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CRÍTICA | ARIMA CRÍTICA i

La abstracción gallega

El genuino estilo de buena parte del cine creado en Galicia en los últimos años resulta contagioso

Imagen de 'Arima'. En vídeo, un adelanto de la película.

El genuino estilo de buena parte del cine creado en Galicia en los últimos años resulta contagioso. Jaione Camborda, directora vasca afincada en la tierra de Oliver Laxe, Xacio Baño, Eloy Enciso, Lois Patiño y Anxós Fazans, entre otros, ha compuesto en la muy atractiva Arima un nuevo ejemplar de esa ya reconocible especie del Novo Cine Galego, tan apegada a los cuerpos, a la fisicidad, al misterio, a la melancolía y a lo rural, y tan desligada de las tramas convencionales, del texto por el texto y de la dinámica industrial. Lo esencial es la búsqueda y no tanto el descubrimiento.

ARIMA

Dirección: Jaione Camborda.

Intérpretes: Melania Cruz, Nagore Arias, Rosa Puga Dávila, Mabel Rivera.

Género: drama. España, 2019.

Duración: 77 minutos.

Camborda, autora de A rapa das bestas (2017), cortometraje documental sobre el corte de las crines de los caballos, que entroncaba con esa dinámica de lo físico e incluso con el simbolismo de uno de sus compañeros de generación, Xacio Baño y Trote, debuta en el largo con una película enigmática de iluminación tenue, textura de grano duro y tonos ocres. Como la tierra, como el bosque, como la niebla gallega. Allí, cuatro mujeres y una niña se relacionan con el carácter indescifrable de las cosas dichas al oído. Hasta tres veces se hablan entre ellas de ese modo sin que el espectador pueda no ya oír sino siquiera desentrañar sus secretos, completando así una abstracción en la que no es complicado entrar porque el manejo del lenguaje cinematográfico de Camborda es notabilísimo.

En su obra está la crueldad de los cuentos infantiles. Su horror y su amenaza. La de la observación sin ser vistos. La de los bosques y los niños que desaparecen, que quizá huyen. Desde el prólogo, potentísimo en lo visual y metafórico respecto de lo que (no) se va a ver después, con un primerísimo plano de un ojo que parece moverse entre el desconcierto, Camborda se aproxima a la soledad femenina y a la lujuria de lo desconocido con los mimbres de las historias que no se cierran, sino que se abren con convicción hacia el enigma.

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