Literatura

El enigma Milan Kundera, el clásico huidizo

Dos libros ahondan en los misterios del maestro checo, alejado de la vida pública desde hace décadas, y en la relación que ha mantenido con su país, que esta semana le ha concedido su mayor gloria literaria, el premio Kafka

Milan Kundera, en un retrato proporcionado por su editorial en 2014.
Milan Kundera, en un retrato proporcionado por su editorial en 2014.EFE

Milan Kundera vive en el centro de París, en uno de los barrios de la ciudad, y quizá del mundo, con más concentración de periodistas, editores y personas vinculadas al mundo de las letras. A los 92 años, su salud se ha deteriorado, pero hasta no hace tanto hacía vida social. Se dejaba ver en la calle y en restaurantes, y cultivaba un círculo de amigos y conocidos amplio.

El autor de La broma, La insoportable levedad del ser y otras novelas y ensayos que son clásicos de la literatura contemporánea (publicadas por Tusquets en castellano) lo tenía todo para estar bajo los focos en la rive gauche parisiense, donde reside desde hace décadas con su inseparable Vera. Y, sin embargo, ha conseguido durante años y años escapar a la exposición pública. Hay pocas fotos recientes de él. Mantiene un control férreo sobre sus obras publicadas y traducidas. Su biografía la resume en dos frases: “Milan Kundera nació en Checoslovaquia. En 1975, se instala en Francia”. El resto no importa: cuentan los textos. No da entrevistas ni asiste a actos con cámaras y fotógrafos.

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Tampoco acudió el jueves en la Embajada de Francia en Praga, cuando fue galardonado con el prestigioso premio Franz Kafka, que antes habían merecido Philip Roth, Margaret Atwood, Peter Handke y Eduardo Mendoza, entre otros. Recibió el premio, en nombre del escritor, la traductora de su obra francesa al checo, Anna Kareninova.

Un cuarteto interpretó obras de Pavel Haas, maestro de composición del joven Kundera en su ciudad natal, Brno, y muerto en Auschwitz en 1944. Haas era el padre de su primera esposa, Olga Haas, “borrada de la novela oficial”, escribe la periodista francesa Ariane Chemin en À la recherche de Milan Kundera (En busca de Milan Kundera), uno de los libros recientes que indagan en la vida de un autor que siempre consideró que su biografía no tenía ningún interés.

La ceremonia no podía ser más kunderiana. Ahí estaba su idolatrado Kafka, “el menos comprendido de todos los grandes escritores del siglo pasado” que, como escribió, “mezcla lo grave y lo ligero, lo cómico y lo triste, el sentido y el sinsentido”. Ahí estaba la ausencia de Kundera, uno de los últimos gigantes vivos de las letras del siglo XX, un clásico huidizo. Y ahí, también, su compleja relación con el país natal —entonces Checoslovaquia, ahora República Checa, en sus novelas Bohemia y Moravia—, una relación algo más distendida aunque no del todo apaciguada.

La nostalgia impregna las últimas páginas del libro de Ariane Chemin, basado en una serie de reportajes publicados en Le Monde. “En su espíritu”, escribe, “los Kundera están en Brno, en Moravia”, aunque sigan en París.

“Los recuerdos vuelven, quizá es la nostalgia, un movimiento natural al envejecer”, dice el ensayista Christian Salmon. Antes de ser el autor de celebrados libros como Storytelling. El arte de fabricar historias y formatear las mentes (editorial Península), Salmon fue la mano derecha de Kundera en el legendario seminario de literatura que en los años ochenta impartió la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, y es un buen amigo de la familia.

“Los recuerdos vuelven, quizá es la nostalgia, un movimiento natural al envejecer”, dice Christian Salmon

El momento para la reconciliación podría ser propicio, después de décadas de desencuentros. El régimen comunista prohibió sus libros, le expulsó del partido y le espío después de la Primavera de Praga en 1968. Ayudados por sus amigos intelectuales franceses, Milan y Vera se marcharon a Francia, primero a Rennes, en Bretaña y después a la capital.

Tras la Revolución de terciopelo en 1989 y la caída del bloque comunista, las cosas no se arreglaron enseguida. Kundera, al que el antiguo régimen le había quitado la nacionalidad, ya era ciudadano de Francia y había adoptado el francés como lengua literaria. Carecía del pedigrí resistente del dramaturgo y padre de la nueva nación Vaclav Havel: él tampoco lo había buscado, pues, una vez en Francia, se sintió incómodo con la etiqueta de disidente y se consagró a la novela. Rehuía los focos y la imagen del intelectual mediático que de todo opina sin saber de nada. Si era un escritor comprometido, lo era con su arte.

“En el fondo, Kundera piensa que el arte del novelista es antagónico con el lirismo, es decir con una cierta manera de mostrarse, que hoy se ha vuelto dominante entre los autores que se venden en los medios o las redes sociales”, explica Salmon. “Él piensa que la obra pasa por delante del autor, porque el autor acaba reduciendo y simplificando la obra. No es una posición de solitario eremita, sino de retirada de la vida pública y, sobre todo, mediática. Es una especie de afirmación de una elección: el novelista debe eclipsarse detrás de la obra”.

“En el fondo, Kundera piensa que el arte del novelista es antagónico con el lirismo”

Con el tiempo, los gestos entre Kundera y la República Checa se han multiplicado. En 2007, obtuvo el premio nacional de literatura. En 2018, el primer ministro, Andrej Babiš, lo visitó en su apartamento del distrito VII de París y unos meses después el embajador le restituyó la nacionalidad. Los Kundera han donado a la ciudad de Brno su biblioteca y archivos.

La normalización, sin embargo, no se ha completado. La percepción de Kundera en la República Checa y en otros países no es idéntica, según Jan Novák, autor de Kundera: Český život a doba (Kundera: su vida y sus tiempos checos), una biografía de 900 páginas publicada en 2020. “Aquí la gente conoce su pasado. En el extranjero él pudo reescribir su biografía”, dice Novák. “Creo que es un gran escritor, pero es un personaje problemático”.

En el prólogo del libro, Novák pone en duda que la famosa alergia de Kundera al género biográfico —y su insistencia en que lo importante es la obra, no el autor— obedezca a “un postulado estético o filósofo”. Sostiene que “más bien parece estrictamente defensivo y calculado: a Kundera no le gusta revisar su vida”. Según él, oculta algo. ¿Qué?

El pasado estalinista

“Su pasado estalinista”, responde Novák. “A principios de los cincuenta era un poeta totalmente estalinista. Era un funcionario literario poderoso. Y se marchó de Checoslovaquia con la bendición del Gobierno, con parte de su biblioteca y en su coche, al contrario que la gente expulsada tras la invasión rusa de 1968. En sus primeros años en Francia, se comportaba como un buen ciudadano socialista checoslovaco”.

Novák aborda en el libro el episodio que siempre regresa cuando se discute el pasado de Kundera en la Checoslovaquia de la posguerra mundial. En 2008, la revista Respekt reveló, tras investigar en los archivos de la seguridad del Estado, un documento que daba a entender que, en 1950, el joven Kundera denunció a un opositor que acabó condenado a 22 años de prisión. Kundera rompió su silencio para negar la acusación.

Todo esto puede haber enfriado la reconciliación. Ariane Chemin, quien mantuvo contactos frecuentes con la esposa del escritor para preparar sus reportajes y el libro, explica por teléfono que hace unos años, los Kundera tuvieron el proyecto de regresar a su país, “pero ocurrió esta historia de los archivos y el artículo de Respekt, y esto impidió el regreso”. Y es así como Milan y Vera siguen en París, pero con la mente en otro lugar, su vieja patria. “Están en ninguna parte”, dice Chemin. “Es el lado trágico de esta historia”.

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