Crítica | Malmkrog
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

‘Malmkrog’, experiencia vibrante o inolvidable suplicio

Basada en ‘Los tres diálogos y el relato del Anticristo’, ensayo de finales del siglo XIX, dura tres horas y veinte minutos en los que sus personajes apenas paran de hablar sobre los temas más profundos con un ritmo monocorde

Imagen de 'Malmkrog', dirigida por Cristi Puiu. En el vídeo, tráiler de la película.

El cine riguroso, denso y monumental del rumano Cristi Puiu tiene una nueva cima en cuestión de dificultad y de obsesivo requerimiento para el espectador. Aún mayor que los 173 minutos de Sieranevada (2016), donde en el reducido escenario de un piso de clase media se tocaban a velocidad de vértigo todos los temas posibles sobre la sociedad rumana (y mundial) contemporánea. Y que los 181 minutos de Aurora, un asesino muy común (2010), severísimo retrato de la angustia de un hombre que deambula por un Bucarest entre la ira y el tedio, sin matiz psicologista alguno ni asidero argumental o emocional al que agarrarse. Puiu no tiene piedad y no conoce palabras como prudencia, entretenimiento o mesura. Su cine es una piedra que hay que sostener con singular denuedo. El que lo logre, obtendrá sus frutos. Pocos lo harán.

Malmkrog, basada en Los tres diálogos y el relato del Anticristo, ensayo del filósofo de finales del siglo XIX Vladímir Soloviov, dura tres horas y veinte minutos en los que su puñado de personajes apenas para de hablar sobre los temas más profundos con un exacto ritmo monocorde presidido por la calma, pese a la disparidad de criterios. Un terrateniente, un político, una condesa y un general del ejército y su esposa, charlan con afectación máxima en una mansión solitaria de Transilvania, junto a sus criados, acerca de temas nada baladís: el bien y el mal, así, casi con mayúsculas, como esencia, y de ahí, pormenorizando, de geopolítica internacional, de la existencia de Dios, del egoísmo y el altruismo, de amos y criados, de poder y sumisión, de ascetismo y de la deformación del cristianismo auténtico.

Eternas disquisiciones rodadas por Puiu en planos alargadísimos en el tiempo, de minutos y minutos, no pocas veces con el personaje que habla filmado de espaldas (o fuera de campo), mientras los que escuchan, ensimismados pasmarotes alineados con solidez estética a partir de la frontalidad en diferentes profundidades dentro del encuadre, ejercen de trasuntos de los espectadores en sus butacas, que bien pueden estar revolviéndose ante la complejísima apuesta que están viviendo o adentrarse en su tono y en su estilo como un habitante más de la casa.

Película enclaustrada, como Sieranevada, en los márgenes de una morada y de las líneas argumentativas de sus ocupantes, aunque con una puesta en escena radicalmente distinta, pues allí reinaba el brío y aquí la pausa, Malmkrog es una obra, como todas las de Puiu —incluida la mejor de ellas: La muerte del señor Lazarescu—, acerca de la moral de las civilizaciones, aunque, apuntando aún más en su base, sobre la filosofía de la religión. Así dicho, suena profundo y gigantesco y en realidad lo es. También de una exigencia máxima, porque no hay resquicios, salvo una sutilísima sorpresa narrativa. Por si alguien quiere compararla: nada que ver con la trascendental sencillez de Antón Chéjov; tampoco con títulos de autores como Ingmar Bergman y Andréi Tarkovski, que pueden parecer semejantes en sus construcciones interior y exterior. Triunfadora en el festival de Sevilla, Malmkrog, más que una invitación al deleite, es una carta de presentación hacia el desconcierto. Un reto que cada cual advertirá como una experiencia vibrante o como un inolvidable suplicio.

MALMKROG

Dirección: Cristi Puiu.

Intérpretes: Agathe Bosch, Ugo Broussot, Marina Palii, Frédéric Schulz-Richard.

Género: drama. Rumanía, 2020.

Duración: 201 minutos.

 

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