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Mafra, el sueño de un rey megalómano

45.000 personas trabajaron en la construcción del palacio portugués, declarado recientemente Patrimonio Mundial de la Unesco

palacio mafra
Vista cenital del interior de la basílica de Mafra y de cuatro de sus seis órganos.

Hoy los cumpleaños se resuelven soplando velas, pero en 1730 el rey João V quiso celebrar su 41º aniversario inaugurando una basílica. El capricho no era fácil de cumplir pues entonces la Iglesia reservaba las consagraciones al domingo y el monarca portugués no estaba dispuesto a esperar seis años más a que su cumpleaños cayera en festivo. Para darle gusto, se pusieron a la faena 45.000 personas llegadas de toda Europa. Así se pudo inaugurar la basílica de Mafra, eje central de un conjunto que reúne palacio, convento, biblioteca y bosque, fastuosa obra arquitectónica que la Unesco declaró Patrimonio Mundial el 7 de julio, junto al santuario del Buen Jesús, en Braga.

La impaciencia del monarca también fue el origen de Mafra, ubicada a 40 kilómetros de Lisboa. Con 22 años y tres de casado, le preocupaba la falta de descendencia, así que le prometió a Dios un convento a cambio de un hijo. Dicho y hecho, en 1711 tuvo el primero y seis años después colocó la primera piedra. Era un convento para 13 padres, pero acabó ampliándolo para acoger a 300, quizás porque Dios no paraba de enviarle hijos (seis), ilegítimos aparte.

Exteriores del palacio de Mafra.
Exteriores del palacio de Mafra.

“La excepcionalidad de Mafra no es su mobiliario, sino su unidad arquitectónica”, dice su director, Mário Pereira. “El mismo equipo de arquitectos inició el proyecto en 1717 y lo acabó en 1730; el mismo rey colocó la primera piedra y asistió a la consagración de la basílica. Y todo se conserva igual”, afirma.

Se accede por un atrio cuajado de santos de mármol esculpidos con la perfección y el detallismo de un sastre de alta costura. Se puede adivinar el tejido de cada una de ellas, los finos bordados de San Vicente o la basta saya de Santa Teresa. Fuera de Italia no hay mayor grupo escultórico de barroquismo italiano que el de Mafra. El rey buscó lo mejor de lo mejor sin límites fronterizos. Las maderas de Brasil, la tapicería flamenca y todas las esculturas (58) de Italia. En salas cerradas al público se almacenan bajorrelieves de yeso y un Cristo gigantesco en madera, bellísimos todos. “Con las prisas del rey, muchas esculturas no llegaron a tiempo de la inauguración y se colocaron estas réplicas que, por tanto, son las originales”, cuenta Pereira mientras camina por escaleras principescas o soldadescas, en total 157. Todos los números de Mafra son igual de disparatados: 39.000 metros cuadrados de edificación, 21.000 metros de conducciones acuíferas, 1.100 hectáreas de bosque para la cinegética.

El salón de caza se adorna con cientos de cornamentas; astas de cervatillos forman los respaldos de las sillas. “Para la reciente restauración de un canapé se necesitó la piel de siete gamos”, sostiene Pereira. “Fue pagada por el matarife del pueblo que, después de un concierto en la basílica, se quedó impresionado y nos preguntó cómo podía ayudar”.

No extraña ver a gente vestida del siglo XIX caminando por el pasillo de los divorcios, que no se llama así claro, pero podría. Es el corredor de 232 metros que separa —decir que une sonaría extraño— el torreón de la reina y el del rey. “Otra singularidad. No era normal en la época, pero así se diseñó de origen”. Cada uno con su propia capilla, cocina y excentricidades. Durante la visita, los figurantes saludan. “Son vecinos del pueblo que voluntariamente pasean por el palacio y contestan preguntas de los visitantes”, aclara Pereira.

Bula para libros prohibidos

Los suelos de miles de metros de pasillos y los centenares de salas tienen mármoles rosas, azules y blancos; todos con motivos geométricos distintos, labrados por canteros con manos de orfebres. “No se repite un solo dibujo”, asegura. Uno de los suelos más impresionantes es el trenzado de la biblioteca. “Aparte de su dimensión estética, tiene un valor único por concentrar el saber de los siglos XVII y XVIII. El rey encargó libros por toda Europa”. Son 36.000 volúmenes que se conservan igual que muestra el catálogo realizado en 1755. El papa Benedicto XIV concedió al rey una bula para adquirir libros prohibidos y por eso aquí descansan obras de Galileo y de Gil Vicente.

Vista de la biblioteca, autorizada por el Papa para coleccionar libros prohibidos.
Vista de la biblioteca, autorizada por el Papa para coleccionar libros prohibidos.

Pereira abre puertas con pesadas llaves sin que rechinen los herrajes originales; de salas con paredes de trampantojos y paños dorados se accede a otras encaladas y desnudas. Es la enfermería del convento, con su cocina original y sus ollas de cobre con el logotipo de Mafra. Si en el palacio el rey Manuel II arrambló con todo cuando tuvo que irse para Brasil, el convento se conserva como en el siglo XVIII, con su original capilla para moribundos y sus 16 habitáculos con su camastro para que el enfermo pudiera asistir a la misa.

Llamar al cielo es fácil aquí. Mafra cuenta con dos carillones, de 49 campanas en cada torre, fundidas en las mejores fábricas belgas, las más grandes, de 12 toneladas. En principio, iba a ser un solo carillón, pero el rey, apodado El Magnánimo, se quedó ofendido porque le recordaran su altísimo presupuesto y respondió como uno de Bilbao: “Por ese precio, póngame dos”.

Vecinas de Mafra vestidas a la usanza del siglo XIX para atender a los visitantes.
Vecinas de Mafra vestidas a la usanza del siglo XIX para atender a los visitantes.

Los carillones disponen de enormes cilindros musicales para interpretar melodías mecánicamente, diferentes cada 15 minutos; un enjambre de cuerdas se encarga del toque manual. “Es el mayor patrimonio mundial de campanas. En la restauración no ha sido necesario sustituir ninguna pieza, solo limpiar”.

“Solo aquí se puede vivir esta experiencia, música compuesta para una orquesta de seis órganos, con 2.000 tubos cada uno, de 24 milímetros el más pequeño, de 6,7 metros el mayor”

Mafra no se acaba nunca. Tras dejar el bosque, el museo de esculturas replicadas, los centenares de celdas del convento ocupadas por el Ejército desde la expulsión de las órdenes, se puede volver al atrio de la basílica. Tan solo el primer domingo de cada mes suena la música de sus seis órganos, otro argumento —por si faltaban— para considerar Mafra Patrimonio Mundial. “Solo aquí se puede vivir esta experiencia, música compuesta para una orquesta de seis órganos, con 2.000 tubos cada uno, de 24 milímetros el más pequeño, de 6,7 metros el mayor”.

Silla de la sala de caza del palacio.
Silla de la sala de caza del palacio.

Pereira, que lleva 11 años al frente del conjunto, sueña con un reluciente tercer centenario de Mafra, allá por 2030. “Me gustaría que mi legado fuese la limpieza total de la basílica”. Hasta entonces, el templo seguirá recibiendo luz natural con un ingenioso sistema de claraboyas en diagonal, pero aún así las columnas de mármol de Carrara, los ricos candelabros y la orfebrería del altar palidecen por los años. Cuentan que el rey fue cuestionado por los gastos de Mafra. “¿No está saliendo muy cara la obra?”, le dijeron. “El palacio, no”, contestó, “los adornos, quizás sí”.

Los centros portugueses patrimonio de la humanidad

El Patrimonio Mundial de la Humanidad integra 1.092 localizaciones de 167 países. Con las dos nuevas distinciones, en Portugal hay 17; de ellas, cinco son de origen religioso: el monasterio de los Jerónimos, en Lisboa; el monasterio de Batalha; el convento de Cristo, en Tomar; el monasterio de Alcobaça y el santuario de Braga. Cinco son centros urbanos: Angra do Heroísmo, en isla Terceira, Azores; Guimarães, Elvas, Évora y Oporto con su puente Luis I y el monasterio de la sierra del Pilar. Cuatro son paisajes: los viñedos del alto Duero y los de la isla de Pico, en Azores; la sierra de Sintra y el bosque de laurisilva de Madeira. Completan la lista el arte rupestre de Vale do Côa y la antigua universidad de Coimbra. Mafra es el único palacio reconocido.

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