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Crítica:

La devolución de España, de Julián Marías

«Es posible que los manuales de historia del siglo próximo empiecen un capítulo con estas o parecidas palabras: España fue devuelta a los españoles hacia 1976.» Así comenzaba el capítulo final de La España real, de Julián Marías, espléndida colección de ensayos en que nuestro gran pensador habla de España «tal como la encuentro -como la veo y la siento y la imagino y la pienso-, no como oigo decir que es o debe ser».

Ya en el prólogo del libro que comentamos, Marías subraya enérgicamente que «nadie (1) había abreviado, ni siquiera una hora, la duración del régimen que terminó el 20 de noviembre de 1975. Nadie, por tanto, puede pasar la cuenta de un servicio no realizado. Si acaso, los muchos españoles que, manteniendo su libertad, su veracidad e independencia, contribuyeron a que este proceso (el de la devolución de España a los españoles) fuera posible». Esta es una realidad incuestionable para cualquier persona de buena fe, y debieran tenerla en cuenta muchos de los insolventes morales e intelectuales que se pavonean por el escenario español atribuyéndose méritos de los que carecen efectivamente.Lo que antecede es el marco ideológico, los presupuestos desde los que parte Marías para avanzar en mil y una direcciones en el análisis de la realidad española actual. Es un análisis realista y prospectivo de las posibilidades de futuro de la comunidad española; es un análisis imaginativo, escrito en medio del fragor de las urgencias cotidianas, de lo que nos está sucediendo a los españoles en esta hora difícil y promisoria de nuestra historia. Es, dicho en otros términos, un valioso intento de orientación intelectual responsable sobre las virtualidades y peligros del proceso democrático español en marcha.

Este comentario va a centrarse en una selección restringida de las ideas desarrolladas por Marías que estímo no han sido debidamente divulgadas y estudiadas.

Legitimidad

La idea de legitimidad es el gran supuesto desde el que se mueve la sociología política de Marías. Es una idea que ha heredado de su maestro Ortega. Para Marías la crisis general de la legitimidad -aunque no ciertamente total- es uno de los problemas más graves de nuestro tiempo: «no es que haya desaparecido la legitimidad en el mundo, pero su estado es precario, y hay el peligro evidente de que la ilegitimidad sea aceptada como algo inevitable, o que se llegue a pensar que no tiene importancia y se desvanezcan enteramente las nociones de legitimidad e ilegitimidad». Marías no se anda con formalismos estériles y apunta directamente al centro de la cuestión: la legitimidad social, «consistente en la creencia de que quien manda, quien ejerce el Poder, tiene títulos para ello». El tema básico de nuestro tiempo español es el establecimiento de un sistema de satisfactoria legitimidad en que podamos convivir todos libre y pacíficamente. Frente a los radicalismos idealistas y abstractos Marías propugna que no se comprometa ninguna parcela de legitimidad, por precaria que sea, y, sobre todo, que se las lleve a una convergencia.

Autonomías regionales

En la hora presente se habla mucho en España de autonomías regionales. Es bueno que se hable de este tema porque no hay duda de que la estructura regional de España es un auténtico problema político. Pero lo que no es bueno -sino desastroso, devastador- es la interminable perorata de muchos sobre una cuestión de la que desconocen la significación misma de los términos en que la plantean.Es autónomo el que se da sus propias leyes, el que se rige según sus propias normas. Bien, en esta definición coincidimos todos. Pero Marías advierte que suele deslizar se una trampa cuando se habla de autonomía o heteronomía: confundir propio con solo. Esta advertencia remite la cuestión a un sentido más preciso: la autonomía que afecta a cada nivel de la realidad histórico-social. Desde esta perspectiva la autonomía adquiere su legitimidad cuando funciona como «la decisión autónoma dentro de cada nivel, el recurso a la unidad superior y envolvente cuando estén implicados e interesados otros elementos». Tras este análisis, a la pregunta: "¿cuánta autonomía debe tenerse?", Marías responde: "Toda la necesaria en cada nivel, desde el Ayuntamiento a la nación, y nunca la que signifique tomar decisiones unilaterales sin contar con los demás."

La región

Pasemos ahora a la noción de región. Es un tema sobre el que Marías ha meditado largamente en el curso de su dilatada trayectoria intelectual. Ya en 1955, en su libro La estructura social, definía la región como sociedad «insertiva», que funciona como componente o ingrediente parcial, pero no abstracto, de la sociedad nacional. En otros términos, la inserción de los individuos en la nación se produce a través de la región. El individuo no es directamente nacional, sino que su modo de pertenencia a la nación es regional. Ser andaluz, vasco o catalán son formas concretas de ser español.Marías no puede ocultar su recelo frente a la mayoría de las propuestas regionales o nacionalistas en cuanto adivina en ellas un oscuro resentimiento histórico, que las hace incapaces de promover las autonomías para proyectos interesantes que tiendan a la perfección de cada región y de España entera. Frente al frecuente resentimiento por añejos motivos históricos, Marías postula un sistema de autonomías que suponga «la articulación de las empresas españolas».

Julián Marías es castellano viejo, de Valladolid, y ha pensado hondamente sobre la significación real de Castilla en el contexto español. Es un tema sobre el que se han vertido tonelada de inexactitudes. Para una clarificación de tan importante y controvertida cuestión recomiendo una lectura atenta del ensayo Castilla y España. Como orientación diré que Marías parte de tres frases: «Castilla ha hecho España y Castilla la ha deshecho» (Ortega, 1921); «Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla» (Sánchez Albornoz, 1931), y «Castilla se hizo España» (del propio Marías, 1974). El análisis de estas tres interpretaciones de Castilla lleva a Marías a la conclusión de que esta región tiene que evitar toda tentación de particularismo: «Castilla no puede ser castellanista, porque dejaría de ser castellana».

Cambio de generación

Para el final he dejado un aspecto que, en mi opinión, resulta decisivo y da una especial tonalidad a estas reflexiones españolas de Marías y que no he visto ni siquiera enunciada en varias de las críticas que he leído. Me refiero a la determinación de que en 1976 se inició una nueva fase generacional en todo Occidente, una nueva manera de mirar las cosas, una distinta configuración del mundo. La teoría de las generaciones es antigua en Marías, quien la ha tomado -y ampliado- de su maestro Ortega. Es un tema sobre el que Marías ha escrito largamente (El método histórico de las generaciones, La estructura social). Ya en La España real, Marías dedicaba nada menos que doce ensayos -agrupados bajo el título genérico de Hacia 1976- a otear el cambio de horizonte histórico que se está produciendo. El supuesto teórico en que se basa es que aproximadamente cada quince años varía el conjunto de las vigencias de una sociedad. Las cuentas de Marías remontan el comienzo del mundo actual a 1946. Según este cómputo, el próximo cambio de la figura del mundo se produjo en 1961. Para Marías «el próximo acto del drama histórico se iniciará, si no me equivoco, en 1976, y se extenderá hasta 1991; se trata, pues, del futuro inmediato, del futuro previsible, al cual deben extenderse nuestros proyectos de vida colectiva». Estos análisis de estructura histórico-social están muy desarrollados en su anterior obra La España real y afloran de nuevo en La devolución de España en el ensayo La cultura en 1976: ¿punto de inflexión?, en el que Marías señala que «la generación que está accediendo al poder, la de 1931, es decir, los nacidos entre 1924 y 1938, ha sido la gran víctima de las tentaciones, y ha pagado con la mediocridad el haberse entregado a ellas. Pero añade promisoriamente: «Espero que al llegar su hora estos hombres comiencen a ser ellos mismos y olviden lo que les han dicho que deben ser.» Todo un lema de esperanza histórica ante la cercanía de un mundo nuevo.(1) Nadie individual, ningún partido o grupo, estamento o región.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de julio de 1977