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Crítica:

Katherine Mansfield: las emociones tangibles

Virginia Woolf sentía por Katherine Mansfield una gran admiración The Hogrth Press -la imprenta que poseían los Woolf- imprimió alguno de sus primeros relatos. No resulta difícil de explicar la admiración de Virginia Woolf, los relatos de Katherine Mansfield describen un universo de sensaciones que es también la materia sobre la que ella elabora sus novelas. Más exacto sería decir la inmateria, el espíritu. Las dos se centran en los oscuros sutiles y trascendentes repliegues del sentimiento y las impresiones más íntimas. Por supuesto los resultados son divergentes, pero sus literaturas parecen brotar de centros familiares.Katherine Mainsfield se ejercitó en el arte de la novela corta. En la medida del cuento su sensibilidad se mueve cómoda y segura, alcanzando una madurez que no puede por menos que producir asombro; había nacido en 1889, murió en 1923, a la edad de 34 años, enferma de tuberculos, en una comunidad teosófica de Fontenebleau a la que se había retirado convencida de que su enfermedad ya no podía tratarse físicamente, porque impregnaba su espíritu, dejando tras de sí cinco volúmenes de relatos, uno de trabajos críticos, un diario, un cuaderno de apuntes, un libro de poemas y un montón de cartas. Su marido -crítico y editor- se preocupó de publicar sus obras póstumas. En esto su suerte también recuerda la de Virginia Woolf. Contó con la solicitud de un marido que le animó a emprender y continuar la carrera literaria. No deja de ser curioso y significativo.

El Garden Party

Katherine Mansfield. Ediciones del Cotal. Barcelona, 1977.

De los relatos incluidos en este volumen se destaca uno, Las hijas del difunto coronel, La sutileza de lo que no se dice, pero se ve, se palpa, el sentimiento de angustia, horror y liberación unidos que experimental las dos solteronas cuando muere el padre al que han dedicado su vida, alcanza tal expresividad y precisión que lo convierte en uno de esos cuentos magistrales, creadores, a la vez que narradores, de sensaciones. Uno recuerda, por ejemplo, Los melocotones, de Dylan Thomas, donde el olor, el color y la edad de la sala de visitas, allí descrita-, llega hasta nosotros desde la per:cepción del niño, ofreciéndonos de golpe todas las complejidades y confusiones del mundo de sus emociones infantiles. Así, la situación de las mujeres ahora huérfahas situación concreta que tenemos, aún menos probabilidades de haber vivido que la referida en el mencionado relato de Dylan Thomas -se convierte para nosotros en algo sumamente real. La magia se produce en parte por la técnica de la autora de no presentar detalladamente la situación, sino de presentar el diálogo entrecortado y a veces sin sentido de las mujeres; por él nos acercamos a su nuevo -mundo -el de la orfandad- y al que ha terminado para ellas; vemos a su padre, el amor, respeto y temor que les infundía. La relación de las dos hermanas con la criada, Kate, es reveladora de la dimensión de su inseguridad. En cierto modo, Kate es el mundo con el que se.deben enfrentar y no pueden. Su sobrino, a quien desean regalar el reloj de su padre, es la esperanza, una esperanza a la medida de sus atrevimientos y temores, ¿cómo no sospechar, en el fondo, que el reloj no suponga para él ningún valor sentimental Constantin y Josephine son en realidad una persona única que habla consigo misma, velada, temblorosamente, queriendo y no, queriendo profundizar en la razón última de las cosas.

Predomina en los cuentos de Katherine Mansfield una intensa preocupación social y sicológica por el débil, el oprimido, el marginado. La descripción de estos personajes nos transmite, casi intactas, sus congojas. Su miseria no es una miseria «elaborada» o comentada, sino vista, sentida desde dentro y, por tanto, algunas veces imperceptible para el mundo que la rodea, Sus cuentos, que son morales, eluden la moralización.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de noviembre de 1977