Jesús Rueda, compositor: “Nadie quiere ver su música reducida a una simple fórmula”
Este jueves se estrena en el Auditorio Nacional de Madrid su ‘Concierto para piano nº 3’ con Noelia Rodiles como solista y el maestro Daniel Raiskin al frente de la Filarmónica Eslovaca

Existen dos tipos de compositores: los que necesitan un encargo para ponerse a trabajar y los que escriben sin pararse a pensar cuándo y cómo se estrenará la obra que se traen entre manos. Jesús Rueda (Madrid, 64 años) pertenece a la segunda categoría. “La verdad es que nadie me pidió un nuevo Concierto para piano”, reconoce en una entrevista el pasado lunes en Madrid. “Simplemente lo hice”. Solo cuando lo hubo terminado, hace dos años y medio, acudió a la presentación de un disco de la pianista Noelia Rodiles. “Allí le conté que había escrito un concierto para ella y se mostró muy interesada”.
A los pocos días de enviarle la partitura, el compositor recibió una llamada de la intérprete, a quien en 2018 ya le había dedicado la sonata El efecto mariposa. “El desafío técnico del concierto le pareció tan exigente como imposible de rechazar”. Más allá de algunas digitaciones, que hubo que adaptar, Rodiles se reconoció en el estilo y, sobre todo, en el planteamiento por momentos excesivo de una partitura que explora los límites del instrumento. “Noelia tiene una capacidad asombrosa para resolver con agilidad y ligereza los pasajes más enrevesados”, celebra Rueda. “Sus manos van más rápido que la propia música”.
Tras su reciente estreno en la sala Reduta de Bratislava, con Rodiles al frente de la Filarmónica Eslovaca dirigida por el maestro Daniel Raiskin, el Concierto para piano nº 3 de Rueda se podrá escuchar, con los mismos intérpretes, este jueves en el Auditorio Nacional de Madrid, dentro de la temporada de Ibermúsica. “La obra está estructurada en tres movimientos clásicos”, explica el compositor, que cita entre sus referentes del género a Brahms, Rachmáninov y Prokofiev. “El subtítulo Rivers in Winter [Ríos en invierno] alude al discurrir melancólico de las famosas coplas de Jorge Manrique”, aclara.
Además de la literatura, en la trayectoria musical de Rueda, autor él mismo de la colección de aforismos Dentro de un instante, confluyen numerosos afluentes. “Desde que con 11 años compuse mi primera obra, tuve claro que lo mío era la música”, admite. “Pero luego la vida te arrastra…”. Y así, mientras se formaba en el Conservatorio, coleccionaba fósiles con la idea de seguir los pasos del antropólogo Richard Leakey y hasta cursó dos años de arquitectura técnica. “En Atapuerca me familiaricé con la complejidad del pensamiento invisible y gracias a Brunelleschi aprendí a manejarme con las proporciones”.
Llegó incluso a trabajar como afinador de pianos antes de su primer encuentro con el que sería su gran maestro. “Luis de Pablo me animó a dedicarme a la composición y me introdujo en la órbita de la vanguardia”, recuerda Rueda, que estudió también con Francisco Guerrero. “Fueron tiempos de una actividad frenética, siempre con la curiosidad a flor de piel”. Un día de 1985 se puso en contacto con la NASA para solicitar información sobre la radiación de fondo. “De ahí surgió Voyager, una pieza hecha a base de fractales y algoritmos. Entonces nadie imaginaba lo que nos depararía la inteligencia artificial”.

Él no la usa para componer, pero trastea de vez en cuando con los chats. “El otro día le pregunté a uno por la fórmula de Bach y no tardó ni diez segundos en convertir su música en una integral matemática”, relata. “La tecnología está muy bien, pero hay cosas que uno no quiere saber. Nadie quiere ver su vida reducida a una ecuación. Y lo más importante: no todo tiene explicación”. Sirva de ejemplo el largo silencio que durante siete años, poco después de recibir el Premio Nacional de Música y hasta 2014, lo alejó de la escritura. “Sigo sin tener muy claro lo que me ocurrió. Me sentía agotado y me tomé un descanso”.
Entonces, sí, fueron los encargos de dos amigos (Javier González Pereira y Antonio Moral) los que le devolvieron a los atriles con un apetito voraz y podría decirse que desmesurado. A partir de entonces llegarían, casi sin respiro, 12 sonatas para piano, 16 cuartetos de cuerda y 13 de las 17 sinfonías que figuran hoy en su catálogo. “No creo en la progresión del estilo, sino en la constancia a través de la duda, el error y la contradicción permanente”, asevera. “Esa tensión explica que mi música orquestal se haya ido adelgazando un poco. Evito el ruido, esa percusión que cae como la mayonesa sobre las líneas…”.
Se define Rueda “adicto a la rutina” y “discípulo de Kant” en lo concerniente a los paseos por el centro de Madrid. “Siempre el mismo itinerario y, a ser posible, sin pisar ciertas líneas imaginarias de la acera”, confiesa con una taza de café en la mano. “Pero esa obsesión por la simetría solo me funciona en la ciudad, el campo no se atiene a esas reglas”. Durante años se refugió en la sierra, primero en Collado Mediano y después en un pueblo segoviano, donde practicó la vida austera. “Ahora me escapo de vez en cuando a una cabaña perdida en los montes asturianos de Riocaliente a la que se accede por un sendero estrecho”.
Desde allí arriba su Concierto para piano ofrece una visión panorámica de lenguajes alejados y diversos: de esa idea mística del sonido que aprendió en las clases de Luigi Nono al folclore urbano que se cuela en sus dos zarzuelas. “El arte es una forma de reciclaje, pues nada surge de la nada”, reflexiona. “No se trata de cogerlo todo, sino de reconocer qué tiene sentido para ti”. Ahora Rueda, cuyo Concierto para violín nº 1 acaba de estrenar Mikhail Pochekin con la Orquesta de RTVE, trabaja en su próxima sinfonía y no pierde la esperanza de estrenar, algún día, una ópera de gran formato. “Tengo algunas ideas, pero como buen anacoreta se me da muy mal llamar a las puertas”, dice, y ríe.
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