Guerra cultural contra la “guerra mundial de Putin”

La concesión del Premio Formentor a la autora rusa Liudmila Ulítskaya provoca la cancelación de alguna asistencia a la entrega del galardón mientras los escritores del antiguo ámbito de influencia de la URSS se posicionan con inquietud ante la invasión de Ucrania

Liudmila Ulitskaya, en Moscú en marzo de 2021.
Liudmila Ulitskaya, en Moscú en marzo de 2021.Oleg Dorman

Lejos del escenario de guerra, de las fosas comunes y el territorio del dolor que va configurando en Ucrania una nueva mitología bélica en Europa, los ecos del conflicto están generando su propia onda expansiva en el universo de la cultura. La histórica pugna entre pro y antioccidentales que desde hace siglos marcó a Rusia, la pulsión nacionalista frente a la ambición más europea, se renueva estos días a partir de la dramática agresión a Ucrania. Nace una guerra cultural, esta vez contra Vladímir Putin y el expansionismo ruso, en la que la literatura es el campo de batalla.

El foro Formentor se ha convertido en uno de los termómetros donde se han visibilizado las nuevas y viejas disputas. La concesión del Premio Formentor a la autora rusa Liudmila Ulítskaya provocó la cancelación de alguna asistencia, como la del traductor ucranio Iuri Lech, que lo consideró un “gesto de complicidad con la potencia agresora”, según el mensaje que leyó la organización. Mientras que la Unión de Escritores de Ucrania apeló a cerrar la casa museo de Mijaíl Bulgákov en Kiev, donde nació, y cancelar así a este autor considerado ruso.

La voz de la democracia en Rusia solo reside en la literatura, sostiene Marta Rebón, una de las grandes especialistas en literatura rusa y eslava. El mapa literario pos-soviético es, de hecho, un escenario de fusión, mezcla y convivencia que se había consolidado como tal de una forma muy lejana al nuevo nacionalismo ruso, y que conforma una realidad paralela al universo que defienden Putin y los antioccidentales más excluyentes. Hay muchos ejemplos de ello: la Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich nació en la Ucrania soviética, escribe en ruso y vive en Bielorrusia. La recién galardonada Ulítskaya nació en la lejana Bashkortostán, en los Urales, ha escrito una novela sobre Crimea y se ha exiliado en Berlín al empezar la guerra de Ucrania. Vitali Grossman también era de Ucrania y es considerado ruso, o como Chéjov, que pasó largas temporadas en Ucrania, de donde era su abuela y donde incluso apoyó el primer periódico tártaro. Y el movimiento “político” de la Unión de Escritores de Ucrania, sostiene la agente y traductora Yulia Dobrovolskaya, contrasta con un público que no cancela la cultura, sino que la promueve, como demuestra la gran acogida ahora mismo en el país de una biografía de Bulgákov escrita en ruso por Marietta Chudakova y traducida al ucranio.

“Deberíamos quitar el peso de las nacionalidades porque no todo lo que creemos ruso es ruso, una palabra muy homogeneizadora que no responde a la pluralidad real que existe”, afirma Rebón.

En el nuevo pulso entre el nacionalismo ruso antioccidentalista y la pluralidad abierta a Europa, los escritores de todo el espacio pos-soviético se están posicionando claramente contra las ambiciones de Putin, como seguidores de ese espíritu disidente que existe desde el imperio ruso y luego soviético. “Muchos se han visto obligados a un exilio interior”, añade Rebón. La Nobel Aleksiévich pone el acento en que el mensaje belicista ha sido aglutinador. Ulítskaya defiende la tolerancia y, en palabras de Jorge Ferrer, traductor de ruso, “está devastada ante la barbarie imperialista”.

El rumano Mircea Cartarescu, en Barcelona en 2021.
El rumano Mircea Cartarescu, en Barcelona en 2021.Joan Sánchez

Pero la batalla salta del espacio eslavo y ha alcanzado todo el universo pos-soviético, donde los escritores se posicionan con enorme inquietud ante lo que está pasando. El rumano Mircea Cartarescu, premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, asegura que estamos viviendo “tiempos apocalípticos, tiempos oscuros”. “La agresión contra nuestros cuerpos y mentes en los últimos tres años está siendo terrible y nos ha cambiado”, responde a EL PAÍS. “Nunca habíamos experimentado algo así en nuestras vidas. Solo conocíamos este tipo de miedo, desesperación, dolor y horror en los libros de historia y las novelas pero ahora estamos en mitad del infierno. La pandemia seguida de esta locura de guerra es más de lo que podemos soportar”.

Tras las muertes, aislamientos y depresiones por la covid, la guerra contra Ucrania “es un trauma para la humanidad, una desgracia, un acto hooligan y cínico de un asesino en serie”. “Es como si alguien alcanzara a una mujer en una estación de metro abarrotada y empezara a cortarla a navajazos, a hacer cosas terribles y nadie pudiera reaccionar porque el agresor grita que tiene un chaleco suicida y va a matar a todo el mundo. Y sigue y sigue molestando a la víctima en frente de la policía y de todos nosotros. Mientras asistimos al crimen sentimos que nuestros cerebros se queman de vergüenza y de un miedo impotente. Y entonces no hay solo una víctima, sino que todos somos víctimas, todos abusados, heridos y desposeídos de humanidad”.

—¿Y qué ha cambiado para usted como escritor? ¿Siente la literatura como un campo de batalla contra la guerra?

—Ser un escritor en estos tiempos siniestros es sentirse responsable de todo lo que ocurre. Es tomar el peso de la humanidad en tus hombros, con su belleza y su horror. El trabajo del escritor es empatía. Hay que gritar con la víctima. Debes mirar el futuro y enseñar a la gente el infierno al que se enfrenta. Y aunque no puedas evitar el crimen, al menos puedes alzar la voz contra él, condenarlo frente a la gente. Los escritores rusos deberían sentir esta responsabilidad ahora mismo y dejar de apoyar la política del Kremlin. Y todo escritor en la comunidad internacional debería acompañarles con su voz, llamar al fin de esta guerra antes de que explote el chaleco suicida.

Ulítskaya así lo ha hecho. La autora calificó ayer en Las Palmas a Putin de “hooligan, una persona de pocos talentos, poca gracia y poca humanidad, como un gamberro en una calle de barrio bajo por la noche” al que ve capaz de apretar el botón nuclear aunque, por fortuna, hay muchos entre la bomba y él que pueden pararle los pies. Explicó su salida en febrero de Rusia al estallar la guerra y se dijo convencida de “la tercera guerra mundial ha empezado”, dijo ante los periodistas de agencias reunidos en el Foro Formentor, tal y como recogió Efe.

En su discurso de aceptación del premio, la autora rusa recordó anoche que hasta Dostoievski estaba censurado en su infancia, era un autor bajo sospecha. Los libros se leían clandestinamente y cuando al fin se permitieron después de 1990 no despertaron interés. Archipiélago Gulag, del proscrito Alexandr Solzhenitsyn, no encontró lectores como había hecho en Occidente. “El libro no ha sido leído”, sostiene Ulítskaya, “porque, pocos años después del derrumbe soviético, el pueblo votó claramente por un personaje formado en las viejas tradiciones del KGB. De ahí crecen las raíces del estalinismo que renace en nuestro país”. “Hoy”, concluye, en Rusia “no se detiene a nadie por un libro”.

Tatiana Tibuleac, autora de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Impedimenta), habla estos días del miedo que se respira en su país, Moldavia, a ser el siguiente después de Ucrania. Y también reconoce que la guerra la ha cambiado como escritora. “Esta guerra de la que cada vez hablamos más como si hubiera pasado, como si la gente hubiera dejado de morir, está cambiando todo, es un cáncer en progresión. Para mí, el cambio es doloroso y destructivo porque me ha hecho revisar cosas que durante años consideraba parte de mí: la lengua rusa y su literatura. Ahora encuentro cada vez más difícil separar, como debería, la cultura de la política, el arte de la muerte. El odio es el sentimiento más accesible y me temo que estoy abusando de él”.

—¿Y es la cultura un campo de batalla?

—No tengo grandes esperanzas en la cultura. Si la cultura fuera un superpoder o una fuerza milagrosa, las guerras no habrían existido. Como humanidad usamos la cultura como droga, la glorificamos, pero desgraciadamente no aprendemos. Ningún mal es nuevo, todas las tragedias podían haberse evitado. Y me temo que de esta guerra tampoco aprenderemos.

Como concluyen muchos de ellos, el clamor no cambia la guerra, pero al menos sí las conciencias.

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Berna González Harbour

Escribe en Cultura, es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’, además de responsable de la newsletter EL PAÍS de la mañana. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora al frente de varias secciones. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.

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