UNIVERSOS PARALELOS
Columna
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Aquella gramola que alimentó monstruos

Un disco recoge una muestra de la música que sonaba en la tienda londinense de Malcolm McLaren y Vivienne Westwood

Vivienne Westwood, Jordan, Chrissie Hynde, Alan Jones y Steve Jones de los Sex Pistols.
Vivienne Westwood, Jordan, Chrissie Hynde, Alan Jones y Steve Jones de los Sex Pistols.David Dagley/Rex

Aquel jukebox ha adquirido dimensiones míticas. Allí mismo pasó John Lydon la prueba para convertirse en vocalista de los Sex Pistols: un playback sobre I’m Eighteen, el tema de Alice Cooper. De esa máquina de discos se extrajo parte del repertorio de los primeros Pistols, The Clash, Bow Wow Wow, los New York Dolls. A su alrededor se montaron fiestas desaforadas.

Hablamos de la gramola situada en la tienda de Vivienne Westwood y Malcolm McLaren, en el número 430 de la King’s Road londinense. La boutique de la pareja llevó diferentes nombres —Let It Rock, Too Fast To Live Too Young To Die, Seditionaries, Worlds End— pero es recordada esencialmente por el que tuvo entre 1974 y 1976, cuando fue plataforma de lanzamiento para la estética punk: SEX, en capitulares.

En verdad, la sinfonola era una herencia de los anteriores inquilinos del local, Paradise Garage. Un añadido inteligente: la música funcionaba como imán para paseantes, en contraste con otros establecimientos de King’s Road que mostraban hostilidad ante los posibles clientes que no dieran la talla en estilo, belleza o cartera. Como Paradise Garage vendía ropa estadounidense de segunda mano, onda años cincuenta, allí sonaban paladines del rock & roll. Paulatinamente, McLaren fue incorporando a sus imitadores británicos, de Dave Berry a Billy Fury. Una biografía truculenta garantizaba hueco: por ejemplo, las producciones de Joe Meek, un ingenioso chapucero que se suicidó después de asesinar a su casera.

Se sumaron a la gramola discos de clientes como los Flamin’ Groovies o los Stooges, aunque McLaren asegura (pero no vamos a creerle) que echó de la tienda a Iggy Pop, “parecía un hippy”. La oferta se fue ampliando con lo que hoy llamaríamos rock de garaje de los años sesenta, de los Sonics a los Troggs. Según Chrissie Hynde, una habitual de SEX, también había joyas del soul, que seguramente le pasaron desapercibidas a McLaren, en teoría alérgico a todo lo mod.

Tienda SEX en Londres.
Tienda SEX en Londres.D. R.

Se requiere cierto esfuerzo para entender lo que significaba una selección tan ecléctica a mediados de los setenta, en una calle tan fashion. En aquellas boutiques, como en el resto de Inglaterra, dominaban los éxitos del momento, oficializados por Top of the Pops. En realidad, la banda sonora del 430 de King’s Road era una creación colectiva, al alcance de cualquiera que se rascara al bolsillo; en un ambiente eróticamente cargado, no se trataba de un gesto inocente. Servía también como fonoteca particular de los propietarios, que no eran precisamente musiqueros: Westwood insistió durante meses que el cantante de los Sex Pistols debería ser Sid Vicious, no el impertinente Johnny Rotten; Malcolm se empeñó en fichar como productor de los Pistols al desdichado Syd Barrett, ignorando todas las señales de que el antiguo Pink Floyd vivía en otra dimensión.

Felizmente para ellos, se rodearon de empleados y parroquianos bastante más informados: la citada Chrissie y su novio de entonces, el periodista Nick Kent; Marco Pirroni y otros futuros miembros de Adam & the Ants; los pistoleros Glen Matlock. Paul Cook y Steve Jones (inicialmente, muy valorado por su habilidad para robar equipo e instrumentos); el denominado Contingente de Bromley, de donde surgieron Siouxsie & the Banshees.

Y en el corazón de toda esa agitación, una preciosa rocola, fabricada por BAL-AMi, el modelo J200 de 1959. Con capacidad para 100 discos sencillos, es decir, 200 canciones. Así que el disco que se publicó el año pasado, un CD con 20 temas, resulta escandalosamente tacaño. Con todo, SEX: Too Fast To Live Too Young To Die (Stranger Than Paradise) revela algunos de los ingredientes que se colaron en el puchero de donde saldría el punk rock. Algunos, no todos: ni rastro del reggae que los punkis escuchaban de modo obsesivo ni del heavy metal que secretamente muchos intentaron tocar en sus habitaciones juveniles.

El CD también recupera algunos caprichos, propios de un lugar para enteradillos: Johnny Hallyday era ignorado en Inglaterra, pero en SEX se podía pinchar su monumental Joue pas de rock ‘n’ roll pour moi, anticipando la deriva francófila de McLaren, o The pill, canción country protofeminista donde Loretta Lynn celebraba los anticonceptivos. Y esas salidas de tiesto son lo que diferencia esta compilación de cualquier playlist algorítmica: el factor humano.

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