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CAFÉ PEREC COLUMNA i

El terror en un puñado de polvo

En los últimos días no he podido olvidarme de 'A Handful of Dust', la exposición del británico David Campany cuyo leitmotiv era el polvo

La obra 'Fait #20' (detalle) de Sophie Ristelhueber, de 1992.
La obra 'Fait #20' (detalle) de Sophie Ristelhueber, de 1992.

Quizás nada habría sido igual sin el fino polvo gris que cruza por la primera imagen de La jungla del asfalto, de John Huston, o sin aquel verso de T.S. Eliot a propósito del mundo de entreguerras ("Te mostraré el miedo en un puñado de polvo"), o sin esa certeza que Kubrick aconsejaba no recordar si deseábamos desesperarnos: nuestras vidas son solo microbios fugaces sobre motas de polvo.

El caso es que en los últimos días no he podido olvidarme de A Handful of Dust (Un puñado de polvo), la exposición del británico David Campany que hace dos años vi en la sala Whitechapel, al norte de Londres: un recorrido por las últimas décadas de la historia a través de imágenes, cuyo leitmotiv -como material, pero también como implacable metáfora del tiempo, de la mortalidad o la devastación- era el polvo. 

Aquella exposición de Campany concluía con una de las fotografías que Sophie Ristelhueber realizara tras la Guerra del Golfo, en el desierto de Kuwait. En ella, el punto de vista elegido destruía cualquier noción de escala (como ya hiciera Man Ray en 1920 en el estudio de Duchamp con su icónica Cultivo de polvo) logrando así que el espectador viera, en lugar de material bélico escacharrado, los restos polvorientos, por ejemplo, de lo que podría ser una nave espacial.

Si en su momento Cultivo de polvo (Élevage de poussiére) fue considerada una pieza visionaria, cuya ambigüedad, además, facilitaba que se la pudiera insertar en el hilo de las más diversas historias, lo mismo pasaba con aquella imagen de Ristelhueber que cerraba la exposición de Campany. La prueba: esa fotografía, estos días, sirve en la misma Whitechapel de punto de partida de Casa vacía del estornino, la muestra que, patrocinada por La Caixa, dirige el gran novelista británico Tom McCarthy.

En Casa vacía del estornino la imagen de Ristelhueber tiene un aire menos 2001 y se asemeja más a una lámpara gigante y rota fabricada por humanos; una lámpara que nos va introduciendo en el núcleo central de la propuesta de McCarthy: la existencia de un sistema de control y vigilancia que pensamos que controla peligrosamente nuestras vidas y en realidad tiene severos defectos de fabricación.

El sistema tiene fallos, nos indica de entrada la lámpara inservible, y nos va relacionando con el paisaje de destrucción que ha dispuesto McCarthy en una Whitechapel cargada estos días de estructuras de hormigón vacías, de latas circulares que contienen grabaciones y muestran su viejo contenido colgando allí inútiles, sin ningún aparato capaz ya de reproducirlas. Se percibe enseguida que, más que prolongar A Handful of Dust, Tom McCarthy ha buscado decirnos que en realidad el horror que percibiera con tanta lucidez Kafka no procedía de nuestro supuestamente perfecto sistema de control, sino del descubrimiento de que este tiene fisuras y ni siquiera funciona bien, lo que nos expone a un terror todavía superior y que seguramente en sueños ya hemos visitado. ¿O acaso alguien no se ha visto ya alguna vez sin luz, condenado al puro bucle de la lámpara gigante y rota?

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