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ADELANTO

‘En los dominios del sueño’, adelanto del nuevo libro de Bill Bryson

Babelia publica un fragmento de 'El cuerpo humano', en el que el autor de 'Una breve historia de casi todo' explica el armazón que habitamos

Bill Bryson, en 2015.
Bill Bryson, en 2015.

Bill Bryson, uno de los divulgadores científicos más aclamados de los últimos tiempos, autor, entre otros, del súperventas 'Una breve historia de casi todo', publica 'El cuerpo humano. Guía para ocupantes' (RBA, a la venta el día 27 de febrero), del que Babelia publica un extracto.

‘En los dominios del sueño’, adelanto del nuevo libro de Bill Bryson

Capítulo 16. El sueño

I

Dormir es lo más misterioso que hacemos. Sabemos que es vital; solo que ignoramos exactamente por qué. No podemos decir a ciencia cierta para qué sirve el sueño, cuál es la cantidad adecuada para obtener la máxima salud y felicidad, o por qué algunas personas caen en sus brazos con facilidad mientras otras luchan perpetuamente para alcanzarlo. Le dedicamos una tercera parte de nuestra vida. En el momento de redactar estas líneas, yo tengo sesenta y seis años: en la práctica, eso significa que he estado durmiendo todo lo que llevamos de siglo XXI.

No hay ninguna parte del cuerpo que no se beneficie del sueño o no sufra por su ausencia. Si nos privan de él durante el tiempo suficiente, moriremos, aunque también constituye un misterio qué es exactamente lo que nos mata cuando no dormimos. En 1989, en un experimento que es poco probable que se repita dada su crueldad, un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago mantuvieron despiertas a 10 ratas hasta que murieron; hicieron falta entre 11 y 32 días para que el agotamiento las venciera mortalmente. Las autopsias no mostraron ninguna anormalidad que pudiera explicar su muerte: sus cuerpos simplemente se dieron por vencidos.

El sueño se ha asociado a numerosos procesos biológicos, como consolidar los recuerdos, restablecer el equilibrio hormonal, vaciar el cerebro de las neurotoxinas acumuladas y reajustar el sistema inmunitario. En un estudio se comprobó que un grupo de personas con signos iniciales de hipertensión que empezaron a dormir cada noche una hora más que antes mostraban una significativa mejora en sus lecturas de presión arterial. En suma, pues, el sueño parecería ser una especie de puesta a punto nocturna del cuerpo. Como declaraba en 2013 a la revista Nature Loren Frank, de la Universidad de California en San Francisco: «La historia que todos cuentan es que el sueño es importante para transferir recuerdos al resto del cerebro. El problema es que básicamente no hay evidencias directas de esa idea». Pero hasta ahora tampoco hemos sabido dar respuesta a la cuestión de por qué, para hacer eso, debemos vernos obligados a renunciar a la consciencia de una forma tan plena y absoluta. No es solo que cuando dormimos estemos desconectados del mundo exterior, sino que durante la mayor parte del tiempo estamos paralizados.

El sueño es, obviamente, mucho más que un mero descanso. Un hecho curioso es que los animales que hibernan también tienen periodos de sueño. Puede que a la mayoría de nosotros eso nos resulte sorprendente, pero lo cierto es que la hibernación y el sueño no son lo mismo, al menos desde una perspectiva neurológica y metabólica. Hibernar es algo más parecido a estar conmocionado o anestesiado: el sujeto está inconsciente, pero no propiamente dormido. De modo que un animal en hibernación necesita unas horas diarias de sueño convencional dentro de su estado general de inconsciencia. Otro hecho sorprendente para la mayoría de nosotros es que los osos —los más famosos dormilones invernales— en realidad no hibernan. La auténtica hibernación implica una profunda inconsciencia y un drástico descenso de la temperatura corporal, a menudo en torno a los 0°C. Según esta definición, los osos no hibernan, puesto que su temperatura corporal se mantiene en niveles próximos a los normales y además se despiertan con facilidad. Resulta más adecuado calificar su sueño invernal como un estado de letargo.

Sea lo que fuere lo que nos da el sueño, es algo más que un mero periodo de inactividad reparadora. Tiene que haber algo que nos lleve a ansiar ardientemente quedar a merced de posibles ataques de bandidos o depredadores; sin embargo, que sepamos, dormir no hace nada por nosotros que no pudiera hacerse igualmente estando despiertos, pero en reposo. Tampoco sabemos por qué pasamos gran parte de la noche experimentando esas surrealistas y a menudo inquietantes alucinaciones a las que llamamos sueños. Ser perseguidos por zombis o encontrarse inexplicablemente desnudos en una parada de autobús no parece, a primera vista, una forma especialmente reconstituyente de pasar las horas de oscuridad.

Y, sin embargo, existe la creencia universal de que el sueño debe de responder a alguna profunda necesidad elemental. Lo observaba hace ya muchos años el eminente investigador del sueño Allan Rechtschaffen: «Si el sueño no cumple una función absolutamente vital, entonces es el mayor error que ha cometido jamás el proceso evolutivo». No obstante, por lo que sabemos, lo único que hace el sueño es (en palabras de otro investigador) «prepararnos para estar despiertos».

Parece ser que todos los animales duermen. Incluso criaturas tan simples como los nematodos y las moscas de la fruta tienen periodos de inactividad. La cantidad de sueño necesaria varía considerablemente de una especie a otra. Los elefantes y los caballos duermen solo dos o tres horas cada noche. Se ignora por qué necesitan tan poco, ya que la mayoría de los otros mamíferos requieren mucho más tiempo. Todavía se dice que el animal al que se consideraba el campeón del sueño entre los mamíferos, el perezoso de tres dedos, duerme hasta veinte horas al día; pero esa cifra proviene del estudio de perezosos cautivos, que no tienen depredadores ni demasiadas cosas que hacer. Los perezosos silvestres, en cambio, duermen en torno a las 10 horas diarias, no mucho más que nosotros. Un hecho extraordinario es que algunas aves y mamíferos marinos pueden apagar solo la mitad de su cerebro alternando entre ambas, de modo que una mitad permanece alerta mientras la otra dormita.

Se puede datar el origen de nuestra moderna comprensión del sueño en una noche de diciembre de 1951, cuando un joven investigador de la Universidad de Chicago que estudiaba la materia, Eugene Aserinsky, probó una máquina para medir las ondas cerebrales que había adquirido su laboratorio. El sujeto voluntario de Aserinsky para aquella primera noche de prueba fue Armond, su hijo de ocho años.

Noventa minutos después de que el pequeño Armond se hubiera sumido en lo que habitualmente era una noche de sueño tranquilo, Aserinsky se quedó perplejo al ver que, de repente, el rollo de papel milimetrado del monitor cobraba vida y empezaba a dibujar el tipo de trazos irregulares normalmente asociados a una mente activa y despierta. Cuando Aserinsky entró en la habitación, descubrió que Armond seguía profundamente dormido pero que sus ojos se movían visiblemente bajo los párpados. Aserinsky acababa de descubrir el que pasaría a conocerse como sueño de movimientos oculares rápidos, la más interesante y misteriosa de las múltiples fases de nuestro ciclo de sueño nocturno. No puede decirse exactamente que Aserinsky corriera a publicar sus resultados: pasaron casi dos años antes de que apareciera un pequeño informe sobre el descubrimiento en la revista Science.*

* Aserinsky era un tipo interesante, aunque extremadamente inquieto. Antes de llegar a la Universidad de Chicago en 1949, a la edad de veintisiete años, asistió a otras dos universidades y cursó sucesivamente estudios de sociología, preparación a la medicina, español y odontología, sin completar sus estudios en ninguna de esas materias. En 1943 fue reclutado por el ejército, y, pese a ser ciego de un ojo, pasó la guerra como experto en desactivación de explosivos.

Hoy sabemos que una noche de sueño normal se divide en varios ciclos, cada uno de los cuales consta a su vez de varias fases (cuatro o cinco, dependiendo del método de clasificación que se prefiera). Primero viene la etapa de renunciar a la consciencia, algo que la mayoría de nosotros tardamos entre cinco y quince minutos en lograr por completo. A ello le sigue un periodo en el que tenemos un sueño ligero pero reparador, como en una siesta, durante unos veinte minutos. En estas dos primeras fases, el sueño es tan superficial que, de hecho, podemos estar dormidos pero creer que estamos despiertos. Luego viene un sueño más profundo, que dura aproximadamente una hora, del que resulta mucho más difícil despertar al durmiente (algunos expertos dividen a su vez este periodo en dos etapas, lo que da al ciclo del sueño un total de cinco fases distintas en lugar de cuatro). Finalmente llega la fase, ya mencionada, de los movimientos oculares rápidos (abreviada MOR, o más frecuentemente REM, por sus siglas en inglés), que es cuando experimentamos la mayor parte de nuestros sueños.

Durante la fase REM del ciclo, el durmiente se queda prácticamente paralizado, pero los ojos experimentan pequeños movimientos rápidos por debajo de los párpados cerrados como si estuvieran presenciando un acuciante melodrama, mientras que el cerebro se muestra tan activo como en cualquier momento de la vigilia. De hecho, algunas partes del prosencéfalo están más vivas durante el sueño REM que cuando estamos plenamente conscientes y andando de un lado a otro.

No sabemos con certeza a qué se deben los movimientos oculares del sueño REM. Una idea obvia es que estamos «visualizando» nuestros sueños. No todo nuestro cuerpo se paraliza durante esta fase. El corazón y los pulmones siguen funcionando por razones obvias, y también está claro que los ojos tienen libertad de movimiento; pero todos los músculos que controlan el movimiento corporal están constreñidos. La explicación que se postula con mayor frecuencia es que la inmovilización impide que nos hagamos daño lanzando golpes o tratando de huir de un ataque cuando nos vemos atrapados en una pesadilla. Un número muy reducido de personas sufren una afección denominada trastorno de comportamiento del sueño REM, en la que las extremidades no se paralizan, y, de hecho, a veces se lastiman a sí mismas o a su pareja dando golpes. En otros casos, la parálisis no remite de forma inmediata al despertar, y la víctima se encuentra despierta pero incapaz de moverse; al parecer una experiencia profundamente inquietante, pero que afortunadamente tiende a durar solo unos momentos.

La fase REM abarca hasta dos horas de cada noche de sueño, aproximadamente una cuarta parte del total. Los periodos de sueño REM tienden a alargarse con el transcurso de la noche, de modo que cuando más soñamos suele ser en las últimas horas antes de despertar.

Los ciclos de sueño se repiten cuatro o cinco veces por noche. Cada ciclo dura alrededor de 90 minutos, pero su duración exacta puede variar. Parece ser que el sueño REM es importante para el desarrollo. Los bebés recién nacidos pasan al menos el 50% de sus horas de sueño (que en cualquier caso es la mayor parte del día) en esta fase, mientras que los fetos puede llegar hasta el 80%. Durante mucho tiempo se creyó que todos nuestros sueños se producían durante la fase REM, pero un estudio realizado en 2017 en la Universidad de Wisconsin descubrió que el 71% de las personas soñaban durante la fase no REM (frente al 95% que lo hacían durante la fase REM). Asimismo, la mayoría de los hombres tienen erecciones durante esta fase, mientras que, de manera similar, las mujeres experimentan un aumento del flujo sanguíneo en los genitales. Nadie sabe por qué ocurre eso, pero no parece estar claramente asociado a impulsos eróticos. Por regla general, las erecciones masculinas nocturnas se prologan hasta un periodo de más o menos dos horas.

Por las noches estamos más agitados de lo que la mayoría de nosotros pensamos. Una persona normal, como media, se da la vuelta o cambia significativamente su posición entre 30 y 40 veces en el transcurso de la noche. También nos despertamos mucho más de lo que creemos. Los momentos de alerta y despertares breves que experimentamos durante la noche pueden sumar hasta un total de 30 minutos sin que seamos conscientes de ello. En una visita a una clínica del sueño que realizó con el fin de documentarse para su libro Night, publicado en 1995, el escritor A. Álvarez tuvo la impresión de que había experimentado una noche de sueño ininterrumpido, pero al revisar su gráfico por la mañana descubrió que en realidad se había despertado en 23 ocasiones. También había tenido cinco periodos en los que había soñado, pese a lo cual no recordaba ninguno de aquellos sueños.

Además del sueño nocturno normal, también nos permitimos dar alguna que otra breve cabezada en horas de vigilia, en un estado conocido como hipnagogia, una oscura región situada a medio camino entre la vigilia y la inconsciencia, a menudo sin darnos cuenta de ello. En un alarmante descubrimiento, cuando un equipo de científicos especializados en sueño estudiaron a una docena de pilotos de líneas aéreas que hacían vuelos de largo recorrido, resultó que casi todos se quedaban dormidos, o casi dormidos, en un momento u otro del vuelo sin ser conscientes de ello.

La relación entre el durmiente y el mundo exterior suele ser curiosa. La mayoría de nosotros hemos experimentado mientras dormimos esa sensación abrupta de tropezar y caer conocida como sacudida hipnótica o espasmo mioclónico. Nadie sabe por qué nos pasa. Una teoría postula que su origen se remonta a los tiempos en los que dormíamos en las copas de los árboles y debíamos tener cuidado de no caer. La sacudida podría ser como una especie de simulacro de incendio. Esto puede parecer un tanto exagerado, pero no deja de ser curioso, si se piensa, que sin importar lo profundamente inconscientes, o agitados, que estemos, casi nunca nos caigamos de la cama, ni siquiera cuando dormimos en camas con las que no estamos familiarizados como las de los hoteles y similares. Puede que estemos muertos para el mundo, pero hay algún centinela en nuestro interior que toma nota de dónde está el borde de la cama y no nos permite rodar más allá de este (salvo en circunstancias extremas condicionadas por el alcohol o la fiebre). Parece, pues, que una parte de nosotros sigue prestando atención al mundo exterior aun en el caso de quienes duermen más profundamente. Diversos estudios realizados en la Universidad de Oxford y comentados por Paul Martin en su libro Counting Sheep descubrieron que las agujas del electroencefalograma de los sujetos de las pruebas se disparaban cada vez que se pronunciaba su propio nombre en voz alta mientras dormían, pero no reaccionaban cuando se recitaban otros nombres desconocidos para ellos. Otras pruebas han mostrado asimismo que a la gente se le da bastante bien despertarse a una hora predeterminada sin necesidad de reloj despertador, lo que significa que alguna parte de la mente durmiente debe de estar haciendo un seguimiento del mundo real más allá del cráneo.

Puede que los sueños sean tan solo un subproducto de nuestra «limpieza» cerebral nocturna. Mientras el cerebro elimina residuos y consolida recuerdos, los circuitos neuronales se activan de forma aleatoria produciendo breves imágenes fragmentarias, algo parecido a cuando saltamos de un canal de televisión a otro buscando algo que ver. Frente a este flujo incongruente de recuerdos, ansiedades, fantasías, emociones reprimidas y demás, posiblemente el cerebro intente construir un relato coherente, o también es posible, dado que está descansando, que no lo intente en absoluto y se limite a dejar fluir todos esos pulsos inconexos. Eso podría explicar por qué generalmente no recordamos demasiado los sueños pese a su intensidad: porque, en realidad, no son ni importantes ni significativos.

Consigue 'El cuerpo humano'

Autor: Bill Bryson
Editorial: RBA
Traductor: Francisco J. Ramos Mena
Formato: 512 páginas. 20 euros.

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