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Fallece el filólogo Alberto Blecua, experto en el Siglo de Oro

El crítico enseñó a editar los textos literarios con su 'Manual de crítica textual' y con el ejemplo de sus ediciones del 'Lazarillo' o el 'Quijote', entre las más destacadas

Alberto Blecua
Alberto Blecua en su última clase en la UAB en 2012.

Muy pocas personas podrán concitar la unanimidad que suscita Alberto Blecua sobre su bonhomía y sobre su finura como crítico literario. Nos enseñó a editar los textos literarios con su Manual de crítica textual y con el ejemplo de sus ediciones (el Libro de buen amor, el Lazarillo, el Quijote, entre las más destacadas). A partir de él, las ediciones podían hacerse con criterio, yendo más allá de la acumulación de variantes en aparatos críticos, a veces sin sentido, para poder ofrecer al lector el texto más próximo posible a la voluntad del autor. Leímos una y mil veces su Manual para aprender la metodología con la que se había editado a los grandes autores, especialmente en Italia, pero que apenas había llegado a España. Alberto Blecua falleció el martes en Barcelona a los 79 años. Nacido en Zaragoza en 1941, era hijo de José Manuel Blecua Teijeiro, filólogo, lingüista y químico, y hermano de José Manuel Blecua Perdices, también filólogo y exdirector de la RAE, institución de la que era académico correspondiente.

Alberto fue un crítico perspicaz e inteligente, que escribió estudios originales sobre la literatura española medieval y del Siglo de Oro, en especial, aunque también hizo valiosas incursiones a la literatura de los siglos XVIII, XIX y XX. Estaba en contra de las compartimentaciones estancas, del historiador que sigue publicando artículos durante años sobre el tema de su tesis doctoral (de hecho, él solo publicó un par de artículos sobre la suya). Defendía que era la variedad de saberes y lecturas la que propiciaba las nuevas interpretaciones, la que nos proporcionaba los medios para poner en relación los textos literarios con el contexto histórico y cultural, la que nos permitía avanzar en la explicación de esos textos.

Declaraba la admiración a sus maestros, José F. Montesinos, Claudio Guillén, Eugenio Asensio, Francisco Rico, pese a ser más joven que él, y, por supuesto, su padre, José Manuel Blecua. Además de tantos otros que conocía únicamente en sus libros y sobre los que reclamaba la atención de los jóvenes filólogos. Se manifestaba, en cambio, contrario a la teoría literaria de los modernos. Más que nada por el riesgo de que los enfoques teóricos pudieran llegar a convertirse en un nuevo escolasticismo, en una metodología rígida utilizada muchas veces de forma superficial y mecánica, incapaz de explicar los textos fuera de unos parámetros establecidos de antemano, de identificar las diferencias, la creación literaria. Porque él conocía muy bien la teoría clásica y la del Renacimiento, a pesar de que se declaraba historiador de un conjunto de textos, vinculados en mayor o menor medida a unos modelos y sometidos a los grandes cambios que denominamos Edad Media, Renacimiento, Barroco, etc.

Sus amigos echaremos de menos, con inevitable dolor, a Alberto, su carácter afectuoso y su buen humor, pero sus estudios seguirán enseñándonos a leer las obras literarias.

Emilio Martínez Mata, catedrático de literatura española de la Universidad de Oviedo

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