Muere Bob Rafelson, figura central del Nuevo Hollywood y director de ‘El cartero siempre llama dos veces’

Habitual colaborador de Jack Nicholson, el realizador y productor ha muerto a los 89 años

Bob Rafelson fotografiado en 1987.
Bob Rafelson fotografiado en 1987.Doris Thomas (Fairfax Media via Getty Images)

Bob Rafelson, uno de los directores y productores de cine independiente más importantes de Estados Unidos, murió el sábado como conscuencia de un cáncer de pulmón en su casa de Aspen, Colorado, a los 89 años. Su fallecimiento ha sido confirmado por su segunda esposa, Gabrielle Taurek. Estuvo cuatro veces nominado al Oscar, dos de ellas en 1971 (guion y dirección) por Five Easy Pieces, una road movie sobre un pianista que consolidó a Jack Nicholson como estrella. Rafelson ganó relevancia gracias a participaciones en distintos proyectos a partir de los sesenta y fue uno de los arquitectos del llamado Nuevo Hollywood que construyó una sólida reputación de la industria cultural estadounidense de los años sesenta. Su influencia no se limita a la gran pantalla. Su trabajo también dejó huella en la televisión. Fue uno de los creadores de los Monkees, la popular serie sobre un cuarteto musical que usó a los Beatles como inspiración. La serie ganó un Emmy en 1967 y fue tan exitosa que terminó creando una carrera musical para la banda ficticia. El cantante Mike Dolenz, uno de los cuatro protagonistas de aquella producción, ha lamentado la muerte de Rafelson en sus redes sociales.

Nacido en Nueva York en 1933, Rafelson creció con un hermano en una familia judía acomodada del Upper West Side de Manhattan. Estudiaba en un colegio privado y el clan era miembro de un club de campo privado. Su padre era dueño de una fábrica de sombreros. Desde muy joven, Rafelson dejó claro que no seguiría el camino que su familia le tenía preparado. Ese gesto de rebeldía marcaría para siempre su trayectoria y la mayoría de los proyectos que produjo, no solo en la costa Este, sino también en Los Ángeles, adonde se mudó en 1962 para fundar una empresa productora.

Una de las figuras más influyentes en su formación temprana fue su tío Samson Raphaelson, guionista de las comedias del legendario Ernst Lubitsch. Se interesó en el cine desde muy joven. Creció viendo unas cuatro películas al día mientras vivió en la gran manzana. Años después, se enroló en el Ejército y fue enviado a Japón, donde fue locutor en un programa de radio para los soldados. En Tokio, el estudio Sochiku lo contrató para que tradujera el cine nipón al inglés.

Fue el amor por el cine lo que lo llevó a entrar a la industria. El periodista Peter Biskind asegura que Rafelson y uno de sus mejores amigos, Bert Schneider, un ejecutivo televisivo de Columbia, quedaban frecuentemente a comer en Nueva York y hablar de cine. Rafelson quería saber por qué Estados Unidos no había producido un sistema en la industria que pudiera competir con las famosas producciones que se fabricaban en Europa gracias a la nouvelle vague francesa, al neorrealismo italiano y a la productora Woodfall, de Tony Richardson, que revolucionó el cine británico en los años 60.

“El problema de hacer cine no es que no contemos con gente de talento; lo que pasa es que no tenemos la gente con el talento necesario para reconocer el talento... Falta el sistema que les permita prosperar, no hay nada que estimule a los artistas”, le dijo una tarde Rafelson a Schneider en Central Park, según el ensayo de Biskind Moteros tranquilos, toros salvajes (1998). Esa charla empujó a los dos instalarse en Los Ángeles con la misión de convertirse en productores que supieran encontrar y desarrollar talentos. Ambos fundaron Raybert, que después se convirtió en BBS, una productora que transformó la industria.

La creación de los Monkees fue el primer éxito de la pareja de productores. El programa fue emitido por la NBC durante solo dos temporadas, 1966-1968, un tiempo suficiente para que entrara una gran cantidad de dinero en las cuentas de BBS. La experiencia de creación de un grupo de pop surgido de la nada sirvió a Rafelson para impulsar su ópera prima: la subersiva Head (1968). El director escribió la sátira de los medios y la guerra de Vietnam junto a Jack Nicholson, quien apenas iniciaba su carrera. La película fue un fracaso en la taquilla.

El éxito llegaría al año siguiente gracias a Easy Rider (1969), protagonizada y dirigida por Dennis Hopper y Peter Fonda y producida por Raybert. La road movie de dos moteros abanderó el Nuevo Hollywood y de paso consiguió a sus productores un pacto con Columbia Pictures para rodar seis cintas. Schneider y Rafelson controlarían los cortes finales de las películas, todo un privilegio. Schneider, quien tenía el pelo corto y no consumía drogas, era el cerebro para los negocios. Rafelson controlaba la parte creativa. Mucho talento pasó por las oficinas de BBS, algunos de ellos imantado por la marihuana que tenía Rafelson, según Biskind. A Easy Rider siguió Five Easy Pieces, estrenada en 1970 y donde Bruce Dern se sumó a Jack Nicholson, que sería uno de los más cercanos colaboradores del director durante 40 años.

Los productores completaron ocho proyectos en siete años de existencia. Su impronta dejó la sensación de que en Hollywood se podían hacer las cosas de otra manera, como el propio Rafelson se lo había sugerido a su socio en Central Park años antes. Su determinación fue clave para que otro gran nombre del Nuevo Hollywood despegara en su carrera, Peter Bogdanovich. Rafelson había visto su primera película, El héroe anda suelto, que le pareció “una mierda”, pero vio en ella talento. Bert Schneider no quería trabajar con Bogdanovich porque le parecía un tipo aburrido que no proyectaba la imagen contracultural de la productora, pero Bob se empeñó. Así nació La última película, para la que pusieron 75.000 dólares y que consiguió ocho nominaciones al Oscar.

Jack Nicholson y Jessica Lange en 'El cartero siempre llama dos veces'.
Jack Nicholson y Jessica Lange en 'El cartero siempre llama dos veces'.

“Por muchos años reprimí mis ambiciones de ser director porque tenía esta idea de que tenía que ser un genio para dirigir películas. Para vencer mis miedos de dirigir, fue necesario que aprendiera un poco”, dijo Rafelson a Los Ángeles Times en 1986.

En 1981, Rafelson dirigió El cartero siempre llama dos veces, con el guion original de David Mamet y, de nuevo, con Nicholson como protagonista. El filme supuso además el relanzamiento de la carrera de Jessica Lange, de capa caída desde su impactante debut en King Kong. En esa década, el director vivió uno de sus peores momentos de su trayectoria, después de haber golpeado a un ejecutivo de Fox en la mandíbula, por lo que fue despedido de una producción protagonizada por Robert Redford. En total, dirigió 10 largometrajes como el policiaco El caso de la viuda negra o el filme de aventuras sobre la búsqueda de las fuentes del Nilo Las montañas de la luna.

“Prefiero hacer otras cosas con mi vida que quedarme en Hollywood. También hay otras razones y es que mis películas, en su mayoría, son producciones independientes y es muy difícil encontrar financiación. No me importaría que los grandes estudios me encargaran proyectos, pero no lo logro, quizá porque soy un poco problemático”, confesaba en el festival de San Sebastián, que inauguró en 1996, para explicar su escasa producción como director y el hecho de que estuviera casi siempre por debajo del radar. Allí presentó Blood and Wine, un thriller de nuevo con Nicholson delante de las cámaras y con sus grandes temas presentes: el hombre americano, los condicionantes sociales y de familia, el deseo.

Su última película fue No Good Deed (Un motivo aparente, 2002) un neo noir basado en un relato corto de Dashiell Hammett. Pero Rafelson ya había demostrado hace muchos años junto a sus socios que otro Hollywood era posible.

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Sobre la firma

Luis Pablo Beauregard

Es uno de los corresponsales de EL PAÍS en EE UU, donde cubre migración, cambio climático, cultura y política. Antes se desempeñó como redactor jefe del diario en la redacción de Ciudad de México, de donde es originario. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana y el Máster de Periodismo de EL PAÍS. Vive en Los Ángeles, California.

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