Una nueva parábola política de Jancso
La cantidad de películas proyectadas en las pantallas de Cannes aumenta día a día, ya que desde las nueve de la mañana a las dos de la madrugada se suceden sin descanso nuevos títulos, a veces en sesión única y en ocasiones como repetición de los exhibidos en jornadas anteriores. Resulta imposible, a todas luces, seleccionar el mejor de cada día, porque no es posible verlos todos, ni siquiera uno o dos filmes interesantes que merezcan ser comentados. En el lote de hoy es necesario destacar la última producción del húngaro Miklos Jancso, presentada y hablada en italiano, como ayer La marquesa de O..., del francés Eric Rohmer, estaba rodada en alemán. Encontraremos más ejemplos de estos juegos nacionalistas, que los organizadores del Festival intentan presentar como prueba evidente de su ánimo de superar los antiguos enfrentamientos de los distintos países por copar la selección oficial y, eventualmente, por figurar en el palmarés.Jancso nos ofrece su acostumbrada parábola política, con un gran despliegue coral y musical, y unas referencias eróticas más explícitas que de costumbre. Vicios privados, públicas virtudes, intenta ser más clara y comercial que sus anteriores películas, y es posible que logre sus propósitos, especialmente por las escenas escandalosas que sazonan la historia. El pretexto narrativo arranca de la conocida tragedia de Mayerling, que ha dado lugar a tantos relatos cinematográficos, pero sólo es un punto de partida para meditar sobre el sentido del poder y el enfrentamiento entre jóvenes y viejos, a propósito del emperador Francisco José y su hijo el archiduque Rodolfo. Jancso da la vuelta a los hechos conocidos para insistir en una lúdica de los acontecimientos, donde la música, la danza y los elementos corales tienen una importancia mayor que las personalidades individuales, en lo que sigue fiel a un estilo muy característico, que es el de sus grandes películas anteriores -Los sin esperanza, Rojos y blancos, Salmo rojo... - con leves modificaciones. En esta última obra se puede apreciar una lenta evolución hacia un lenguaje más cortado, menos, solemne y teatral, donde abundan también los planos largos, hieráticos, con la cámara en continuo movimiento, pero no hasta el extremo de tomas de diez minutos, filmadas sin interrupción. El montaje permite en Vicios privados, públicas virtudes, una textura más movida y normal, menos tensa y artificial que en sus rodajes más recientes. El discurso político sobre el sentido del poder y la lucha entre oposición y gobierno llega a ser reiterativo y algo simple, como lo es reducir los problemas del imperialismo en general -y no solo el de los Habsburgo-, a la lucha generacional o a las aventuras procaces de un joven heredero que desea escandalizar a su padre, distante y todopoderoso.
Frente a la artificialidad absoluta del filme de Jancso encontramos algún ejemplo totalmente opuesto, como Los jardines grises, de los hermanos Maysles, rodado con la técnica del cine directo, que escruta las relaciones entre dos personajes reales, una madre, de setenta y ocho años, y su hija, de cincuenta y seis, parientes de Jacqueline Kennedy, que viven apartadas del mundo, en una casa solitaria, cerca de la playa, rodeadas de sus fantasmas personales, en una discusión continua, espontánea, que recogen las cámaras y magnetófonos sin descanso, con esa milagrosa capacidad de los instrumentos de registro para llegar al fondo de las cosas y de las personas. El cine directo no recrea una realidad distinta de la cotidiana, preparada para ser captada, sino que transmite sin intermediarios los sucesos en un relato auténtico, mucho más apasionante a veces, como en esta obra, que la más pura y perfecta de las ficciones.
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