‘Der Tiger’: al infierno en Panzer
La emocionante película sobre la tripulación de uno de los famosos tanques nazis es como la respuesta alemana a ‘Corazones de acero’


Como irredento fan de los tanques Tiger —todos tenemos nuestras debilidades aunque sea por un pesado carro de combate del III Reich: 57 toneladas de leyenda— me ha gustado muchísimo Der Tiger (El tanque), la película alemana de Dennis Gansel (La ola, Napola) sobre uno de esos intimidantes colosos de acero de la Segunda Guerra Mundial. Con algunas salvedades: la principal, la gorra del comandante del carro de combate, que tira para atrás. Si es que parece de comisario soviético. En ninguna de las imágenes de carristas alemanes, ni las de los más imaginativos y desastrados como Kurt Knispel, ves cosa semejante. Vamos te presentas así delante de Guderian, Peiper o Panzer Meyer y te fusilan. Lo convenimos el otro día con Luis Hidalgo, que es crítico musical pero entre una Stratocaster y un Tiger no tiene duda: se queda con el tanque.
Der Tiger, que se puede ver en Amazon Prime Video, cuenta la historia de un Tiger I y su tripulación enviados a una extraña misión en el frente ruso: tienen que atravesar las líneas enemigas y traer de vuelta a un coronel (salvar al oberst Von Hardenburg) que ha quedado aislado tras ellas y que está en posesión de importantes documentos que de ninguna manera pueden caer en manos de los soviéticos. La operación, denominada Laberinto, te hace alzar la ceja desde el principio: ¿envías a una misión de rescate a un solo tanque (un tanque pesado) y sus cinco tripulantes, sin ningún tipo de apoyo, ni siquiera un pelotón de infantería? Las aparentes incongruencias, sin embargo, y algunas imágenes pesadillescas, tienen explicación al final y no digo más que luego me corren a gorrazos (precisamente).
Hay que señalar que Der Tiger aunque es aparentemente una película bélica muy canónica —e impecable en su factura, gorra aparte—, es también algo más, con puntos de contacto con Apocalypse Now (la patrulla enviada a localizar al militar perdido en medio de la locura de la guerra, las drogas, LSD y anfetaminas, respectivamente) e, inesperadamente, me ha parecido, con El corazón del ángel, aquella película en la que Mickey Rourke se embarcaba en una pesquisa diabólica que le llevaba hasta un secreto infernal. En el fondo, la misión de los tanquistas de Der Tiger es adentrase en el corazón de las tinieblas conradiano, las externas y las internas. También recuerda en su tramo final Der Tiger a El búnker, aquel curioso filme mezcla de cine bélico y de terror de Peter Green.

Aunque la película puede verse esencialmente como la respuesta alemana a Corazones de acero, el filme con Brad Pitt centrado en un tanque estadounidense Sherman, casi tan icónico como el Tiger, y su tripulación, compuesta también por cinco hombres enviados a una misión (mantener una encrucijada), los alemanes no podían producir un filme épico como aquel, que en última instancia acaba como un canto al valor y el compañerismo. Al hacer cine bélico de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes no pueden perder de vista que eran los malos y que el Tiger y sus tripulantes no dejaban de ser parte de un régimen asesino de una inaudita violencia criminal, mientras que el Sherman de Pitt estaba liberando Europa. Ese estigma, y ser los perdedores, hace que las películas bélicas alemanas (desde la pionera El puente de 1959 a Das Boot-El submarino, Stalingrado, la miniserie Nuestras madres, nuestros padres y esta misma) tengan un tono muy especial, oscurísimo y desesperanzado: el espanto y la muerte consustanciales a la guerra no pueden hallar nunca la (relativa) redención del coraje y del luchar por una causa justa —derrotar a los nazis y su terrible inhumanidad— como pasa con los filmes de los países que combatieron al III Reich. Con esa premisa no es raro que no les salgan películas muy alegres. No ha de haber nada que parezca que glorifica la guerra o se recree en ella, ni por asomo. Ni que apunte a relativizar o mitigar la culpa alemana.
En Der Tiger, con su curiosísimo (casi extravagante) giro final de guion, eso se cumple a rajatabla. Y mira que hay un momento en que el Tiger y sus ocupantes llegan a un pueblo ruso en medio de una sanguinaria e incendiaria acción de un Einsatzgruppen bajo el mando del clásico Obersturmbannführer villano (estamos en los predios de Masacre, ven y mira, de Elem Klimov) y parece que vayamos a encontramos con un discurso tipo los SS eran los malos y el ejército regular, la Wehrmacht y sus Panzertruppen, un contingente apolítico que luchaba por su país una guerra limpia. Al final, la escena de la liquidación de los aldeanos rusos cobra un significado absolutamente contrario a esa idea perversa y falsa. Y es muy simbólica la alusión a los hornos como meridiana metáfora de culpa alemana.

El comandante del Tiger, Philip Gerkens (David Schütter), muy creíble como todo el reparto, es un personaje especular del Don Wardaddy Coler de Pitt, ambos son duros pero paternales, y están muy curtidos y vapuleados por la larga contienda, el alemán, enganchado a la metanfetamina oficial Pervitin, con una experiencia traumática en Stalingrado. El universo reducido y claustrofóbico del carro es el mismo, aunque se está bastante más ancho en el Tiger, y caben más fotos de chicas en el salpicadero, por así decirlo, que para eso el tanque era más grande. Qué curioso resulta cambiar de perspectiva. Recordemos que en Corazones de acero, los espectadores nos sentíamos dentro del Sherman y el peligro venía del monstruoso Tiger enemigo emboscado.
La tripulación es igualmente en este caso un microcosmos de la sociedad: hay miembros de distintos puntos del Alemania y de diferentes estratos sociales y opiniones (incluso hay un profesor de latín y un granjero), aunque todos están cansados de la guerra, sobre la que tienen un punto de vista pelín los camaradas del frente de Sven Hassel. No sé yo si la tripulación de un Tiger, carristas de élite, era tan descreída (“en mi tanque no hay espacio para la política”, dice el comandante Gerkens) y existencialista como se nos muestra.
Y también tenemos un novato, bien retratado aquí con uniforme regular aún de la infantería y no el de los Panzer. El resto del grupo visten una variada representación de la indumentaria en los blindados en una fase avanzada de la guerra (estamos en otoño de 1943); se agradece que no vayan cubiertos de condecoraciones, con muchas Cruces de Hierro, como en otras pelis: es más verosímil. La tripulación —excepto el bisoño— es veterana y conoce bien su terrible métier. La película muestra estupendamente la mortal eficacia de las tripulaciones de los Panzer: al inicio, defendiendo el puente (ya podrían haber tenido un Tiger bloqueando así el de Remagen, piensa uno), se ventilan T-34s a un ritmo de samba, funcionando como un equipo letal. Se muestra muy bien lo colosal del blindaje frontal del Tiger —todo lo que le echan los soviéticos rebota o es absorbido por la muralla de acero, produciendo dentro un ensordecedor campanazo—, y lo brutal de su cañón de 88 milímetro, que revienta tanques enemigos a destajo. La película no deja de contestar la afirmación de James Holland de que el Tiger es un tanque sobrevalorado. Al respecto, véase el espléndido y elocuente capítulo sobre el Tiger de Tank, de Mark Urban (Penguin, 2025), que explica como a menudo las tripulaciones de los blindados Aliados saltaban fuera de sus carros cuando los enfilaba un Tiger. .

Me ha sorprendido ver que la conducción no era muy fina como yo creía —al cabo un vehículo alemán, el Tiger— sino bastante brusca y tosca. El motor del Tiger y el escape hacen un ruido que te pasa en el coche y lo llevas inmediatamente al taller.
Me ha gustado la escena en que el tanque se sumerge completamente en un río dando pie a insólitos momentos angustiosos bajo el agua dignos de Das Boot-El submarino: es cierto que el Tiger podía hacerlo, aunque desde luego debía causar impresión dentro. También es muy bueno el episodio del combate contra los cañones autopropulsados soviéticos SU-100 —una escena que recuerda xdsla de los Sherman contra el Tiger en Corazones de acero—, aunque se ha señalado que en la fecha de la película esos cazacarros no estaban aún activos en el frente. La peripecia en el campo de minas (hoy ya no hay minas que no te recuerden Sirat) es asimismo muy emocionante.
El Tiger 311 de la película, que ya entra a formar parte de nuestro imaginario de ese tanque junto al que aparece en Corazones de acero (que usó el único auténtico Tiger operativo que existe, el numerado 131 que se conserva en el Museo del Tanque en Bovington, Reino Unido), los de Salvar al soldado Ryan o el de Los violentos de Kelly, no es un Tiger de verdad sino una muy realista réplica compuesta a partir de un chasis de T-55 reconvertido. La numeración 311 parece un guiño al 131.

Una coda a la película —que, resumiendo, es muy recomendable—: ¿Pudo tener el Ejército español Tigers gracias a la sintonía con el Eje durante la Segunda Guerra Mundial? Los alemanes enviaron tanques a España (aparte de los 122 Panzer I librados durante la Guerra Civil) durante la contienda mundial, pero eran otros modelos inferiores, como explica pormenorizadamente Raúl José Martín Palma en el documentadísimo Bestias de acero, cien años de unidades acorazadas en el ejército español (La Esfera de los Libros, 2024). Pero no, no nos mandaron Tigers. De hecho los alemanes no dieron Tigers ni a los italianos, aunque sí, parece, un pequeño número de unidades a los aliados húngaros. Lo que sí nos enviaron, pagando, fue 20 carros medios Panzer IV, de 26 toneladas y cañón de 75 mm, un tanque muy fiable y sufrido que junto con su antecesor el Panzer III fue en realidad la columna vertebral de las fuerzas acorazadas alemanas y que se empleó hasta el fin de la guerra. El envío llegó en diciembre de 1943 y permitió reforzar las endebles unidades blindadas españolas hasta la llegada, pasada la contienda, de los diferentes modelos de tanques estadounidenses merced a los Pactos de Madrid (mucho más tarde los alemanes nos cederían Leopards). Los nazis también suministraron a España 10 Sturmgeschütz StuG III G (cierto, suena a estornudo), cañones autopropulsados parecidos a los SU-100 soviéticos.
Con respecto a los Panzer IV he de decir que uno lo conocí muy bien pues, ya retirado (él), estaba plantado en el parterre de entrada del cuartel general de la División Acorazada Brunete en El Pardo cuando hice allí la mili en 1981. No era un Tiger, pero no se puede tener todo.
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