Fulgenci Mestres ‘Gensi’, clown: “Dios es un payaso caprichoso”
El artista catalán, estrella del Circus Roncalli de Alemania, advierte de que el carablanca está en peligro de extinción


Fulgenci Mestres Gensi (Vilafranca del Penedès, Barcelona, 60 años) no se ha caracterizado para la entrevista de payaso blanco, su papel habitual en el prestigioso Circus Roncalli de Alemania, del que es un famoso y premiado icono, pero lleva el carablanca puesto de serie. Es puntilloso, listo, escrupuloso, frío y lunar. Tiene algo que tira para atrás y hasta provoca un estremecimiento. Sus ojos son de un azul gélido. Viste para estar por casa como una suerte de Nureyev, con ropa de fantasía y un gorrito. De entrada te hace descalzar para que no introduzcas suciedad y “chinches” en su amplio piso barcelonés, decorado barrocamente y con muchos recuerdos circenses. Antes de empezar a hablar, para hacer ambiente, interpreta las Gymnopédies de Satie pulsando copas de cristal con el dedo.
Pregunta. ¿Uno nace o se hace payaso?
Respuesta. Yo llegué fortuitamente, tras ser escolanet de Montserrat, estudiar teatro y música, actuar con Dagoll Dagom, Comediants y La Fura. El payaso Monti me animó a trabajar con él y consideró que yo era un payaso blanco, un carablanca natural.
P. ¿Se siente así, payaso blanco?
R. No soy demasiado gracioso y soy muy pulcro. Monti me veía más delicado de lo común [risas; Gensi ríe a menudo, una risa extemporánea, en estacato, contenida, nada contagiosa]. Cada uno tiene un payaso dentro y el mío era el carablanca, no podría haber hecho otro. Tienes lo que tienes.
P. ¿El payaso se interpreta o se vive?
R. En buena parte es ser uno mismo, hay un 80% de ti y un 20% de construcción de personaje, al revés del actor. Aquí cuentan mucho menos Stanislavski o Grotowski [risas].

P. Ustedes los carablancas forman pareja con los augustos, los mal llamados payasos tontos.
R. La relación se basa en la rivalidad, el conflicto, nosotros buscamos la perfección; el augusto, el patoso, primario, intuitivo, indisciplinado, crea el caos, hace reír a menudo porque la gente ríe del mal ajeno, la gente es cruel. A la actitud y la poética infantil del augusto el carablanca opone una poesía que sale de la reflexión, adulta. Y el payaso blanco es elegante; elegancia y payaso blanco son sinónimos.
P. Pues perdone que le diga que dan más miedo ustedes que los augustos.
R. El payaso blanco da más miedo, sí. Hay gente que se asusta mucho, existe una fobia incluso, la coulrofobia, que es el miedo a las caras pintadas. Lo he visto en niños, que al verme se ponen a llorar incontrolablemente. El payaso, y más el blanco, es un personaje entre dos mundos, la vida y la muerte. El carablanca tiene en su origen remoto el hallequin medieval, un ser demoníaco que formaba parte de la mesnada infernal, la cabalgada salvaje, una compañía de almas condenadas que atravesaba la noche augurando desgracias. Ese personaje iba de blanco, enharinado, y con marcas de chispas en la ropa: las lentejuelas. El payaso blanco, cuyas orejas rojas vienen de haberse requemado en el infierno, ha estado allí y ha vuelto, son pocos los que lo han hecho, Hércules, Orfeo, Ulises.
P. Caramba.
R. Como ve, la moda actual de los payasos terroríficos, el Joker, Pennywise, tiene una tradición antigua detrás. Los carablancas venimos de todo eso. Pero nos hemos refinado [risas]. En los años treinta el carablanca se tiñó del autoritarismo de los fascismos. Aunque a los nazis no les gustaba el circo, ¿sabe?, demasiados judíos y gitanos. El payaso blanco, por cierto, desapareció en Rusia con la Revolución: se le veía como el opresor del augusto.
P. Qué bueno era Antonet, si me permite.
R. Grandísimo carablanca, hacía pareja con el augusto Grock, que lo dejó tirado en América. Hay mucho que hablar de los augustos, pero es peligroso, son muy viscerales y salvajes, y nos envidian.

P. ¿Estamos en manos de un gran payaso?
R. Dios, el Dios de la Biblia, es un payaso caprichoso y narcisista. Sería una especie de augusto. Buda es más un blanco.
P. Lo decía por Trump.
R. Trump no es un payaso, es una mierda. No hay que comparar a los políticos con los payasos, nos ofende; ser payaso es algo muy digno.
P. Dicen que cuando Monti murió los colegas payasos le hicieron una ceremonia a puerta cerrada.
R. Oriolo puso en su ataúd serrín recogido de la pista del circo Roncalli, donde habíamos actuado los tres.
P. Reivindica usted al carablanca y alerta de que está en declive.
R. En peligro de extinción. Es mi cruzada tratar de que perviva, hay que dignificarlo y potenciarlo. Quedamos muy pocos, cuatro; dos son mujeres.
P. Como payaso, ¿se ha enamorado de la funambulista?
R. En el circo todo se vive con más intensidad. A mí me tuvo fascinado un artista suizo de la balanza. Pero en la carpa los que triunfan son los trapecistas, que marcan mucho con las mallas apretadas.
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