La crisis del coronavirusOpinión
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Un acto de libertad

La fragilidad de las industrias culturales antes y durante esta crisis no parece requerir su contribución apuntalando fantasías de gratuidad

Una familia ve un concierto de Silvia Pérez Cruz en Instagram.
Una familia ve un concierto de Silvia Pérez Cruz en Instagram.Álvaro García / EL PAÍS

Unos días atrás, la librería zaragozana Cálamo anunció que suspendía una venta en línea con la que algunas librerías esperaban por entonces reducir el terrible impacto de la reclusión forzosa. “Conocemos a los repartidores, los vemos y saludamos todos los días: sufrimos por ellos. Además de cobrar una miseria por las entregas que realizan, merced a la presión de los grandes operadores del comercio electrónico, ahora están obligados a seguir trabajando sin medidas de seguridad merecedoras de tal nombre”, decían sus responsables en un boletín.

Cálamo fue (al parecer) la primera librería española en tomar esa decisión; sobre la forma en que la situación actual va a impactar en la existencia de librerías no solo en nuestro país es poco lo que se puede decir y lo mismo vale para las editoriales, en particular para las pequeñas y medianas, cuya actitud ante la crisis ha ido desde el business as usual a instrumentar maneras de apuntalar su vínculo con los lectores. Bajo el hashtag #YoMeQuedoEnCasaLeyendo varias editoriales españolas han puesto a disposición de sus lectores ya la descarga gratuita de obras de su catálogo, por ejemplo; pero sobre la medida (generosa como es) planea la sombra de una objeción relacionada tanto con la forma como con el fondo de la iniciativa.

Por una parte, porque en la mayoría de los casos obtener los libros “regalados” no es posible sin registrarse como usuario en su plataforma de venta o en Apple, Google Play o Kobo, lo que supone ceder a estas empresas nuestros datos y aceptar recibir su publicidad de forma indefinida, o (peor aún) en Amazon, la tienda en línea del gigante tecnológico que constituye una de las principales amenazas actuales al (muy frágil) negocio del libro no solo en Estados Unidos, donde ya controla en torno al 50% del mercado.

Por otra parte, porque la entrega gratuita de libros (una vez más, generosa como es) supone un problema de fondo, relacionado con la noción de valor de la literatura y, en general, de la producción artística, ya que, desde hace años, muchas personas consideran la cultura algo parecido a un recurso natural que debería obtenerse gratis. Quienes exigen la “gratuidad” de los bienes culturales se equivocan, sin embargo: no hay nada gratuito en el consumo cultural de nuestros días, solo un acelerado e indefectible desplazamiento de su retribución económica, que pasa de los creadores (escritores, cineastas, músicos, productores, editores, montajistas, actores, actrices, traductores, correctores, galeristas: la lista es larga) a las compañías que ofrecen el acceso a Internet sin el cual ese consumo no es posible.

Ninguno de los libros regalados resulta gratuito a quienes lo obtienen, que pagan con sus datos y con su factura de telefonía, así como con la adquisición del aparato electrónico sin el cual no es posible disfrutar del “regalo”, y no parece haber nada solidario en ello, al menos no de parte de todos los implicados. Sobre la idea de regalar libros opera el problema esencial del valor, además: tendemos a creer que lo que es gratuito no vale nada, con todas las implicaciones que eso tiene.

Las industrias culturales no serán las mismas después de que la situación de excepción que vivimos deje lugar a una nueva normalidad, como quiera que esta sea; muchos de quienes trabajan en ellas perderán su empleo y una gran cantidad de editoriales tendrá que echar el cierre, desafortunadamente, así como muchas librerías, cines y teatros; muchos proyectos personales se verán interrumpidos quizás para siempre y no habrá muchos dispuestos a apostar por productos culturales que no sean extremadamente comerciales, con la previsible devaluación de su calidad y la desaparición de una diversidad de voces que resultará más necesaria que nunca. "La fragilidad de las industrias culturales antes y durante esta crisis parece ser tan grande ya como no para no necesitar que esas mismas industrias contribuyan a ella apuntalando fantasías de gratuidad y poniendo una vez más sobre la mesa preguntas como por qué los libros cuestan lo que cuestan, qué papel juegan los distribuidores en todo ello, por qué razón debería haber librerías si todo puede ser adquirido ya en alguna tienda electrónica, por qué los creadores deberían cobrar por algo que les gusta hacer, por qué razón no podemos dejar la oferta de bienes culturales al libre juego de la oferta y la demanda, etcétera.

Muy por el contrario, la reclusión forzosa y la imposibilidad consiguiente de visitar museos y bibliotecas, comprar en librerías, ir al cine o al teatro, a escuchar un concierto o ver tocar a alguien debería hacer que todo ello se nos aparezca como lo que realmente es, un acto de libertad que nos singularizaba como individuos, algo que nos ofrecía, en el peor de los casos, entretenimiento y, en el mejor, una manera de ver el mundo con ojos siempre nuevos. No poder hacerlo estos días debería ayudarnos a recordar todo ello y a esperar el momento en que esa libertad nos sea devuelta.

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