Crítica | Greenland: el último refugioCrítica
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Y ahora, un asteroide

La película nunca pretende ser parábola política y opta por el arquetipo familiar como metáfora

Gerard Butler y Andrew Bachelor, en una imagen de la película 'Greenland: el último refugio' (2020).

Aunque su reinado comercial se produjo en la década de los setenta, el subgénero del cine de catástrofes ha seguido aportando puntuales películas que han ido elucubrando sobre el fin del mundo y la destrucción parcial o total del planeta con las más variadas justificaciones. Que el último ejemplar, Greenland: el último refugio, perteneciente a la subespecie del meteorito, como Meteoro (1979) y las coincidentes Deep Impact (1998) y Armageddon (1998), se estrene en medio de una pandemia acrecienta, en principio, la inquietud y podría haber servido para enfrentar algunas de las medidas de los gobiernos ante el desastre mundial contemporáneo con lo pergeñado en el guion. Por suerte, o por desgracia, no es así.

La historia basa sus emociones en la reconstrucción de un hogar herido al tiempo que el mundo se destruye

Octavo trabajo del hasta ahora inconsistente Ric Roman Waugh, la película nunca pretende ser parábola política y opta por el arquetipo familiar como metáfora: al igual que La guerra de los mundos (Steve Spielberg, 2005), San Andrés (Brad Peyton, 2015) y tantas otras, la historia basa sus emociones en la reconstrucción de un hogar herido al tiempo que el mundo se destruye. El adulterio como ente mucho más peligroso para el ser humano que cualquier desastre natural o de procedencia alienígena.

Greenland acude a la bíblica idea del Arca de Noé, ya desarrollada en la pionera Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951), esta vez en forma de espectacular guarida en Groenlandia, con una serie de elegidos para la reconstrucción una vez pasado el desastre, lo que da lugar a la parte más interesante del relato: la lucha a cualquier precio moral por un lugar en el arca. Sin embargo, incapaz de librarse de cualquier cliché narrativo, entre ellos el del niño enfermo, habitualmente asmático, aquí diabético, incluso esas secuencias acaban recordando demasiado a otras aportaciones mucho mejores, particularmente las de la sobresaliente y demasiado olvidada The trigger effect (David Koepp, 1996).

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