Pío XII, un papa entre la santidad y Hitler

La publicación de una parte del archivo vaticano del periodo nazi, ordenada por Francisco esta semana, y un nuevo libro reabren el debate sobre el polémico silencio de un pontífice que negoció con el Tercer Reich y no condenó el Holocausto

Eugenio Pacelli, el futuro Pío XII, durante una visita a Berlín como secretario de Estado vaticano, en 1929.
Eugenio Pacelli, el futuro Pío XII, durante una visita a Berlín como secretario de Estado vaticano, en 1929.Keystone (Getty Images)

La legendaria diplomacia vaticana ha edificado su relato oficial sobre una historia de austeridad en el lenguaje y una cierta ambigüedad que permitiese tender puentes en situaciones complicadas. Los silencios de un Papa en momentos de conflicto son una norma en la historia del Vaticano que asoma incluso en el momento actual. La versión menos benévola hablaría también de una ilusión de neutralidad interesada para desplegar una exitosa estrategia de supervivencia de 2.000 años. El caso de Pío XII, apodado por algunos el Papa de Hitler y considerado por otros un santo que hizo todo lo que pudo en el endiablado momento que le tocó vivir, es el mejor ejemplo. La publicación online de los archivos secretos del Vaticano relativos a ese periodo, ordenada por el Papa esta semana, y la aparición de un nuevo libro del historiador David I. Kertzer reabren ahora el debate sobre su silencio durante los horrores del nazismo.

Un Papa en guerra, que se editará en España a finales de año y es ya un bestseller en EE UU, no ha entusiasmado a la Santa Sede. L’Osservatore romano, su diario oficial, publicó una página completa esta semana asegurando que las novedades que Kertzer presenta, especialmente una larga y secreta negociación entre Hitler y Pío XII para alcanzar un acuerdo de no agresión, eran ya conocidas. “La reacción del Vaticano ha sido negativa, por desgracia. También hace dos años, cuando publiqué la primera pieza sobre los archivos. Representan de modo erróneo lo que yo digo. No es verdad, por ejemplo, que estuviera contado o se conociese la negociación entre Hitler y el príncipe. Encontré actas de cosas increíbles, nunca conocidas. Es triste que no puedan afrontar esta historia y solo sepan negarla. Nada ha cambiado, pero esperaba del papa Francisco otro acercamiento a este tema. No le interesa. Tiene otras batallas que le mantienen ocupado”, apunta Kertzer al teléfono.

El Vaticano, en la misma línea defensiva, ha publicado esta semana de forma online una parte de los archivos del periodo de Pío XII —que ya se abrieron hace dos años— que pretenden demostrar que sí ayudó a judíos durante su pontificado. Hay casi 2.700 peticiones de ayuda entre 1939 y 1948 de familias y grupos judíos, muchos de ellos bautizados católicos, que forman parte de los 170 volúmenes de los archivos reservados del pontificado de Pío XII.

Los nuevos documentos, unos 40.000 archivos digitales, atestiguan como “entre los pasillos de la institución al servicio del Pontífice se trabajaba sin parar para ayudar a los judíos de forma concreta”, aseguró el jueves el secretario para las Relaciones con los Estados, Paul Richard Gallagher, ministro de Exteriores de la Santa Sede. Se pierde el rastro de la correspondencia que se mantuvo. Pero muchos de ellos —la mayoría fueron judíos convertidos al catolicismo— sobrevivieron y la Santa Sede da a entender que fue por la intervención vaticana.

Partisanos católicos durante la liberación de Roma, el 4 de junio de 1944, con una imagen del papa Pío XII.
Partisanos católicos durante la liberación de Roma, el 4 de junio de 1944, con una imagen del papa Pío XII.Archivio Cicconi (Getty Images)

Eugenio Pacelli llegó al papado después de haber sido el secretario de Estado de Pío XI, un pontífice incómodo para el fascismo y temido por Hitler. En los últimos años de su predecesor se publicaron distintos artículos en el Osservatore romano criticando la persecución de los católicos por el nazismo y sembró la discordia en Alemania, donde un tercio del Tercer Reich pertenecía a esa confesión. Y poco antes de morir, recuerda Kertzer en el libro, estaba dispuesto a denunciar también públicamente la alianza entre los dictadores italianos y alemán. Pero Pío XII, que recibió un telegrama de Hitler cuando fue nombrado el 2 de marzo de 1939 felicitándole, quiso poner fin a esas tensiones desde el comienzo. Dio orden de terminar con los artículos críticos y de comenzar un proceso de desescalada que encontraría su apogeo con la negociación que Hitler mantuvo con el Papa a través de un enviado, justo cuando tenía ya listos los planes para invadir Polonia.

El elegido fue un tipo con un inmejorable pedigrí: el príncipe Philipp von Hessen, yerno del rey Vittorio Emanuele III y nieto del emperador Federico III. “La mitad de los ciudadanos del Tercer Reich eran católicos. El Papa tenía mucha influencia en Alemania, pero también en Polonia o Checoslovaquia, que formaban parte ya de ese territorio político. Lo que quería entonces el Papa era un trato mejor a la Iglesia en todas esas tierras. Hitler veía dos problemas en un acuerdo. Primero la política racial, pero eso para el Papa no era un problema: nunca dijo que fuera un obstáculo. Y el segundo era la implicación del clero alemán en la política, la crítica por parte del clero de la política nazi. El Papa dijo que el clero que no se inmiscuiría. ‘Dígame casos y puedo frenarlos’, le transmitió”, asegura Kertzer.

Las leyes raciales en Italia, promulgadas por Mussolini en 1938, habían ya echado a andar. Y El Vaticano no se había hecho oír en ese sentido. Tampoco lo hizo Pacelli públicamente cuando el 16 de octubre de 1943 el Ejército de ocupación nazi se llevó a 1.038 judíos del gueto de Roma al campo de exterminio de Auschwitz, pese a que antes de deportarlos estuvieron presos durante 30 horas en el Palazzo Salviati, a medio kilómetro del Vaticano. ”Hay que entender que las leyes raciales funcionaban desde antes de la guerra. Y se justificaban, en parte, diciendo que hacían lo que habían hecho los papas durante siglos para evitar el contagio de los judíos. Los nazis usaron luego esa justificación durante años. Y en la Shoah, quienes asesinaban a pequeños judíos, eran cristianos. No eran paganos. Por eso el Papa tenía una responsabilidad para hablar claro”, critica Kertzel.

Pío XII nunca fue filonazi. Todo lo contrario. Consideraba que el nazismo era un movimiento político de raíz pagana y que maltrataba a los católicos. Tampoco fue El Papa de Hitler que pintó John Cornwell en su libro de 1999. Pero nunca habló claro en este tema para no ofender al genocida alemán, insiste Kertzer. “Con las leyes raciales no protestó porque no era contrario a ellas. Él no quería que hubiera aquel exterminio, por supuesto. Pero tampoco lo denunció, porque era tomar parte en la guerra. El Vaticano poseía en otoño de 1942 gran cantidad de información de los asesinatos en masa, como sabemos ahora por sus archivos. Pero cuando Roosevelt le preguntó en esas fechas al Papa si tenía alguna confirmación, decidieron que hubiera sido darle instrumentos para hacer propaganda contra Hitler. Y no querían. Como historiador entiendo su lógica. Pero presentar a este Papa como un líder moral es incompatible con aquel comportamiento”.

El relato histórico sobre Pío XII es tan ambiguo como su gestión en este asunto. Las críticas contra su postura llegaron en gran medida desde la propaganda rusa. Pero también desde filósofos como Emmanuel Mounier, como recordaba hace algún tiempo en un excelente artículo el historiador y exdirector de L’Osservatore Romano, Giovanni Maria Vian. Muchos insisten en que Pío XII ayudó a tantos judíos como pudo promoviendo su acogida en distintos recintos católicos, como el historiador Enzo Forcella en La resistencia en el convento (Einaudi, 1999). También sabemos ahora, gracias a la publicación onlline del archivo, que la Secretaría de Estado destinó a un diplomático, Angelo Dell’Acqua, para ocuparse de estas peticiones que llegaban desde toda Europa con el objetivo de “dar toda la ayuda posible”. Pero su silencio fue demasiado atronador.

El papa Pío XII recibe en audiencia a una delegación de militares franquistas en junio de 1939.
El papa Pío XII recibe en audiencia a una delegación de militares franquistas en junio de 1939.

Benedicto XVI frenó su beatificación, además de pedir que se esperase a la apertura de los archivos para avanzar en ese proceso, dejándolo en un simple “venerable”. La Iglesia, durante el pontificado de Juan Pablo II, emitió una reflexión sobre el Holocausto en 1998 que tituló Nosotros recordamos. Pero la denuncia histórica, especialmente por parte del mundo hebreo, subrayó la falta de una autocrítica clara y sin apostillas. El silencio de Pío XII fue retratado en abundantes obras, como El Vicario (Grijalbo, 1977), de Rolf Hochhuth. Hannah Arendt la reseñó en su ensayo de 1964 El vicario: ¿Culpable por su silencio? (Paidos, 2007); y Costa Gavras la utilizó para rodar Amén (2002).

Kertzer cree que el problema tiene raíces profundas. “Después de Juan XXIII no hay ningún cambio en estos enfoques. Nosotros recordamos fue una negación total de la historia del antisemitismo de la Iglesia, del antisemitismo moderno. Y del hecho de que los nazis y los fascistas la usasen para justificar lo que hicieron. Es una historia incómoda que algunos, como el episcopado alemán o francés, sí han afrontado. Y para mí tiene que ver con una negación más amplia de la historia de la II Guerra Mundial. Italia misma no afronta su historia. Tengo la impresión de que los italianos piensan que fueron parte de los aliados de la II Guerra Mundial, y no de Hitler. No hay ni siquiera un instituto de historia del fascismo. Y la curia en esa época era toda italiana”, apunta.

El estilo del Vaticano nunca han sido las condenas públicas solemnes a un bando u otro en determinados conflictos. Tampoco hoy es fácil encontrarlas, como muchos sectores han criticado a Francisco. “Los invasores esta vez no son católicos, aunque utilicen la iglesia cristiana para justificar la invasión. Pero lo que es peligroso es cuando el Papa señala a la OTAN como corresponsable de la guerra. En Rusia, donde los medios están controlados por el Gobierno, le citan ya para decir que apoya la guerra. Como Pío XII, ha querido decir cosas que los dos lados podían citar. Es fácil acabar siendo objeto de propaganda”. La apertura futura de los archivos del periodo actual, quién sabe, quizá aporte también todos los datos sobre este momento.

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Daniel Verdú

Nació en Barcelona en 1980. Aprendió el oficio en la sección de Local de Madrid de El País. Pasó por las áreas de Cultura y Reportajes, desde donde fue también enviado a diversos atentados islamistas en Francia o a Fukushima. Hoy es corresponsal en Roma y el Vaticano. Cada lunes firma una columna sobre los ritos del 'calcio'.

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