Un Allen leve y la muy creíble ‘Patria’

“No me ocurre nada malo viendo y escuchando ‘El festival de Rifkin’, pero la decepción es inevitable”, opina el crítico de cine de EL PAÍS, sobre la carta de amor a San Sebastián de Woody Allen, que abrió este viernes el festival donostiarra

Presentación de "Rifkin's Festival", la película de Woody Allen rodada en San Sebastián, en el Festival de Cine
Presentación de "Rifkin's Festival", la película de Woody Allen rodada en San Sebastián, en el Festival de CineJavier Etxezarreta / EFE

No es grata climatológicamente la llegada a este festival empeñado en apurar las posibilidades que le quedan en una época atroz, tratando modélicamente a sus invitados, intentando ofrecer espectáculo a pesar de las abrumadoras limitaciones que le ha impuesto el monstruo. El jueves el calor era pegajoso, los niveles de humedad ambiental me recordaban India y el sudeste asiático. Y lo de vivir permanentemente enmascarado, incluidas infinitas horas de proyección en las que los cristales de las gafas se empañan con la respiración, va a suponer una tortura. Esperemos olvidarnos de esas limitaciones ante la deseable calidad de lo que exhiba la pantalla.

Inaugura la fiesta El festival de Rifkin, la última película de un señor anciano e incontestablemente genial llamado Woody Allen, pero alguien muy sabio afirmó hace tiempo que no se puede ser ininterrumpidamente sublime. Y eso incluye, por supuesto, al señor Allen. Sabemos que su tiempo se acaba y que debe de sentir fobia a quedarse en casa mirando el techo o la nada, que necesita hacer cine continuamente, que el síndrome de abstinencia podría matarle. Egoístamente, yo hubiera deseado que se hubiera despedido con la muy bonita Día de lluvia en Nueva York pero, al parecer necesitaba rendir tributo a San Sebastián, una ciudad que le enamora (normal, aunque encuentro abusivo que los personajes de su película reiteren continuamente la belleza de este entorno) y donde sigue encontrando financiación el señor que fue expulsado de sus raíces con acusaciones que la justicia ha negado o desestimado siempre. Pero a su cine, con alguna excepción, le sienta mucho mejor su amada e imprescindible Nueva York que España, Italia, Inglaterra y Francia.

El festival de Rifkin cuenta las movidas sentimentales y eróticas, los espejismos de amor, las reflexiones sobre el oficio de hacer cine y escribir, los cuernos resignados, la rotura definitiva de lo que ya estaba averiado, los homenajes a los presuntamente trascendentes directores europeos. El tono es más amable que en otras ocasiones. Fallida la mayoría de los intentos de ser cáustico, gracioso y complejo. A ratos tengo la molesta sensación de que la ha escrito y rodado alguien que siente rendida admiración hacia Allen, que trata de copiar o reinventar sus esencias y que su experimento le sale muy soso. Y existe una secuencia en el estudio de un pintor y protagonizada por un aullante Sergi López en la que siento la cercanía del rubor, de la vergüenza ajena. No doy crédito a que el autor sea Woody Allen.

Wallace Shawn estaba muy bien en La princesa prometida y en Tío Vania en la calle 42. Es un actor atípico y aseguran que un personaje peculiar. Aquí interpreta a un profesor y escritor que yo imagino todo el rato con la piel y el careto de Allen. Pero los casi 85 años que va a cumplir imagino que le hace desertar de algo tan laborioso como interpretar delante de la cámara. Louis Garrel pertenece a mi particular lista de intérpretes que me resultan insoportables. Lo que más me gusta en esta película en la que no me apasiona nada es el trabajo de Elena Anaya, una actriz de primera clase, que siempre está bien. Y lo paso fatal cundo siento inquina hacia determinadas (pocas) películas de Allen. Me ocurre con Interiores, Recuerdos y A Roma con amor. No me ocurre nada malo viendo y escuchando El festival de Rifkin, pero la decepción es inevitable. Espero que todavía le queden fuerzas y ganas para parir otra maravilla, comparable a Delitos y faltas, Annie Hall, Balas sobre Broadway, Hannah y sus hermanas, Zelig, Otra mujer, Desmontando a Harry, cosas así.

Envidio a los espectadores que van a pasar ocho horas ininterrumpidas viendo la serie Patria. Y, por supuesto tengo mucha curiosidad por ver la reacción de un público que vivió en su tierra tantas décadas de espanto. Todo lo que tenía que contar de esta admirable serie lo conté en El País Semanal el pasado domingo. No se me ocurre nada nuevo, no he cambiado de opinión y tengo alergia a la repetición. Si algún lector tiene interés por lo que pienso de Patria lo pueden encontrar en Internet, en ese invento que almacena toda la memoria del mundo. Me cuentan que a través de algo llamado link.