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Inés González Lozano, escritora: “La mentira es un analgésico. La verdad, cirugía sin anestesia”

La madrileña publica ‘Hilos de Hierro’, la historia rigurosa y fidedigna de una república imaginaria

Inés González Lozano, autora de la novela 'Hilos de hierro', posa esta semana en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.
Inés González Lozano, autora de la novela 'Hilos de hierro', posa esta semana en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.Claudio Álvarez
Miguel González

De todos los ingenios bélicos que aparecen en Hilos de Hierro, la primera novela de Inés González Lozano, el más temible es el arma espejo: los enemigos quedan paralizados al contemplar la escena de su propia muerte. “La verdad desnuda es un arma irresistible, conocer tu destino es una condena”, reflexiona la autora. “Por eso los mánticos [videntes] tienen la cara deforme. La realidad descarnada afea”. Su libro es la historia rigurosamente documentada y escrupulosamente fidedigna de una república inexistente en una geografía imaginaria.

Pregunta. En su obra aparece un loco sin sombra que toma por premio su estigma. Lo que dice recuerda la letra de la canción infantil Vamos a contar mentiras y, cuando pregunta al protagonista si quiere que le cuente su vida, este le contesta: “¿La verdadera o un embuste?”. Cuénteme usted la suya.

Respuesta. Nací en Madrid hace 47 años, soy hija única y tengo una hija, mis padres eran abogados laboralistas y militantes del PCE. Mi madre estaba embarazada de mí cuando se produjo la matanza de Atocha. Una de las heridas, Lola González Ruiz, era su amiga íntima. Otro de los supervivientes, Luis Ramos, fue mi maestro en Derecho.

P. Luego se casó con un diplomático y se fue a Guinea Ecuatorial. Allí no podría defender a los trabajadores ante los tribunales..

R. Lo descarté para evitar un conflicto de intereses, pero monté una ONG con señoras de un poblado chabolista que hacían bolsos y los vendían. El hermano de una de ellas estaba muy mal y me pidieron que le ayudara, aunque no podía ir a verlo porque decían que, al ser blanca y tener el pelo largo, me tomaría por una sirena que venía a hacerle daño. Así que les di una infusión que se llamaba Carmencita Buenas Noches. A los dos días volvieron gritando “¡milagro! ¡milagro!” y me pidieron que se las diera para ellas porque las medicinas de blancos son mejores. Yo me pasaba el día preparando infusiones y me sentía como una estafadora.

P. Su libro está repleto de fórmulas magistrales a base de hierbas…

R. Están todas en los tratados hipocráticos y los textos de medicina de la antigüedad, igual que las curas oníricas del santuario griego de Asclepio.

P. En su novela, como en Guinea, se confunden medicina y magia, superstición y ciencia…

R. En la antigua Roma, en la que me inspiro, había una religión oficial, en la que creían pero menos, y otra popular para resolver problemas cotidianos apelando a poderes sobrenaturales. Se han hallado tablillas con maldiciones, maleficios o conjuros.

P. También hay un juicio, en el que habrá volcado su oficio de abogada, y un escándalo de corrupción.

R. Mi padre se llamaba Cristóbal, pero mi madre le llamaba Tobal y el abogado del libro, el que defiende al alfarero pobre, se llama Tobalano. La corrupción parece muy de ahora, pero en Roma estaba a la orden del día. El grano estaba subvencionado por el Estado y, cuando llegaba una partida podrida, había debates en el Senado y disturbios. Mi padre murió cuando estaba escribiendo la novela y quizá por eso me ha salido más triste de lo que había pensado.

P. Usted habla de lunas llenas de 30 noches, ríos que fluyen del mar a la tierra y bosques flotantes, también mujeres que mandan el Ejército.

R. Me apetecía que las mujeres pudieran ser guerreras y eso en Roma no pasaba y en Grecia menos. Una novela es una mentira que el lector está dispuesto a creerse, dejando en suspenso su incredulidad. Lo que exige al que escribe no es que el relato sea real, sino verdadero.

P. Uno se pierde en el juego entre realidad y ficción. Ni siquiera es fácil diferenciar qué palabras son arcaicas y cuáles inventadas.

R. Yo soy un poco defensora de la mentira, aunque como periodista no estarás de acuerdo. Ir siempre con la verdad por delante, la verdad aunque perezca el mundo, es un poco cruel. La mentira no te cura, pero en algunos momentos te puede aliviar el dolor, siempre que la sepas controlar. La mentira puede ser un analgésico y la verdad, cirugía sin anestesia.

Posdata. Cuando llego a casa me encuentro un mensaje de ella: “Alguna cosa que te he contado no es cierta”.

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Sobre la firma

Miguel González
Responsable de la información sobre diplomacia y política de defensa, Casa del Rey y Vox en EL PAÍS. Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) en 1982. Trabajó también en El Noticiero Universal, La Vanguardia y El Periódico de Cataluña. Experto en aprender.
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