La polémica colección de arte de Puigdemont

El legado de Santos Torroella, bajo investigación judicial en Girona, contiene cartas inéditas de Hemingway, Giacometti, Tzara, Matisse, Breton y Éluard a Joan Miró

Ernest Hemingway, en 1937 en una expedición de caza en África.
Ernest Hemingway, en 1937 en una expedición de caza en África.Hulton Archive / Getty Images

La colección de arte del crítico Rafael Santos Torroella (Port Bou, 1914 — Barcelona, 2002), comprada por el Ayuntamiento de Girona en el 2014 cuando Carles Puigdemont era alcalde, está en el centro de un embrollo judicial. La juez de Girona que ha instruido el fraude del agua en la ciudad, que incluye la investigación de la compra de la colección de arte, ha enviado la causa a mediados de febrero al Tribunal Supremo para que decida si investiga a Puigdemont, aforado por su condición de eurodiputado, por si hubiese incurrido en alguna ilegalidad al emplear en la adquisición de las obras dinero que tenía que ser destinado a la red de aguas de la ciudad. El mundo independentista cree que la denuncia que desencadenó la instrucción, presentada por la CUP en 2015 y que involucraba a la empresa de aguas Agissa, participada en un 20% por el consistorio y en el 80% restante por Girona, SA, (CaixaBank, Agbar y FCC-Aqualia), puede derivar en la extradición del expresidente Puigdemont, prófugo por delitos relacionados con el referéndum independentista de 2017, declarado ilegal por la justicia.

La colección, que ya quiso comprar el alcalde socialista Joaquim Nadal en 2001, consta de 1.240 piezas, y contiene obras de Picasso, Picabia, Miró, Dalí, Lorca, Millares, Tàpies, Ángeles Santos y Maruja Mallo, entre otros. Mientras se resuelve la creación de un Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, están depositadas en los almacenes del Museo de Historia de la ciudad, lo que no impidió que en 2016 se prestara obra al Reina Sofía para la exposición Campo cerrado. Arte y poder en la posguerra española. 1939-1953.

El archivo, que fue donado por la familia al consistorio, es clave para documentar la obra de Dalí, Lorca y Miró, y la historia del arte de vanguardia durante los años de plomo del franquismo. En el 2017 el Ayuntamiento digitalizó y colgó en la Red el extraordinario fondo de la Galería Dalmau, que formaba parte del archivo. Tres técnicos están catalogando los papeles, dedicando especial urgencia a la revista Cobalto (1947-1950), los encuentros de la Escuela de Altamira en Santillana del Mar y los congresos de poesía de Segovia (1952), Salamanca (1953) y Santiago de Compostela (1954). Ya han surgido las primeras sorpresas. EL PAÍS ha tenido acceso a una veintena de cartas dirigidas a Miró por Matisse, Éluard, Max Jacob, Hemingway, Breton y Tzara, entre otros. De ellas, Santos Torroella, que catalogó la correspondencia de Miró, solo publicó en 1950 una carta de Max Jacob (1921), mientras que en la biblioteca Kandinsky de París hay copia de una dura carta de Breton (1948). Es importante la carta en la que Max Jacob contacta por primera vez con el artista durante su segundo viaje a París. Está fechada el 22 de febrero de 1921: “Como estoy muy ocupado, he reservado un día para recibir a mis amigos. Yo estoy todos los martes por la tarde en el 2 Rue Lamarck en el café de la Savoyarde, al pie de Sacré Coeur y en lo alto del funicular. Será un placer conocerle porque le envía mi excelente amigo Raynal”.

Uno de los grandes hallazgos es la carta que Hemingway envía a Miró el 10 de octubre de 1930 desde L-T Ranch, en Cooke City (Montana), para felicitarle por el nacimiento de su hija Maria Dolors. Hemingway se ha quedado solo, pues su esposa, Pauline, había ido a Nueva York a embarcar hacia París a Bumby, el hijo que tuvo con Hadley Richardson: “Yo me quedo para intentar acabar el libro que hago”. El libro es Death at the Afternoon, en el que hay un pasaje en el que relata los días que el verano anterior pasó en la masía de Miró en Mont-roig.

“Muy buena caza”, prosigue Hemingway, “aquí, he matado dos osos enormes, que se habían comido más de veinte cabezas de ganado, vacas, etc., antes de que los matara. También muchas perdices. Un wapiti (especie de enorme ciervo que pesa 1.100 libras), un muflón de las Montañas con hermosos cuernos, y otras bestias. Yo aún cazaré el oso unas semanas, cuando Dos Passos haya llegado [… ]. Como ves, ¡escribo en francés peor que nunca!”.

Le da noticias del amigo común, el poeta estadounidense Evan Shipman, a quien le ganó en una partida de dados el derecho a comprar uno de los cuadros fundamentales de Miró, La masía, y la emprende con Gertrude Stein: “Está muy bien que Gertrude Stein se digne por fin a amar tus cuadros, pero no te fíes mucho de ella. Es una mujer encantadora, de gran inteligencia, pero muy poco fiel a sus amistades y sus preferencias. Ella apuesta siempre por los ganadores. Hace algunos años ella tocó muchos ganadores en la pintura, como sabes bien, pero ahora apuesta por los Tchelitchew, los Tornay, etcétera, etcétera. Todos los pompiers homosexuales, y ella ha hecho lo mismo y peor en la literatura. Hoy en día, siempre que un tipo sea suficientemente joven, nada feo y sepa hacer cumplidos, ella encontrará siempre algo bueno en su pintura, sus escritos, etc.”. “Yo creo”, le dice, “que ha perdido su buen ojo en la pintura, pero me alegra que haya rectificado y empiece a amar tus obras. Ha escrito cosas buenas, muy buenas, enormes. Es una gran escritora, una de las mejores de todas. Pero basta ya de críticas”.

“Añoro mucho París”, escribe. “Aquí se está muy bien, se vive verdaderamente y amo el paisaje, la caza y la pesca. La gente es también muy simpática y bebemos juntos bien, pero por la tarde, a las 5, me falta ir a los cafés, ver a los burgueses tomar el aperitivo después de haber engañado a sus mujeres, a los malos pintores, los peores escritores, los negros de permiso, los maricas, las putas, las amantes que esperan, las amantes esperadas, los malditos paisanos y paisanas y mancillarme lentamente con los Jerez leyendo L’intransigeant, Paris-Soir y en fin el Paris-Sport completo antes de cenar”.

Escultura negra

También le explica sus planes con su editor: “En primavera volveremos a París. Yo voy a África (Sud occidental) con MacLeish y algunos otros buenos amigos, una expedición financiada por un director del Museo Metropolitan de Nueva York (ni una palabra de esto). ¡Cazaremos leones, elefantes y escultura negra! Así que espero verte antes de no demasiado tiempo, pues pasaremos por París y después partiremos desde Marsella”. Pero sus planes no se cumplieron. Cuando acompañaba en auto a Dos Passos a la estación se fracturó el brazo derecho.

El archivo contiene el manuscrito original de Paul Éluard Naissance de Miró, cartas de Gómez de la Serna (“Estamos dedicados a parecido atisbo de los cielos y del fondo de la tierra”) y otra de Henri Matisse en la que le agradece el envío de un artículo sobre su obra (“Por desgracia no sé español”). Más reveladora es una misiva que le envía Tristan Tzara el 9 de febrero de 1931: “Temo”, escribe el poeta dadaísta, “haber estado, el otro día, demasiado fatigado para expresarle la dicha real que me han producido sus esculturas, y de no haberle agradecido suficientemente habérmelas enseñado. Me ha rejuvenecido al menos 10 años ver que existe aún la posibilidad de una obra escandalosa y doy a esta palabra todo su valor de juventud y de verdadero derrumbe del sistema emocional y estético. Me alegra que tenga en usted esa reserva que le evitará siempre deslizarse por la pendiente peligrosa. Con toda admiración y simpatía”.

Desoladoras son las cartas que reflejan la profunda crisis que el crash de 1929 originó en el mercado de arte de París. “Léonce”, escribe Christian Zervos, “se ha visto obligado a vender sus muebles y abandonar su apartamento para vivir en la galería… Hay entre los pintores y escultores una miseria como no había visto antes”. El influyente crítico Carl Einstein, el amigo de Picasso, Bataille y Leiris, es aún más dramático: “Lo nuevo ha muerto… falta coraje en su oficio y usted lo tiene”. Y en otra: “Hay una crisis moral de primer orden. No sorprende vista la corrupción palpable de los intelectuales. Una actividad que solo existe si la imaginación está envuelta en billetes de banco”. En 1935, el crítico piensa en el suicidio y pide ayuda a Miró para trabajar en España. El artista le envía 500 pesetas. Durante la Guerra Civil se enrola en la Columna Durruti y en 1940 en Francia se arrojó desde un puente para no caer en manos de las tropas nazis.



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