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CARTAS AL DIRECTOR

Gente que sobra

Hace aproximadamente dos años que en España estrenamos democracia. Mucho es lo que ha llovido desde entonces para todos nosotros: una sarta de promesas y de halagüeñas noticias, apostilladas en el peor de los casos de una cierta confianza en el tiempo. Esperanzas, por otra parte, que, al parecer, sólo tenían como fin decorar nuestro camino de extrañas visiones que, luego, no se iban a traducir en hechos reales, que luego no se llevarían a cabo.Mientras tanto, muchos hombres siguen duchándose en casas de baños públicas, hacinándose en las oficinas de empleo, en las puertas de los despachos de contratación de personal sólo para oír que el país está muy mal, que no hay trabajo, que se está a la espera de contrataciones o que sobra personal y no se puede ampliar plantillas, cuando no, la quiebra de cierta empresa o la evasión canallesca de tanto capital por tal señor.

Uno no sabe lo que pensar, aunque lo más inmediato sea esta fatídica conclusión: que en España, esa España «Una, grande y ... », sobra gente.

Es evidente que ya no se puede exterminar a «esa gente» por métodos drásticos. Se está dispuesto a eliminarla por métodos más civilizados, más industrializados o más encubiertos, y nunca más humanos porque, precisamente, no lo es, no lo puede ser lo que se está haciendo.

El hombre muere cuando le faltan las esperanzas. El hombre es el único animal capaz de matarse poco a poco sin darse cuenta, inconsciente o conscientemente de lo que hace, pero la mayoría de las veces lo hace porque circunstancias que no pueden determinarse claramente te obligan. Al hombre no puede faltarle el sentimiento de ser útil y necesario para la sociedad, de lo contrario irá quitándose de encima lenta o rápidamente.

¿Qué gente sobra en este bendito país? La respuesta estará en la mente de muchos: los improductivos, los no competitivos, los fracasados, los vagos, los maleantes; la escoria, en fin, de la sociedad misma que los crea. Es la sociedad, en último término quien coloca estas etiquetas de un modo egoísta, a veces sin tener conciencia plena de lo que está haciendo, de las frustraciones que está fabricando.

La estructura social está dispuesta de tal modo que siempre de los hombres que la componen, y a ello contribuye el método de producción y los fines propuestos por los controladores de los beneficios. Hay que consumir. Para ello cada día se debe trabajar más y más, no trabajar para vivir, sino vivir para trabajar. Poco es el salario para lo que se ha de adquirir con él, y que nos propone la sociedad misma sugestionada por ese elenco que se llama publicidad y que incide directamente sobre nuestros vecinos, amistades, compañeros de trabajo y ocio, sobre la familia y, en def initiva, sobre todo cuanto nos rodea.

Para consumir tenemos que trabajar y hasta pluriemplearnos. Si nuestra necesidad es el trabajo, éste será manipulado por todo el que saque beneficio de ello. Así se nos obliga a pluriemplearnos, a luchar por un puesto de trabajo caiga quien caiga; a ofrecer nuestros servicios a mejores precios que el vecino, tratando de hundir a quien nos hace la competencia, valiéndonos de mil artimañas. Quien no pueda por una u otra causa, se verá obligado a quitarse de encima, a resignarse a ser escoria en la sociedad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 1978