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CAFÉ PEREC COLUMNA i

El fin (por fin) de un cliché

'M', una nueva biografía sobre el escritor Herman Melville, es una obra que despliega una fuerte "creación negativa", lo que podríamos llamar "oscura creación por supresión"

El escritor Herman Melville (hacia 1880).
El escritor Herman Melville (hacia 1880).

El apellido paterno de Herman Melville era en realidad Melvill. Y en la biografía que ha escrito el argentino Eric Schierloh el apellido queda simplemente en M; no puede verse más reducido y, de hecho, acaba siendo el título del libro: M.

M es tanto una oblicua reconstrucción de los oscuros años en los que nuestro escritor se volvió invisible dentro de su propia ciudad natal como una biografía "adulterada" en la que Schierloh se las apaña para montar un artefacto literario inquietante, un relato entrecortado -a veces influenciado por David Markson-, urdido a base de fragmentos de cartas, de rumores, de anotaciones de M encontradas en libros de su biblioteca, de breves documentos periodísticos, y hasta de láminas de vida descritas en presente y difíciles de probar, como las de esta línea, por ejemplo: “M compra un libro”. O como la de ésta otra, de 1866: “Tumbado en el pasto, M contempla el cielo cubierto de nubes, y acaso ve en las nubes formas extrañas”. Y añade Schierloh: “Pero esto M no lo comenta con nadie”.

Aunque M trata de eludir la ficción, en realidad acaba viendo cómo esta se sitúa en primer plano (como ocurre con el Herbert Quain de Borges), sobre todo a partir del momento en que se nos dice que una buena mañana el biografiado sale de un lúcido sueño y escribe una lapidaria nota: "Tras esto me desperté y desprecié la popularidad". Ahí se inicia un vértigo, y aparece la gran red de los sinsabores de toda vocación literaria y, además, comienzan a creerle muerto. "¿Dónde está M?", se pregunta en 1868 un periódico de Nueva York. La biografía, M, lo abrevia o desplaza todo, y hasta elude -ya era hora y qué gran peso me han sacado de encima- el cada día más insufrible cliché melvilliano del "preferiría no hacerlo", ese topicazo que Schierloh sabe evitar con el mismo talento con el que sortea en cada línea de su relato cualquier idea de plenitud, consciente de la necesidad de huir de esas biografías clásicas en las que sólo encajan las vidas logradas.

En fin. Otra de las gracias de M reside en el manejo de un "arte de la constricción" que no busca precisamente darle un cuerpo positivo a un fantasma, sino más bien cercar el vacío y dibujar así, en negativo, las formas de lo indecible. Y es que M (Eterna Cadencia, 2019) es una obra casi oulipiana (a veces Perec puro) que despliega una fuerte "creación negativa", lo que podríamos llamar "oscura creación por supresión", un movimiento gracias al cual, sabiendo menos, acabamos sabiendo mucho más de M de lo que hasta ahora habíamos alcanzado a saber con el resto de sus biógrafos. Y al final es como si sólo la ficción aplicada a la historia de una vida fuera capaz de alcanzar verdaderamente la verdad.

Memorable el último documento del libro, esa línea rescatada de una carta de M a John Murray, marzo de 1847, una línea que parece decirlo todo: "Puedo asegurarle que en verdad existo". Ahí reímos, claro. Quizás porque la frase nos recuerda que la perspectiva de tener un biógrafo no ha disuadido jamás a nadie de tener una vida.

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