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Tribuna:La guerra civil en Málaga / 2

Queipo de Llano, "estrella" de la radio

En Yegen, pequeña aldea de la Alpujarra, Gerald Brenan, aún recio y vital a sus 82 años, redacta una antología de coplas populares españolas. Como él mismo escribe en el epílogo a su Memoria personal, con este trabajo, si Dios le da vida, dará por acabada su tarea de escritor.Memoria personal es la autobiografía de Brenan y se editará próximamente en castellano. Comprende el período 1920-1974. Desde su primera llegada a Yegen, a los veinte años, hasta su declive vigoroso en compañía de Lynda, su -jovencísima sobrina, poetisa y excelente traductora de San Juan de la Cruz. Brenan, ya un clásico de temas españoles, con libros como El laberinto español o Al sur de Granada, ofrece en su Memoria una visión del comienzo de nuestra guerra civil en Málaga teñida de un suave e inteligente distanciamiento anglosajón. EL PAIS publica un extracto de los recuerdos de Brenan de aquel mes dejulio de 1936

«Aquí radio Barcelona. Aquí radio Barcelona. Ha sido restablecido el orden. El orden ha sido completamente restablecido. Los aviones del pueblo de la España democrática acaban de salir para bombardear Zaragoza. Ha sido restablecido el orden. Todos los que disparen desde los tejados de las casas, todos los que tengan las persianas bajadas, todos los que no entreguen sus armas o escondan a algún fascista serán juzgados sumarísimamente ... »La voz estridente del locutor barcelonés y sus breves frases repetidas como conjuros daban una aterradora imagen de guerra y calamidades. En la estación de Madrid había más calma. El locutor hablaba en un tono correcto, sin apresuramientos, resultando casi tan tranquilizador y condescendiente como los de la BBC. Pero las frecuentes interrupciones del programa, las instrucciones para capturar a los que disparaban desde los tejados y la inmediata refutación de todo lo que se decía en Lisboa o Burgos eran menos alentadoras. Una vez a medianoche el presidente de la república, don Manuel Azaña, habló. Pronunció un emotivo discurso, pidiendo firmeza y decisión para enfrentarse con una rebelión injustificada de las fuerzas armadas y ofreciendo la esperanza de libertad y justicia para todo el mundo, fueran cuales fuesen sus simpatías u opiniones.

El increible general

La única estación de los rebeldes que podíamos oír era Sevilla. Aquí la atracción estelar era una asombrosa personalidad de la radio, el general Queipo de Llano, que con su adudacia y energía había ganado para los insurgentes una ciudad clave, Sevilla, con sólo un puñado de tropas. Sus programas, retransmitidos de noche, eran precedidos por una introducción encaminada, como el repiqueteo de castañuelas entre bastidores antes de que la bailarina aparezca en el escenario, a aumentar la expectación.

«Dentro de cinco minutos hablar á el excelentísimo señor general Queipo de Llano, comandante de las fuerzas del ejército de salvación en el sur de España... Dentro de tres minutos hablará el excelentísimo señor general... Dentro de un minuto ... »

Después se oía el ruido de al guien que llegaba deprisa, una pregunta a su estado mayor: «¿Están esperando, no es ciertó?» y a continuación empezaba.

Era una estrella de la radio. Toda su personalidad, cruel, bufonesca y satírica, pero maravillosamente viva y auténtica, llegaba a través de micrófono. Y esto sucedía porque no trataba de conseguir ningún tipo de efecto retórico, sino que decía simplemente lo que se le pasaba por la cabeza. Su voz aguardentosa (sólo más adelante me dijeron que no bebía) también colaboraba. Se sentaba allí, con su uniforme de gala y el pecho cubierto de medallas y con su estado mayor, vestidos de la misma manera, en posición de firmes, detrás de él, Queipo se mostraba siempre natural y tranquilo.

Sus emisiones estaban repletas de anécdotas groseras, chistes, insultos, cosas absurdas, todo extraordinariamente vivo y colorista, pero estremecedor cuando nos dábamos cuenta de las ejecuciones, de las que nos informaban los fugitivos, en una ciudad donde todos los trabajadores eran an arquistas o comunistas. Algunas figuras aparecían todas las noches en sus programas: Prieto, el socialista más moderado, siempre como cacique gordo o como estafador, y La Pasionaria, como prostituta escapada de un burdel. Toda la derecha creía estas cosas, aunque en realidad cra la mujer de un minero y una persona de vida muy austera. El nombre con que se la conocía era debido a su elocuencia.

Pero Queipo de Llano no soportaba a la Falange, aunque a veces tenía que dejarles utilizar la radio. En una ocasión cometió una equivocación y dijo canalla fascista en lugar de canalla marxista. Una voz dolorida le corrigió.

«No, no, mi general, marxista».

«¡Qué más da!», dijo el general. « Los dos son canallas» Y luego, sin detenerse: «Sí, canalla roja de Málaga, espera hasta que llegue ahí dentro de diez días! Me sentaré en un café de la calle Larios bebiendo cerveza y por cada sorbo mío caeréis diez. Fusilaré a diez» continuó a voz en grito, «por cad uno de los nuestros que fusileis aunque tenga que sacaros de la tumba para hacerlo. »

La mayoría de sus programa .acababan de manera parecida « ¡Canalla marxista! Canalla marxista, repito, cuando os cojamos sabremos cómo trataros».

Queipo de Llano no tenía razón alguna para sentir rencor contra los republicanos, que le habían favorecido y ascendido. Hasta una o dos semanas antes mantuvo las mejores relaciones personales con Prieto, al que ahora interpelaba de manera tan brutal. Había sido republicano desde la caída de la monarquía, juró fidelidad al gobierno, que pusó en él su confianza, para después faltar a su juramento y traicionarle. Pero hay que explicar como justificación de sus retransmisiones -las cuales, además, debido al miedo y a la indignación que causaron contribuyeron tanto a provocar represalias en el otro bando-, que Queipo, con un puñado de tropas de dudosa lealtad (hasta que llegó un contingente de la Legión extranjera) estaba conteniendo a una población en la que toda la clase obrera era hostil y, se sentía obligado a gobernar por el terror.

Vergüenza de ser inglés

Seis días después del alzamiento militar, mi mujer y yo llevamos a nuestra hijita a Torremolinos en burro. Los turistas británicos de la zona iban a ser evacuados por un destructor, y Jan Woolley se había ofrecido a llevarse a Miranda a Inglaterra y cuidar de ella hasta nuestra vuelta. Cuando llegamos los encontramos a todos reunidos con sus equipajes enfrente del único hotel que existía allí, el Santa Clara. El destructor estaba anclado a cierta distancia de la orilla, pero como era un barco de guerra, no podía mandar un bote a tierra sin una autorización especial de Málaga, y esta autorización no había llegado. Esto creó un paroxismo de indignación entre los turi,stas. «¡Vergonzoso! ¡Súbditos británicos! ¿Cómo se atreven a tratarnos así? ¿Qué está haciendo el cónsul?».

Las mujeres de edad y de clase media eran las que protestaban más, y de nuevo me sentí avergonzado de ser inglés. Su total egoísmo, su absoluta incapacidad para sentir simpatía por la trágica situación de este desgraciado país, su exclusiva preocupación por ellos mismos y sus pertenencias era repugnante. Proporcionaban una clara ilustración de que la era de Munich estaba siendo una de las épocas más mezquinas y deplorables de la historia inglesa. Después llegó la noticia de que el embarque no tendría lugar aquella noche en Torremolinos, sino en Málaga a la mañana siguiente. El destructor empezó a moverse mientras una figura solitaria, Johnny CHUR CHILL, DESDE LA PLAYA, LEVANTABA LA MANO Y PRONUNCIABA LA PALABRA «Stop». Dos obreros jóvenes, muy corteses, del comité local llegaron para decir que todo estaba arregla do, y que en el espacio de una hora llegarían unos autobuses y que to dos los pasajeros serían alojados gratis en un hotel de Málaga, donde estarían directamente bajo la protección del cónsul inglés. ¡Qué contraste, pensé, entre la calma y la cortesía españolas y las protestas y los malos modos de mis compatriotas!

La guerra estaba empezando de verdad para, nosotros.Una tarde, mientras tomábamos el té en el jardín, un avión pasó por encima y dejó caer varias bombas a unas cincuenta yardas. Pero eran sólo del tamaño de granadas de mano y, al dar sobre tierra blanda, no hicieron ningún daño. Al día siguiente las bombas fueron más grandes, dañando algunas casas del pueblo, pero sin herir a nadie. De todas formas causaron gran terror entre la población femenina. A partir de entonces, cada vez que se oía el mótor de un aeroplano, se producía una carrera de faldas negras hacia nuestra casa, porque ofrecía mejor protección. Allí se acuclillaban, gruñendo y gimiendo, y despidiendo ese olor fuerte y desagradable que produce el miedo. Una lucha medieval Los hombres se alistaron en un cuerpo de voluntarios al que el goberriador civil proporcionó fusiles, y unos pocos sargentos de infantería trataron de adiestrarlos. Pero había poco - tiempo y al cabo de una o dos horas de instrucción los mandaba al frente en camiones. Muy pronto, según el periódico y la radio locales, avanzaban ya gloriosamente hacia Córdoba y Granada, sojuzgadas por los insurgentes. Sin embargo, su progreso se veía obstaculizado por los puestos de la guardia civil. A juzgar por los; relatos de la prensa, la lucha había tomado un carácter medieval. Se hablaba del sitio de castillos moros y torres de vigia y cuando, en un avance repentino, las tropas republicanas capturaron Puente Genil, de la provincia de Córdoba, se anunció orgullosamente que después de la contienda quedaría anexionado a Málaga. Estábamos envueltos en una guerra local, co mo en los días de los Reinos de taífas, y nuestros enemigos eran Córdoba y Granada. Lo que sucediera en el resto de España no tenía nada que ver con nosotros.

La milicia me daba la impresión de ser un cuerpo poco eficaz. En primer lugar no estaban en absoluto preparados y, muchos de ellos no sabían cómo hacer fuego con sus fusiles. Además los andaluces nunca han tendio una gran reputación en este aspecto. Se veía poco entusiasmo entre los hombres: ellos querían hacer la guerra en sus calles y en su pueblo y no fuera de él. Por otra parte, el principio anarquista de la libertad de elección presentaba muchos inconvenientes. Un hombre se incorporaba voluntariamente y de la rnisma manera podía abandonar la milicia; yo hablé con un miliciano que al oír cómo le pasaba zumbando una bala, se fue a su casa sin que nadie hiciera la menor objeción. La moral en Málaga era muy baja porque la ciudad estaba rodeada de enemigos por todos lados con la excepción del este, donde la carretera de la costa enlazaba con el resto de la España republicana.

Próximo Capítulo «La hora de las represalias» Con autorización especial de Alianza Edítorial, S. A., con motivo de la salida de EL PAIS.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 1976