La novela furtiva de José Guirao
El exministro, preocupado por facilitar las cosas a los otros, custodió clandestinamente ese tiempo en la escritura que es solo de uno mientras escribe


Recuerdo que cada vez que invitaba a José Guirao a hablar a mis estudiantes, a la hora de repasar su extenso e intenso currículum en la gestión cultural, solía decir de broma algo que, por otro lado y por desgracia, la realidad confirma con demasiada frecuencia: José Guirao había sido ministro de Cultura y Deporte —uno de los más solventes y respetados, entre 2018 y 2020—, pero ministro podía serlo cualquiera. Su gran proyecto era la invención de La Casa Encendida, avisaba a los alumnos. Se trataba por mi parte de una boutade a medias, sobre todo para alguien que había dedicado su vida a la res publica, incluso cuando trabajó para fundaciones privadas, porque la res publica no es otra cosa que velar por el bien común, respetar escrupulosamente los valores compartidos y administrar con honradez el dinero colectivo.
En ese terreno José Guirao era imbatible, demostrando en cada una de sus responsabilidades ―desde Andalucía a la Administración central― su compromiso generoso, negociador, honesto y dialogante con la comunidad. Ese talante tan alejado del dogmatismo fue el motivo de su permanencia como director del Museo Reina Sofía ―entre 1994 y 2001― a la llegada del Partido Popular, pese a haber sido nombrado por un gobierno del PSOE. Quizás ese mismo talante discreto, hábil e inteligente, nunca dócil ni acomodaticio, fue lo que impulsó la llegada del Guernica al Reina desde el Prado. En el Reina, Guirao apostó con decisión por América Latina, una de sus grandes pasiones, en especial a través del gran proyecto Versiones del Sur ―que ocupó el museo entero y los edificios del Retiro― y bajo su batuta se celebró el concurso para la ampliación de Jean Nouvel, que no llegó a inaugurar.
Sin embargo, no es al servidor público en el sentido más estricto del término a quien nos gustaría recordar en esta ocasión, si bien desde tantos puestos de altísima responsabilidad Pepe Guirao nunca dejó a un lado la sagacidad, su espíritu delicado y sosegado ―de senador romano―; su sentido del humor, la pasión imbatible por las artes y la literatura. Quisiera recordar ese proyecto que subrayaba frente a mis alumnos, el escenario donde desarrolló en práctica sus pasiones ―incluido el temprano compromiso ecologista―. La Casa Encendida, llena de jóvenes y que ahora leo como capítulos en una especie de cuaderno de viaje, tuvo algo del lugar donde Pepe fue por completo libre y dejó que el resto lo fuera también. El nombre mismo, título de un poema de Luis Rosales, estaba dando pistas sobre el secreto ahora desvelado; señales anunciadas ―si bien mudas― a través de la fascinación hacia Edmund Jabès o los amigos con los cuales nunca interrumpió la conversación donde nos llevan las palabras —Goytisolo, Olvido García Valdés, Valente, José Miguel Ullán, Soledad Puértolas…―.
Hasta La Casa Encendida llegaría Rimbaud ―entre tantos otros poetas― en una de las exposiciones que Pepe disfrutó más ―o eso pienso―. A cantar a Rimbaud acudió Patti Smith, cantante con la cual mantuvo Pepe una relación especial. ¡Patti Smith en la Ronda de Valencia! Cómo no sospechar lo que, clandestino, se escondía de la mirada en alguna parte. “Y tú, Pepe, ¿no escribes?”, le pregunté una noche, tarde, en Venecia. Sonrió socarrón. Me miró de aquella forma suya, guapa, con los ojos chispeantes. No dijo mucho: Pepe era muy reservado pese a su calidez extraordinaria.

Acabo de recordar el detalle mientras termino las páginas de la novela que dejó como legado, a medio escribir, recién publicada por Pre-Textos, Las aguas de la noche, en un libro precioso como objeto, de esos que les hubieran gustado a Pepe y Ullán. José Guirao, preocupado por facilitar las cosas a los otros, recuerda su amigo y colaborador Carlos Alberdi en el prólogo de la novela furtiva, custodió a lo largo del tiempo, ese tiempo en la escritura que es solo de uno mientras escribe, que no le pertenece a nadie. La primera frase le delata: “Nunca supo escribir historias. Le abrumaba la idea misma de fijar con palabras esas historias que surgían en su cabeza y que en ella funcionaban de manera natural.” Para mí, en ella expresa el vértigo del letraherido: en el momento de escribirla, ya estaba atrapado.
Entonces, poco a poco, a través del narrador, va surgiendo el escritor que fue Pepe, un bello testimonio de tantas cosas, desde la familia y sus grandes y pequeñas cuitas, hasta las bibliotecas que se aman y sobre las cuales se construye la historia del narrador ―y la del propio autor―; hasta las luces que van transformando las estaciones ante nuestros ojos, en el campo y en la ciudad. O los paseos por los paisajes que el autor amó y recorrió hasta que las fuerzas fallaron ―y más allá― y que en esta novela le presta al narrador y protagonista. Igual que les ocurre a los niños lectores ―el que fue Pepe―, el protagonista de Las aguas de la noche sueña con vivir dentro de un libro sobre Japón: lo visitará algún día. Fue el viaje que emprendió solo el enigmático Pepe y del cual guardo un fular de seda suave que me pongo raramente para preservarlo del transcurso del tiempo.
Vivir dentro de un libro es un concepto relacionado con el “espacio poético” de Bachelard: “Sentimos que deberíamos vivir allí, entre las mismas líneas del grabado”, escribe el francés. Se trata de evocar la anticipación de los lugares que conoceremos eventualmente, cuando el viaje se haga realidad, y que a menudo nos decepcionarán al manifestarse inhabitables en su fisicidad. “¿Por qué siempre hemos de buscar lo que no encontramos, lo que nunca encontraremos?”, se pregunta Guirao en uno de los momentos a un tiempo líricos y existencialistas que recuerdan a sus poetas místicos. Hacia el final, de pronto, el texto se vuelve borgeano, aparece Pepe en sus luminosas contradicciones: “Los libros que le habían salvado durante la vida se convertían en un solo libro inabarcable”. No es un sentimiento negativo, sino más bien una evidencia: es lo que ocurre cuando el lector se convierte escritor. Al fin.
Solo queda dar las gracias al empeño ―y el cuidado― de Carlos Alberdi en revisar este texto para compartirlo con los lectores, respetando el propio texto, con el apoyo de Eduardo Lago y el resto de amigos a los cuales Alberdi agradece su ayuda e implicación. El texto, apunta Lago, entra así en el Olimpo mágico de las novelas inacabadas. Allí estás, con Bouvard y Pecuchet, Pepe. No es mala compañía, ¿verdad?
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