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Los cinco retos en el 50 Aniversario de Ampuriabrava

O como sacar el máximo rendimiento adrenalítico a un destino de vacaciones familiar

Mira Prokes y el autor Eduardo Salete en salto tandem sobre Ampuriabrava Ampliar foto
Mira Prokes y el autor Eduardo Salete en salto tandem sobre Ampuriabrava Skydiveempuriabrava

Ampuriabrava es la marina del municipio de Castelló d'Empúries, situada en el extremo norte del golfo de Rosas, justo al abrigo del cabo del mismo nombre, en uno de los entornos más bellos de la Costa Brava. En el 2017 se cumplen 50 años desde su fundación.

Estas vacaciones enfilé proa hacia Ampuriabrava como destino de vacaciones con niños y a la expectativa de eventos en su medio siglo de vida. Eso sí, con un as en la manga para generar algo de adrenalina estival intercalada entre chiringuitos, toallas playeras y columpitos. Y es que la clave para combinar vacaciones en familia y deporte outdoor, es hacer algo de investigación preliminar, elegir un lugar que tenga de todo para todos y saberlo vender adecuadamente a la familia, esto último es esencial. Ampuriabrava lo tiene, y allí me esperaban los cinco retos que había reservado previamente.

Nada más llegar, casi sin tiempo de dejar el equipaje en el hotel, me enteré de que había amenaza de viento de tramontana, un ventarrón del norte, desde esa misma tarde hasta dos o tres días más. Corriendo me fui hacia el aeródromo de Ampuriabrava para ver si aún podía saltar en paracaídas, el primero de mis retos. Después de probar el skydive indoor, quería saber que se siente tirándose de paracaídas y compararlo con las sensaciones del vuelo en el túnel de viento.

El aeródromo es un sitio fantástico, parece uno de esos campos de aviación ingleses de la I Guerra Mundial. Una gran explanada de césped que alberga la pista de aterrizaje, unas mesas en sus lindes para disfrutar de un piscolabis, al frente el macizo de la Serra de Rodes y sobre la cabeza un cielo azul intenso. Uno podría pasarse el día allí relajando mientras saborea una buena cerveza y ve despegar aviones y aterrizar paracaidistas.

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Descendíamos a 200 Km/h derechitos hacia el suelo, y aún a esa velocidad Ampuriabrava no parecía acercarse.

Tuve suerte. El personal de Skydive Empuriabrava se apiadó de mí y me hicieron un hueco en el último avión que despegaba ese día. Antes del ansiado salto, mi instructor Mira Prokes me dio una breve introducción teórica del bautismo aéreo, me ajustó un arnés que apenas dejaba respirar y me prometió que esta sería una de las experiencias de mi vida, “bueno, ya, sí…eso se lo dirá a todas” pensé. Montamos en el avión, especialmente preparado para la práctica de este deporte. Tengo que advertirle que el paracaidismo es un deporte de íntimo contacto, no hay lugar para los escrúpulos: Yo iba haciendo la “cucharita” con Mira y sobre mi pierna estaba recostada una paracaidista, creo que alemana, los otros paracaidistas iban apelotonados como peluches en una cesta. Ya sabe, hay que ocupar todo el espacio dentro del avión para rentabilizar los vuelos, aunque dentro del aparente caos hay orden y estrategia. Despegamos y empezamos a elevarnos sobre la bahía, la visión era espectacular. Se divisaba más allá del cabo de Rosas y toda la bahía se dibujaba perfecta, en una tarde de cielo despejado. Me hubiese gustado comentarlo con el resto de compañeros saltadores, pero yo era el único español y el único en hacer su primer salto, el resto creo que se dividían en holandeses, franceses, alemanes, un australiano y hasta un checo, todos paracaidistas experimentados. La razón de esta multiculturalidad es que el aeródromo de Ampuriabrava tiene uno de los récords del lugar: es el centro de paracaidismo con más saltos de toda Europa, con alrededor de 80.000 saltos a lo largo de todo el año. Se podría decir que es el centro europeo de este deporte.

Alcanzados los 4.000 metros de altitud, llegó el momento de lanzarse al vacío…con o sin miedo. Tengo que confesar que en ese instante estaba un poco decepcionado. A tal altura, tan alejados del suelo creía que saltar del avión y caer libremente, sin referencia alguna, no iba a aportar una fuerte sensación. ¡Qué atrevida es la ignorancia! Habían saltado todos y solo quedábamos mi instructor y yo. Nos situamos en el umbral de la puerta con los pies colgando. Mi única sensación era el viento y mi única preocupación que el arnés no me cortase el riego sanguíneo de las piernas. ¡Salto! De repente se apoderó de mí una sensación vertiginosa, fue como si mi cuerpo cayese y el corazón se me hubiese quedado sentado en el borde del avión. ¿Qué si respiraba? Seguro que no. Jamás había experimentado algo igual en mi vida. Indescriptible.

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A los 50 segundos el instructor abrió el paracaídas. Un frenazo en seco y un estallido de silencio.

Unos segundos de caída y recibí la señal de Mira para adoptar la posición “Spiderman”. El aire era frio y el vuelo una bomba de combustible que no dejaba de inyectar adrenalina en el torrente sanguíneo. Descendíamos a 200 Km/h derechitos hacia el suelo, y aún a esa velocidad Ampuriabrava no parecía acercarse. Un leve movimiento de brazos y un giro en horizontal acelerado. Pegar las extremidades al cuerpo y meter una marcha más a la caída. Era como competir en F1 si coche.

El aire me entraba en los pulmones por la nariz casi a presión, y los oídos me iban doliendo un poco. Yo que soy submarinista no recordaba que tenía que compensar la presión del aire del interior de mis oídos con la creciente exterior. No hay más que taparse la nariz, cerrar la boca, y soplar, nada difícil pero se me olvidó…cosas de la excitación.

A los 50 segundos el instructor abrió el paracaídas. Un frenazo en seco y un estallido de silencio. Flotando, bajo nuestros pies los canales de Ampuriabrava, el golfo con un mar turquesa y el macizo de los pirineos en su encuentro con el mar. Es la parte del salto en el que se recupera la respiración, donde el corazón te alcanza, aunque todavía acelerado, y se disfruta de un vuelo en calma hasta aterrizar en el aeródromo. Se pasa de una experiencia salvaje y brutal a una sensación zen en décimas de segundo.

Es harto difícil traducir las emociones del primer salto en palabras. Para mí casi imposible. Pero algo sí le puedo decir, esto no es un deporte, es una droga que se mete en las venas solo con catarla. Mi consejo es que si no tiene el dinero suficiente para hacer un curso de paracaidismo, no lo pruebe.

La guinda, a una sesión de vuelo fantástica, fue el descenso kamikaze en espiral desde la altura máxima hasta frenar en seco.

Al día siguiente regresé con mono de otro salto, pero ya soplaba la tramontana. Así que dirigí mis pasos al túnel de viento Windoor, no lejos del aeródromo, a ver si algo de indoor skydive, donde había reservado mi segundo reto, me quitaba algo la picazón. Windoor es el primer túnel de viento de España y tiene a uno instructores que es toda una celebridad: Robby. Si va alguna vez a Ampuriabrava le verá en los carteles que anuncian Windoor por la marina. Tuve la suerte que me tocó para introducirme en el túnel. Es cierto que ya acumulaba unos minutos de vuelo en Madrid, pero me extrañó que mi pericia en el túnel hubiese mejorado tanto: Control de nivel, subir, bajar, girar, desplazamiento lateral…fue una sesión genial. La guinda, a una sesión de vuelo fantástica, fue el descenso kamikaze en espiral desde la altura máxima hasta frenar en seco a unos 20 cm del suelo, eso sí de la mano de Robby, si yo hago eso solo salgo del túnel como si me hubiesen metido en una thermomix. Gracia a Windoor pude anestesiar el ansia de tirarme en paracaídas otra vez, lo malo es que me pico el gusanillo de sacarme el certificado de vuelo indoor. Esto es un noparar y un sinvivir.

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Balder

Flowrider es una piscina de 6,6 x 12,2 metros que incluye un potente generador de olas.

Para relajarme fui a tomar una cerveza al Waveclub, justo al lado de Windoor. Poco dura la relajación en este club de ambiente tropical y surfero, ya se lo digo. Lo primero que se ve al entrar es la instalación de la ola artificial, el FlowRider, para practicar el surf “indoor”… y, claro, hay que probarla. Listo para el tercer reto. Una pequeña preparación teórico-práctica por parte de un instructor, en mi caso instructora, Anna Berutti y al agua. El Flowrider es una piscina de 6,6 x 12,2 metros que incluye un potente generador de olas. Como un medio half-pipe de los que utilizan los patinadores urbanos, donde el agua sale disparada desde la base hacia el punto más alto.

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Balder

Con la tabla flowboard y la ayuda de Lewis Hard

Se empieza con una tabla de bodyboard y la sensación es algo extraña. No es exactamente como hacer surf, resbalar por la pendiente de la ola, si no como de mantenerse sobre una fuerte corriente. Y la corriente es muy enérgica, caes al agua y sales disparado hacia arriba para parar en todo lo alto sin saber como. Consejo a las mujeres: utilicen bañador, no bikini, la corriente se lo lleva todo. Al poco tiempo de pelear con el agua te haces con la tabla y puedes surfear esa corriente ascendente, es realmente divertido, surfing sin remar ni esperar olas. Después de la tabla de body se puede probar de pie con una tabla que es mitad skate mitad skim, pero esa es para los más expertos. A mí me costó mantenerme de pie y con la ayuda del otro instructor, Lewis Hard. Después de casi 20 minutos de cabalgar la gran ola y sufrir unos wipeouts, cuya traducción viene a ser “caída completamente desbaratado a la corriente salvaje”, el cuerpo pedía un descanso. Yo lo busqué en una cerveza y una ensalada en el restaurante del Waveclub. Repuse fuerzas y finiquité mi tercer reto mientras escuchaba reggae.

Al día siguiente tocaba buceo en Rosas y, al otro, nadar las aguas abiertas de las Vies Braves...

Ampuriabrava a vuela pluma

Vista del canal desde el Hotel Port Salins. Ampuriabrava
Vista del canal desde el Hotel Port Salins. Ampuriabrava Balder

Ampuriabrava es una marina que fue fundada en 1967 sobre unos humedales en el municipio de Castelló d'Empúries. Dispone de 23 Km de canales navegables, lo que la convierte en la marina residencial más grande de Europa. Navegar por sus canales y ver los veleros y los yates amarrados en villas de todos los estilos y construcción imaginables es una delicia. Se pueden alquilar pequeños botes de motor para navegar por sus canales.

Dispone de 7 km de playa dividas en tres playas, tan anchas que da casi pereza llegar a la orilla, con todos los servicios de seguridad y sanitarios, pero también con parques infantiles y campos de deporte. Al norte se encuentra la playa de la Rubina, conocida como la salvaje, en ella se admiten perros y es el sitio donde uno quiere ir a tomarse un mojito en un ambiente más alternativo, o a practicar Kitesurfing. Aunque toda la costa de Ampuriabrava es fantástica para los deportes náuticos. Bueno quizá para el buceo no, pero Rosas sí y está a tan solo 4 Km hacia el norte y el Estartit, donde están las famosas islas Medas, a 35 Km al Sur.

Si uno quiere darse un capricho se debe alojar en el hotel Port Salins, en plena Ampuriabrava, fantástica su piscina en plena marina. Y si quiere ir a gozar de la naturaleza el camping Laguna es la elección, al sur justo en las lindes del parque natural Aiguamolls de l'Empordà, el oasis de las aves. Enfrente de la playa Can Comes, al sur.

No se puede abandonar Ampuriabrava sin comerse un arroz en el restaurante El Capitán, si va por la noche pida pescado, cualquiera está fabuloso. Y si es seguidor de la alta cocina, el restaurante Noray España le sorprenderá gratamente.

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