La nueva normalidad hospitalaria de La Fura dels Baus

La compañía de teatro defiende en su reciente obra el trabajo de los sanitarios y reivindica la utilidad del arte en los tiempos oscuros

Un momento de la representación del espectáculo 'Nueva Normalidad (NN)', de la Fura dels Baus, en el aparcamiento del Hospital Comarcal de Sierrallana en Torrelavega.
Un momento de la representación del espectáculo 'Nueva Normalidad (NN)', de la Fura dels Baus, en el aparcamiento del Hospital Comarcal de Sierrallana en Torrelavega.Pedro Puente Hoyos / EFE
Torrelavega (Cantabria) - 25 jul 2020 - 05:44 UTC

La nueva normalidad del teatro exige sillas separadas, recomienda distancia de seguridad y obliga a portar mascarillas. El resto sigue igual, como un arte reivindicativo. Así lo presenta la compañía La Fura dels Baus en su nuevo espectáculo, denominado como esa extraña Nueva normalidad que está por definir. Y para tratar de conocerla el teatro retrocede para dilucidar qué camino ha propiciado esta situación y mostrar un futuro en el que cabe toda la sociedad.

La función, que ya ha sido representada en Cataluña, inicia su gira por otras regiones en el aparcamiento del hospital cántabro de Torrelavega por la iniciativa del Gobierno regional La cultura contraataca. La comunión entre personas y naturaleza parte de varias hileras de sillas envueltas en el aroma de los cercanos eucaliptos y plantas de hierbabuena y con la montaña cántabra al fondo. “La Tierra inspira, la Tierra expira, la Tierra respira”, canta una mujer vestida con bata blanca. “La Naturaleza es más fuerte que nosotros, no hay que sentir el miedo dentro de nuestro cuerpo sino el respeto en nuestro corazón”, prosigue. Unos sanitarios a modo de corifeos marcan el cambio de escenas mientras por todas las partes del recinto transcurre el espectáculo.

Una reflexión la verbaliza un hombre de bata blanca a quien le cae la arena de un saco que cuelga sobre él. Medita: “¿Aprovecharemos la oportunidad?”

Triunfan las metáforas del ahogamiento tanto en plásticos al vacío como en profundas peceras donde el aire se agota y los protagonistas piden socorro: se ahogan. Al igual que “un mundo en el que cuesta respirar”, según denuncian, en el que la sociedad se ha atrapado entre paredes y solo un confinamiento ha permitido reflexionar sobre este modelo. Carlus Padrissa, director de la obra, relata que la idea brotó a medida que se desarrollaba la pandemia, tiempo que aprovecharon para definir la función y, tan pronto como se levantaron las restricciones, ensayar. Mucha práctica requieren las coreografías en el agua, en espacios angostos, con maquinaria funcionando, motosierras esculpiendo una talla de madera y hasta con un barco que surca este cemento. “Es un momento, aunque estemos tocando fondo, para que el arte reflexione y permita visualizar un horizonte al que nunca nos acercamos, pero está ahí”, confía Padrissa. “Lo importante son los problemas del camino”, agrega.

Razón no le falta, según se escucha entre el público que hace cola para acceder al recinto. Los espectadores asumen la zozobra que no solo sacude a este buque teatral, pero compromiso no les falta, como sostiene Paloma Casado, firme defensora de que es mucho más fácil infectarse en una terraza que guardando cola a una distancia prudencial de las demás personas. Unas sanitarias comentan mientras espera que les hace ilusión que “por fin” alguien se acuerde de ellas.

Pronto se le plantea al espectador el valor de este colectivo y de los científicos que son los exploradores de la era moderna: igual que antaño encontraron tierras firmes, ahora tienen otro cometido en el horizonte. “Solo de la muerte no se ha procurado escapatoria”, relata uno de los actores, que recuerda cómo los épicos viajeros Magallanes y Elcano demostraron que la tierra era redonda tras inmensas penurias en sus viajes. Quién les iba a decir que medio milenio después se les cuestionaría.

A medida que el día se apaga, se encienden las antorchas de unos trogloditas cuyas danzas tribales recuerdan la evolución del ser humano

La Fura dels Baus, a medida que el día se apaga, enciende las antorchas de unos trogloditas cuyas danzas tribales recuerdan la evolución del ser humano. La obra avanza hasta realidades contemporáneas, como aquella que implica que la más honesta de demostrar el amor hacia alguien no es haciéndolo, sino separándose. También cabe una exhortación hacia los excesos policiales y la muerte del afroamericano George Floyd; tampoco se olvidan de las más actuales reivindicaciones y gritan, entre aplausos de los presentes: “¡Viva la Sanidad Pública!”.

La función dura aproximadamente una hora sin dejar de ofrecer dilemas a los asistentes. Una reflexión la verbaliza un hombre de bata blanca a quien le cae la arena de un saco que cuelga sobre él. Medita. “¿Aprovecharemos la oportunidad?”, pregunta y se pregunta, mientras grano a grano su rostro y su traje adquieren tonalidad marrón. Unos metros más allá, las dos protagonistas de los platos de una balanza contraponen sus pensamientos sobre el devenir de la humanidad. ¿Y si la nueva utopía que se trace vuelve a hundirse?, exponen. Pero de ellas no depende la respuesta.

Al poco, los altavoces recuerdan que la nueva normalidad trasciende de esas sillas negras: “Este espectáculo ha terminado, pero no el de la vida”.

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