuesto el cumplimiento de lo que acerca de la vigencia del castellano prescribe la Constitución, y dando por cierto que el Estado español, además de permitir el uso del euskera, ayude inteligentemente a su cultivo responsable, ¿qué hacer con la Universidad? La reciente propuesta de una «Universidad paralela» no me parece conveniente, ni viable; razones económicas (¿cómo pagar esa Universidad, si ha de ser algo más que un nombre?), lingüísticas (¿permite el euskera actual enseñar con el rigor suficiente las disciplinas que deben integrar una enseñanza de veras universitaria?) y didácticas (profesores en verdad idóneos para tal empeño, ¿existen hoy en número suficiente?), claramente lo demuestran a quien quiera moverse con los pies en la tierra. Mi fórmula es: universidad bilingüe, en cuyas aulas sea democráticamente respetada la voluntad del alumnado; suponiendo, como es obvio, que el empleo del euskera ante el grupo de los alumnos que lo reclamen no menoscabe el nivel y la calidad de la docencia. Si mi lengua materna y habitual fuese la vasca, me esforzaría por poder expresar en ella mi obra intelectual; en tal empresa vería tanto un derecho como un deber; pero si el castellano -el español- fuera mi otra lengua, y aun mi lengua primera, como hoy es el caso en todos los intelectuales vascos, a él recurriría habitualmente para dar ámbito peninsular e intercontinental a lo que de mi caletre saliera. Lo contrario sería querer ser vasco, puramente vasco, tanto por razones de amor como por razones de odio; es decir, por malas razones.

Comparecencia, en fin. Comparecencia ejemplar e incitante de los españoles no vascos en Euskal-Herría, comparecencia incitante y ejemplar de los vascos más acá del Ebro riojano. Si los españoles no vascos no sabemos demostrar allí que es cosa noble heredar a Cervantes y querer, con obras, que Cajal no sea excepción entre nosotros, en el policía armado seguirán viendo los vascos «abertzales» la más genuina representación de España, y si los vascos se obstinan en considerar desertores a los intelectuales, los músicos, los pintores, los financieros -y a los futbolistas y pelotaris- que, habiendo nacido en Euskadi, como hispanohablantes quieren hacer y difundir su obra, mucho me temo que el nivel histórico de su país, creciente desde Ignacio de Loyola, el teólogo Arriaga, los Caballeritos de Azoitia y el médico Ruiz de Luzuriaga, descienda y descienda considerablemente. Sea cual fuere la letra del Estatuto de Euskadi, su promulgación va a ser para todos un reto y un deber. Para los españoles no vascos, el reto y el deber de hacer patente -como en los años en que Unamuno y Ortega hablaban en «Los Sitios», de Bilbao- que desde Salamanca y desde Madrid puede llevarse a Vasconia algo que allí y en cualquier parte sea valioso. Para los vascos todos, sea cualquiera el modo como se sientan «abertzales», el deber y el reto de ir demostrando en vascuence y en castellano que el amor a su tierra no es sólo abrazo sentimental con ella, que es también creación de obras capaces de volar más allá de los límites naturales de Euskadi; aunque éstos -como algunos de ustedes, los «abertzales», sueñan- fuesen un día el Ebro y el Adour.

Los hombres que desde ahora van a gobernar el Estado español, ¿darán con el camino y el nivel por los cuales sea hacedera una nueva integración del País Vasco en el conjunto de los pueblos de España? Los representantes políticos de Euskadi, ¿sabrán entender de una manera a la vez ambiciosa, inteligente y realista el bien de su país? Con el ánimo, traspasado por la inquietud subyacente a estas dos interrogaciones he compuesto mis dos cartas a usted; a un vasco en el cual, sin conocerle, me atrevo a ver un «abertzale» abierto al diálogo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de abril de 1979