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Cercanías
Tribuna
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Trenes rigurosamente colapsados

A los problemas de infrafinanciación pública estatal regionalizada para Cataluña se les suma el desinterés de los Gobiernos independentistas por cuestiones como las infraestructuras

Pasajeros en la Estación de Sants de Barcelona tras una decena de cancelaciones de trenes a causa de una huelga convocada en Renfe y Adif en las líneas de Rodalies R2 Sur y R2 Norte.
Xavier Vidal-Folch

Los trenes de las Rodalies (cercanías) catalanas incrementan su colapso, en vez de disminuirlo. Unos se suspenden sin previo aviso. Uno de cada cuatro (65 sobre 272) está inutilizado. Las incidencias mecánicas aumentan. Las quejas se multiplican 2,5 veces desde 2017. Y 109 de los 264 ascensores y escaleras mecánicas están inservibles. Las colas, retrasos y caos para los horarios de los ciudadanos provocan un malestar mayúsculo y una crisis política: el Parlament acaba de pedir la dimisión de la consellera, Sílvia Paneque.

La responsabilidad del caso la trasciende, lleva siete meses en el cargo. Las líneas son antiguas. La R-1, Barcelona-Mataró y para el Norte es la pionera en la península: en 1848 se cubría en 36 minutos; menos que hoy. La R.3, a Vic y Francia, es de los años 70 (del siglo XIX). Las reformas han ido por atrás de las necesidades.

Motivo: la crónica falta de inversión pública estatal (regionalizable) en Cataluña, quizá el dato más grave de infrafinanciación de la autonomía. Incluso cuando el presupuesto estatal la recupera en previsiones destinadas a todos los ámbitos (¡el privilegio¡, protestan algunos), su aplicación se desmaya. En 2021 llegó al escándalo: 35′6% de inversión ejecutada, por el 183% en Madrid. En el sexenio 2018-2023, el promedio fue del 52,2%, la mitad de lo previsto. Y la inversión ferroviaria —atención: la proyectada, no la desembolsada— entre 2015 e inicio de 2022 alcanzó el 35,1% español, por el 45,8% de Madrid (datos de ACN).

A la infrafinanciación central se le sumó el desinterés de los Governs indepes (aparte del último, encabezado por Pere Aragonés) por las cosas tangibles, como las infraestructuras, salvo si eran palanca de agitación por agravios. Paradigma del escapismo fue la renuncia en 2.021 a la multimillonaria ampliación del aeropuerto del Prat-Josep Tarradellas (1.700 millones en el plan inversor de AENA), con discutible coartada ecológica. Ahora está en expectativa de reenderezarse.

Tras la sequía inversora, un cierto diluvio inversor: se están efectuando 200 actuaciones modernizadoras simultáneamente: catenarias nuevas, señalización, supresión de pasos a nivel, duplicación de vías, nuevos ramales. Obviamente, en una red tan densa, algunas contribuyen a las distorsiones. A aumentar las incidencias que levantan un justificado clamor popular.

Hay luz al final del túnel: en enero de 2026 empezarán a entregarse los nuevos 72 trenes para Rodalies, de los 110 encargados por Renfe. Mientras, se va culminando el traspaso a la Generalitat, una vieja reivindicación. Que acaba de pactar con la ferroviaria y ADIF mejoras en la información y los mecanismos de la transición, una oficina técnica de proximidad para controlar el proceso… Pero las llamadas a la paciencia no bastan. A nadie se le ha ocurrido un paliativo de urgencia, como la creación de una tupida red sustitutiva, provisional, de autobuses movilizables al minuto de cada incidencia. Con pocos recursos bajaría la tensión. Eso sí entraría en las competencias de la discutida consellera Paneque. Pero hay que pensarlo.

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