Ya ni Calamaro edita disco
Muchas estrellas han dejado de publicar álbumes. Puede que se hayan retirado oficialmente pero en abundantes casos habían prometido seguir luchando en el frente discográfico. Pero no


En otro tiempo, Andrés Calamaro era el prototipo de artista torrencial, que sacaba dobles y triples. Pero no publica nuevas canciones desde 2018. No solo ocurre aquí: en todo el mundo, muchas estrellas de la música han dejado de publicar discos. Puede que se hayan retirado oficialmente pero en abundantes casos habían prometido seguir luchando en el frente discográfico. Pienso en gigantes nacionales como Serrat, Sabina, Rosendo ¡o Julio Iglesias! No me atrevo a afirmar que esas ausencias obedezcan a un cálculo frío de esfuerzos y beneficios: cada caso es diferente y las circunstancias personales podrían explicar muchos de esos relativos silencios. Que conste que abundan los ejemplos de lo contrario: Manolo García, Bunbury, Miguel Ríos o Fito Cabrales. Ahí afuera, podemos encontrarnos con estajanovistas tipo Willie Nelson, nonagenario que sigue grabando: su discografía alcanza ya los 103 álbumes.
Para despejar dudas, pregunto a los que trabajan en la trastienda de ese negocio, disqueros y managers que considero fiables. Algunos se sorprenden: en el fragor de la batalla diaria por sobrevivir no habían detectado esas ausencias discográficas. Pero reflexionan y desarrollan inteligentes racionalizaciones. Resulta que en la cúpula de las multinacionales ya no abundan los disqueros visionarios, antiguos expertos en alentar lanzamientos. Mencionan además la pandemia como punto de inflexión que cambió el modus operandi de muchos artistas: “Por cada uno que sintió el mono de los bolos, hubo otro que descubrió la comodidad de no tener que grabar o salir a la carretera”.
Remachan la creciente relevancia de los directos frente a las grabaciones: “Sacian la necesidad de comunicar, llámalo ego, con las actuaciones”. Además, las giras han ampliado su vida práctica: “Han dilatado sus plazos de duración; hoy requieren músicos extra, montajes escénicos, contratar seguros, follones”. Y la edad reduce las energías (“no todos pueden ser Mick Jagger”), algo aplicable al esfuerzo de componer y grabar: “Tienen estudios en su casa pero puede que no los usen demasiado”.
Añaden: “Sienten desánimo al comprobar que sus sacrificios no son recompensados y ni siquiera entendidos: se tiende a ver a los boomers como un tapón para la creatividad de los jóvenes, sin plantearse cuestionar el propio sistema”. Aparte, es perfectamente legítimo aparcar discos ya elaborados: lo hacía y lo hace Manu Chao, que prefiere girar e ignorar a la industria.
Ha cambiado también la relación entre artistas y discográficas: “Muchos se autoproducen, financian sus propios trabajos que luego licencian a alguna multinacional: así funciona un Alejandro Sanz”. Y las disqueras no sienten la urgencia de hacerse con esas canciones frescas: “Ya tienen el catálogo esencial de tal artista y se preocupan de explotarlo en publicidad, en todo tipo de licencias. Lo llaman mover la marca”. Ojo, por cada figura que va colocando su material en diferentes empresas, está el modelo Bob Dylan: toda su obra está en CBS, actualmente Sony, “incluso recuperaron los dos discos que hizo fuera”.
Insisten en la imprudencia de juzgar esos mutismos sin tener en cuenta la coyuntura profesional de cada artista, a diferencia de “los artistas jóvenes, que deben estar activos para alimentar a las redes y establecer su reputación”. Aunque se sabe que un disco nuevo de los veteranos también aumenta sus huellas en plataformas de streaming. Pero puede que eso no sea suficiente para combatir la falta de motivación de los que todo lo han visto y todo lo han hecho.
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