La risa y el humor marcan nuevas páginas

Las novelas de Daniel Gascón y Joaquín Reyes, el ensayo de Andrés Barba o el festival Ja! en Bilbao reivindican el arte de la sátira y la carcajada

Joaquín Reyes, el pasado 15 de septiembre, en su casa de Madrid.
Joaquín Reyes, el pasado 15 de septiembre, en su casa de Madrid.Olmo Calvo

En 1985, con motivo del centenario del nacimiento de Wenceslao Fernández Flórez, Rafael Conte escribía en EL PAÍS que el autor de El bosque animado “cometió el profundo error de ser un humorista en un país que suele rechazar el humor, en beneficio del chiste y el sarcasmo”. Aunque como advertía el crítico literario Conte, en una sentencia que el tiempo ha corroborado, “el humorista debe hacerse perdonar, por encima de todo”, y a pesar de su entrecortada historia, la literatura satírica y de humor en España parece atravesar ahora un cierto auge pospandémico con títulos de Joaquín Reyes, Daniel Gascón y Andrés Barba, y festivales como Ja!, en Bilbao del 1 al 10 de octubre, dedicado a este tema .

En La muerte del hipster (Literatura Random House), de Daniel Gascón, la pandemia llega a un pueblo turolense y pone patas arriba la vida cotidiana de sus habitantes. El protagonista, un exurbanita convertido en alcalde, se ve envuelto en debates sobre medidas preventivas, épica oratoria, teorías de la conspiración, artículos científicos con revisión por pares y debates sobre gestión sanitaria. Pero, reducido a los confines de una localidad donde la cobertura de la red móvil va por calles, la épica pandémica se topa con un discurso inesperado: el de lo cómico. “A veces el humor nos ayuda a desdramatizar”, explica Daniel Gascón, que en esta novela ha retomado los personajes y el escenario de Un hipster en la España vacía (Literatura Random House, 2020). “El humor consiste en ver una misma cosa desde dos puntos diferentes para apreciar mejor su forma. Ese descuadre muestra algo que no se puede ver desde un solo registro. Y también hay algo liberador en emplear la imaginación humorística para darle una vuelta a lo que te preocupa”.

El humor entendido como vuelta de tuerca necesaria también está en los cimientos de Subidón (Blackie Books), el título con que el humorista, actor y guionista Joaquín Reyes —parte del equipo fundacional de los espacios de culto Muchachada Nui y La Hora Chanante— se estrena en la narrativa de largo recorrido tras incursiones en el columnismo, el relato corto o el guion. “Necesitamos humor porque nos ayuda a evadirnos”, explica Reyes. “En situaciones de crisis, la gente demanda humor. Estamos viviendo una muy buena época para la comedia”.

En Subidón, Reyes imagina la historia de un cómico que oscila entre el éxito profesional y la crisis existencial. Hay chistes y afiladísimos dardos, pero no es una recopilación de ocurrencias. “Utilizar el humor es algo que casi me viene dado, es mi forma de contar la historia, pero creo que etiquetar este libro como una novela de humor es reducirlo, porque todavía hay ciertos prejuicios, como si con el humor no se pudieran contar cosas importantes”, desarrolla. “Hay muchas novelas, hasta el Quijote, que utilizan el humor, y no las clasificamos como tales. El humor es la manera de contar una historia, pero lo que importa es la historia”.

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Reyes confiesa que, para llegar al texto final, ha tenido que renunciar a la acumulación de chistes. Puede sonar paradójico, pero reír con una novela a veces exige no reír más de la cuenta. “Tuve que rebajar el tono, porque no quería una astracanada que impusiera distancia al lector”, apunta. El universo del humorista está ahí: los guiños generacionales, el lenguaje surrealista, el costumbrismo rural, incluso algunas de las coletillas que remiten a sus personajes más célebres. Pero, a diferencia de un sketch televisivo, la novela retira un poco la máscara y cuenta, paradójicamente, lo poco cómica que puede resultar la vida diaria de un cómico.

Tradición literaria humorística

Reyes se sitúa en una tradición literaria que el sector editorial español no ha explotado en exceso en los últimos años. “Nosotros tenemos más prejuicios que los anglosajones”, explica aludiendo a figuras como el británico P. G. Wodehouse o Eduardo Mendoza, autores que han elevado el humor a los umbrales del prestigio literario, un camino que no siempre resulta sencillo. En la literatura escrita en España, el humor permea desde la picaresca áurea hasta la narrativa didáctica dieciochesca, y de ahí a la novela popular y galante que, como recuerda la exposición Cuestión de ambiente (CentroCentro, Madrid), convivía en las librerías de los años veinte con los experimentos de la vanguardia. Hay humor en Paisajes después de la batalla (1982), de Juan Goytisolo, en la trilogía satírica (1991-1999) de Terenci Moix, en las memorias del cómico Ignatius Farray —su segunda entrega, El bicho que se devora a sí mismo, se publica el próximo octubre— y en los cuentos de Quim Monzó que se estudian a diario en las escuelas de escritura creativa.

También la obra de Jardiel Poncela sigue siendo objeto de una recuperación crítica que, como sucede en el género, se enfrenta a un doble escollo. Por un lado, las asperezas ideológicas. Por otro, el tópico que asocia el humor a las compilaciones apresuradas de chistes y ocurrencias condenadas a caducar cuando la fama (televisiva, teatral) de sus autores decae. Pero eso, subrayan los interpelados, es otra cosa. “Como lector, siempre he disfrutado mucho de las novelas de humor”, añade Gascón, que incorpora al listado los nombres de Tom Sharpe, Woody Allen o el David Trueba de Abierto toda la noche. “Lo importante es que haya un esfuerzo literario, aunque sea en el género de la risa”.

Gascón menciona, como ventajas del registro cómico, la polifonía de voces que enriquece la narración, o el concepto de micromundo que le llevó a continuar la saga inaugurada en su anterior novela. “Un día pensé que este pueblo de Teruel, La Cañada, era como la aldea gala de Astérix: un lugar invariable donde todo podía suceder”. Cuando la pandemia irrumpió en la actualidad, también lo hizo en el escenario que había querido mantener alejado del mundo. El resultado es una novela donde la sátira fluye con elegancia y, como explica el autor, conforma “un espejo expresionista que deforma la cultura y la política española de ahora”. De nuevo, el cambio de perspectiva que permite entender todo mejor.

Al novelista y ensayista Andrés Barba, 2021 le ha traído la reedición de La risa caníbal. Humor, pensamiento cínico y poder (Alpha Decay), el ensayo que publicó por primera vez en 2016 y que ahora llega en una edición revisada y ampliada. Al fin y al cabo, en la última década el humor, además de como lenguaje para abordar la realidad, se ha consolidado como un tema en sí mismo.

Barba ha centrado sus nuevas aportaciones en dos cuestiones candentes. Por un lado, “la irrupción del humor feminista de forma global”, apunta. Por otro, “la judicialización del humor, con la aparición de la posverdad como concepto dialéctico”. Barba advierte, entre otros fenómenos, lo que denomina como “una transferencia del mundo de lo humorístico a la política. Ahora los políticos adoptan poses y actitudes dialécticas propias de un humorista,lo que les permite decir cosas que no piensan o confrontar hechos obvios con sus propias afirmaciones”, añade.

Las sátiras sobre el fascismo no eran nuevas en 1990: Chaplin se atrevió a rodar 'El gran dictador' en 1940, cuando Adolf Hitler llevaba años en el Gobierno alemán.
Las sátiras sobre el fascismo no eran nuevas en 1990: Chaplin se atrevió a rodar 'El gran dictador' en 1940, cuando Adolf Hitler llevaba años en el Gobierno alemán.

El libro de Barba se abre con la escena de Charles Chaplin riendo a carcajada limpia en una proyección de El triunfo de la voluntad, la película pretendidamente heroica que Leni Riefenstahl produjo a instancias de Adolf Hitler, y que sería el germen de El gran dictador. A partir de ahí, las reflexiones sobre la ética y la estética del chiste, el lenguaje corporal de los grandes de la comedia, la perturbadora magia de la ventriloquia o la relación entre humor y religión van desgranando una serie de lecciones que permiten entender el humor como un fenómeno cultural y social complejo que, paradójicamente, no se puede despachar de un plumazo (ni de un chiste).

El humor hoy y siempre sigue siendo asunto de debate. “Antes nos preguntábamos mucho por los límites del humor, que es un tema del que ya no se habla. Hemos dado esa pregunta por respondida, ya que es irresoluble: el humor está en el límite”, explica el autor. Ahora que abundan las causas judiciales, las acusaciones de ofensa y los humoristas en el banquillo, Barba apunta una clave de interpretación: “Cuanto más descontextualizado es el ataque a un humorista, más politizado está. El humor es puro contexto, y hemos tardado en comprenderlo. El mismo chiste es legitimador u ofensivo en función de quién lo cuente. Un chiste machista contado por una feminista es subversivo. La única manera de juzgar el humor no es por su contenido, sino por su lugar social”.

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