Ocho historias sobrecogedoras de la Albania de Hoxha, el país del millón de búnkeres

Margo Rejmer recupera en ‘Barro más dulce que la miel’ la voz de las víctimas y los verdugos de un régimen que aisló el país y lo hundió en la miseria y la represión

Una mujer posa con su hija junto a un búnker en 1997.
Una mujer posa con su hija junto a un búnker en 1997.David Turnley / Corbis/VCG via Getty Images

Hubo un tiempo en que Albania se proclamaba como el país más feliz de la tierra, en el que hasta el barro sabía a miel. Una nación que se levantaba orgullosa frente a las conspiraciones internacionales y las fuerzas capitalistas. Una pequeña Corea del Norte en el corazón de los Balcanes a la que cinco décadas de atroz dictadura comunista destruyó hasta los cimientos, minando la moral de sus habitantes, matándolos de hambre, emponzoñando sus relaciones, destruyendo su sociedad. Margo Rejmer recupera en Barro más dulce que la miel. Voces de la Albania comunista (La Caja Books, traducción de Agata Orzeszek y Ernesto Rubio) los testimonios de los caídos, de los represaliados por Enver Hoxha que vivieron para contarlo, de los espías condenados a serlo, o no, y de los jueces y verdugos. Un retrato de una sociedad en descomposición por los efectos de aquella pesadilla, rematados por el abrazo de un capitalismo de bandidos, para el que la periodista polaca vivió durante cuatro años en Albania. La lista de sufrimientos relatados con ritmo preciso y estilo sobrio por la autora de Bucarest. Polvo y sangre (también La Caja Books) es atroz, la nómina de enemigos del pueblo destruidos, moralmente insoportable. Lo que sigue es un relato de algunas de las atrocidades de un régimen cruel, un pequeño esbozo de un libro que va mucho más allá.

Estadísticas sobre una lenta e imparable masacre

En julio de 1991 se amnistió a todos los presos políticos albaneses. En ese momento, los crímenes del régimen adquirieron forma de estadísticas, números tras los que se difuminaban unos verdugos que nunca fueron condenados. Estos son algunos:

  • En un país que estuvo entre los 1,1 millones de habitantes estimados en 1947 y los tres millones escasos de 1989 se asesinó a 6.027 personas por causas políticas (opositores, gente que intentaba huir del país, etcétera) entre 1944 y 1991.
  • En esa época hubo más de 34.000 presos políticos en cárceles del Estado. Otros 59.000 pasaron por campos de reeducación o fueron desterrados y de estos últimos 7.000 murieron.
  • 200.000 personas trabajaron para la Segurimi (la temible KGB albanesa) y se calcula que uno de cada cuatro habitantes era confidente. O, ilustrado por uno de los testimonios: “La gente decía: si estás solo, estás a salvo. Si sois dos, estate alerta. Si sois tres, echa a correr”.
  • En 2016, la Organización para la Cooperación y la Seguridad en Europa (OSCE) publicó una encuesta según la que el 42% consideraba a Enver Hoxha un traidor y un asesino. El resto se dividían en opciones más magnánimas con el dictador.

Pon un búnker en tu campo yermo

Cuenta Manuel Montobio en Búnkeres (Icaria) que en 1987 había en Albania un semáforo y un millón de búnkeres. La cifra varía algo, pero no baja en ningún caso de 700.000, la mayoría construidos entre 1950 y 1985 en cemento y hierro para defenderse de la amenaza capitalista y de su brazo ejecutor, la OTAN, sí, pero también de la Yugoslavia de Tito que los había “traicionado” o de los “desviacionistas” de la Unión Soviética y más tarde de China. En el país de la paranoia, el búnker es el mejor amigo del sistema. A Hoxha y sus acólitos les gustaba decir, nunca sabremos si del todo en serio, que eran mejor que los carros de combate, puesto que no podían retroceder. Rejmer habla en el libro con Nexhip Manga, poeta, marmolista y fan número uno del dictador y le pregunta si no hubiera sido mejor gastar ese dinero en bienes básicos o en impedir que la gente muriera de hambre, a lo que él contesta: “Habríamos vivido mucho mejor, es verdad. ¡Pero no hay nada gratis!”

Desde 1991 muchos han sido destruidos, inundados, quemados; otros se han convertido en lugares para citas amorosas y muchos en casas improvisadas para las víctimas de los desplazamientos internos y los inmigrantes rurales.

Una Corea del Norte en el corazón de Europa

Es habitual comparar estos dos sistemas por su aislamiento, su grado de paranoia, y su capacidad para matar de hambre a sus súbditos. Pero hay muchas más similitudes:

  • En Albania se clasificaba a la gente, de por vida, entre los que tenían una “buena” y una “mala biografía”. Es decir, una versión simplona del Songbun o sistema de castas norcoreano que clasifica a todos sus ciudadanos por su fidelidad, y la de sus antepasados, al régimen. Si alguien es condenado por algo, toda la familia paga. Si alguien huye del país, los que se quedan pagan. Si alguien mueve un dedo contra el régimen, su familia es aplastada.
  • En Albania los guardias podían disparar a matar a cualquiera que intentara huir del país. Pero los agentes de la Segurimi tenían relaciones con otros agentes fuera de Albania, por lo que muchas veces los fugados eran devueltos (como ocurre a veces con los norcoreanos que logran llegar a China).
  • Enver Hoxha no murió en 1985 porque no podía morir. “Enver vive” y “Enver (1908-)” son algunos de los lemas que llenaron paredes y placas conmemorativas por todo el país cuando murió en 1985. El líder había nacido, pero no podía perecer. Kim Il-sung, fundador de Corea del Norte, no murió oficialmente nunca.

El líder no se equivoca

De todas las cárceles de un país lleno de cárceles, y cuyas mazmorras aparecen en el libro en todo su esplendor macabro, la de Ballsh era la más particular. Allí no se trabajaba hasta la muerte, como en Spaç, por que era el lugar de reclusión de los jefazos del régimen que habían caído en desgracia, algo muy fácil si el líder es el paranoico Hoxha. Allí acabaron el sastre o el fotógrafo del amado líder por “traidores” y un nutrido grupo de pachás rojos. La obsesión llegaba hasta tal punto que en 1982, cuando vieron que no cabía nadie más en la cárcel y que los presos dormían hacinados en el suelo, decretaron una amnistía para todos aquellos cuyas penas no sobrepasaran los 10 años.

En Ballsh, los líderes caídos en desgracia, jueces, ministros y demás, organizaban lecturas de las obras de Hoxha y luego analizaban los logros del régimen en grupo. Muchos esperaban pasar la prueba a la que les había sometido el amado líder, que no podía estar equivocado, y volver junto a él. Los más aplicados pidieron incluso directrices a las altas instancias del Estado para reprimir a los desviacionistas y a los traidores que a su juicio poblaban la cárcel.

Surrealismo a la carta

En ciertas ocasiones, si no fuera por el drama que hay detrás, algunas situaciones podrían hacer reír al lector. En eso, los soviéticos, con su humor negro sobre el régimen, eran los mejores. Veamos algunos de los muchos hechos recogidos en el libro con nombres y apellido: en Albania un tipo se pasó 10 años en la cárcel por decir que Beckenbauer era muy bueno mientras veía un partido de fútbol que enfrentaba a Alemania Federal y Albania junto a unos amigos; otro pasó tres años en prisión por criticar el pan de la cartilla de racionamiento y uno más estuvo siete años encerrado por decir que las bicicletas yugoslavas eran mejores que las albanesas. Traidores todos.

Hay más. En las paredes de las cooperativas de un país que se moría de hambre se repetían las soflamas “Vivan las gallinas comunistas” o “Vivan las vacas comunistas”. En la frontera se requisaba cualquier material llegado de fuera (generalmente enviado por familiares que vivieran en Italia o Grecia) si no encajaba con “la realidad albanesa”. Quedaban así descartados caramelos, zapatillas, todo tipo de ropa, bebidas, cualquier cosa con colores llamativos y un largo etcétera.

Una revolución cultural propia

Desde 1944 a 1985, Hoxha fue encerrando cada vez más al país sobre sí mismo y eliminando a gente de su entorno en una revolución perpetua que acabó con las corrientes de yugoslavos a finales de los cuarenta, de soviéticos en los sesenta o de chinos en los setenta a medida que iba rompiendo relaciones con esas fuerzas comunistas. A la cultura le tocó la peor parte. Los testimonios de escritores, profesores, académicos y artistas recogidos en Barro más dulce que la miel son sobrecogedores. Pero hubo un momento particularmente oscuro. La capacidad de la Albania comunista para copiar lo peor de los demás mientras tuvo relación con ellos es notable. A finales de los años sesenta, cuenta Rejmer, la cultura en el país tuvo su especial resurgir, cierta apertura permitía ver películas y escuchar música italiana o griega e incluso celebrar festivales. El movimiento culminó con la XI Revista de la Canción, celebrada en 1972 y que ganó el tema Cuando viene la primavera. Pero lo que vino fue el invierno. Como había ocurrido en China, quienes disfrutaron de la apertura fueron laminados, haber estudiado fuera se convirtió en un crimen, las cárceles se llenaron de poetas, escritores, periodistas, el director de la televisión y la radio y otros tipos adictos al régimen, lo que prueba su infinita capacidad depredadora.

Dos pirámides que se hunden

En 1988 en Tirana se inauguró el Museo Enver Hoxha, un gigante de mármol, hormigón y vidrio en honor al dictador. La construcción más cara de la historia de Albania pasó a llamarse La pirámide cuando cayó el comunismo y se convirtió primero en una discoteca, luego en la sede de la OTAN o más tarde en un estudio de radio y televisión. Nadie sabe muy bien qué hacer con él y ahora languidece en medio de la capital. El hecho de que una pirámide, en este caso financiera, acabara con los ahorros de gran parte de la población en 1997 y llevara al país al borde de la guerra civil es tan solo una coincidencia lingüística macabra.

Un rincón en el fin del mundo

La modalidad preferida de represión de un régimen que se consideraba agrario y rural era el destierro al campo. Ridvan Dibra es un escritor y profesor represaliado por defender en público al gran poeta Gjargj Fishta, monje franciscano, y desterrado a una zona remota, a un pueblo sin nombre llamado simplemente Aldeíta. Situado a ocho horas andando del último cruce de carretera, era un lugar mísero hasta para los estándares albaneses al que este intelectual llegó preparado para morir de pena, pero se dio cuenta de que estaba tan apartado de todo, poblado por gente tan desesperada y con tan poco interés por cualquier cosa que no fuera la supervivencia, que había una biblioteca llena de clásicos y de libros prohibidos que nadie había tocado. Los libros le salvaron la vida. Una buena forma de terminar este retrato de los horrores de Hoxha y sus secuaces.

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