Mastropiero sigue componiendo

La herencia de Masana, Rabinovich y Mundstock continúa alimentando a Les Luthiers, un proyecto artístico asentado desde 1967 en el humor, la música y la elaboración de instrumentos estrafalarios

Tato Turano (al piano), Carlos López Puccio, Martín O’Connor, Jorge Maronna, Tomás Mayer-Wolf y Roberto Antier, representando la zarzuela 'Las majas del bergantín'
Tato Turano (al piano), Carlos López Puccio, Martín O’Connor, Jorge Maronna, Tomás Mayer-Wolf y Roberto Antier, representando la zarzuela 'Las majas del bergantín' /

La muerte de Marcos Mundstock este miércoles, 22 de abril, llenó de consternación a la familia Les Luthiers. Algunos de los miembros del grupo ya han llorado; y otros, los más serenos, dicen que están a punto de hacerlo. A todos ellos los sostiene en pie un aluvión de mensajes y llamadas de condolencia. Mientras tanto, el eterno Johann Sebastian Mastropiero sigue componiendo, y espera paciente a que alguien lo reclame de nuevo a escena, tal vez cuando el dolor por la pérdida de Mundstock se transforme en la fuerza necesaria para mantener su legado.

Mastropiero carece de principio y de final. Ha vivido en diversas épocas y mostró su discutible talento en los más variados géneros musicales. Nació un 7 de febrero, pero no se sabe de qué año. Ni siquiera de qué siglo. Y siempre sirvió de inspiración a Les Luthiers, que gracias a su ayuda recibieron en 2017 el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Este músico inusual hubo de superar las muertes de Gerardo Masana, que falleció con 36 años, y de Daniel Rabinovich, que se marchó por otros mundos a los 71. Ahora se ha de enfrentar a la de Marcos Mundstock, a los 77. Fue Mundstock precisamente quien le dio ese raro apellido porque le parecía propio de un mafioso. Y después, entre él y sus compañeros configuraron la idea de este descreído compositor ecléctico y a la vez pasional, capaz de crear lo mismo “arias” que “semitas”; y que tuvo tantos hijos que su esposa, Rebeca, llegó a creer que algunos no eran de ella.

La fuerza de Mastropiero como producto de la imaginación le permitió amoldarse a cada uno de los siglos que le tocó vivir: compuso óperas y operetas, cantos y cantatas, sones y sonatas, serenas y serenatas… Y también sinfonías, madrigales, chacareras, boleros, merengues o bandas sonoras.

Porque Mastropiero, como Les Luthiers, es sobre todo una idea, y las ideas no dependen de la vida ni de la muerte. El grupo constituye entonces un proyecto que trasciende a sus creadores y que podrá sobrevivirles, algo que sólo suelen conseguir los teatros, los museos y los clubes de fútbol.

El conjunto argentino, fundado en 1967 y caracterizado tanto por su humor verbal y musical como por sus instrumentos inauditos, se había preparado desde hace años para superar un momento como este. De hecho, venía actuando desde febrero de 2019 sin la presencia de Mundstock, y contaba con regresar en octubre a España, donde hubo de interrumpir su gira de hace unas semanas al decretarse el estado de alarma.

La formación cuenta en la actualidad con Tato Turano, Martín O’Connor, Roberto Antier y Tomás Mayer-Wolf, quienes durante años viajaron habitualmente con Les Luthiers como reemplazantes en sus giras internacionales, dispuestos siempre a saltar desde el banquillo para cubrir cualquier lesión de los titulares. Y además siguen en el conjunto Jorge Maronna (el único miembro fundador que permanece) y Carlos López Puccio (que ingresó en 1969). Ambos, según fuentes del grupo, ya habían compuesto nuevas canciones y escenas para el próximo espectáculo que, aunque condicionados por la pandemia, programaron estrenar en enero de 2021 en Argentina con tres cuartas partes de creaciones inéditas.

Este camino de continuidad no se ha improvisado ahora. El 8 de octubre de 2015, se reúnen en un camerino del Auditorio de Oviedo -donde iban a actuar unas horas después- Marcos Mundstock, Jorge Maronna, Carlos López Puccio y Carlos Núñez Cortés, quien ya había anunciado a sus compañeros que deseaba jubilarse en 2017, cuando el grupo cumpliera 50 años en escena (en 1986 salió también voluntariamente Ernesto Acher, tras 15 años como luthier). Ocho semanas antes había fallecido Daniel Rabinovich, y necesitaban una reflexión conjunta sobre cómo afrontar el futuro y las hipotéticas bajas que algún día habrían de producirse. La conversación avanza cordial, y todos están de acuerdo en que los reemplazantes vayan cobrando ya mayor protagonismo, incluso sin lesiones de los titulares, y en que, como ya defendía su compañero Daniel, la idea y el estilo sigan en marcha siempre, incluso con franquicias o con distintos elencos como sucede con El Circo del Sol o Mayumana.

El sistema ideado entonces ha sido un éxito. Martín O’Connor y Tato Turano (quien había sido suplente durante 15 años) se repartieron los papeles de Rabinovich; y Tomás Mayer-Wolf se metió en la piel de Núñez Cortés. Incluso intercambió distintas funciones con Turano, porque ambos dominan varios instrumentos y todos los registros musicales posibles. En su etapa como reemplazante, Turano había llegado a sustituir a todos los miembros del grupo. De uno en uno, claro.

Ese plan hizo más fácil que durante el año largo en el que la enfermedad afectó a Mundstock (desde febrero de 2019), Roberto Antier ocupara su lugar, como ya ocurrió en las últimas actuaciones en Madrid, hace seis meses. La vinculación emocional de los viejos seguidores de Les Luthiers con sus fundadores no desaparecerá nunca, seguramente, y los echarán de menos en cada función, pero la experiencia de estos últimos años ha permitido comprobar que los guiones originales, la estructura del espectáculo y las interpretaciones musicales consiguen que los aplausos y las risas se desaten en los mismos pasajes y casi con idéntica duración.

Les Luthiers se han convertido así en una fascinación colectiva, en un concepto del espectáculo que vive por sí mismo independientemente de los actores que lo representen (siempre que éstos se hallen a la altura de las exigencias escénicas y musicales). La figura imaginaria de Mastropiero compendia todo eso, con sus aventuras personales y musicales, con esa curiosa formación vital que, según contaba Mundstock al presentarlo, había recibido de forma autodidacta: “Mastropiero pasaba largas horas en la biblioteca de la opulenta marquesa de Quintanilla, cuyos volúmenes lo apasionaban”.

Ahora el grupo está sobrecogido. Se les ha ido para siempre su hermano Marcos Mundstock, ese genio a quien los chistes se le caían de los bolsillos con la habilidad del mago: por mucho que los vaciase, siempre los tenía llenos. Pero las ideas y el estilo que les dejó en herencia siguen en ellos para reactivarse con la sola evocación de su memoria. Mastropiero los espera.

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