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CRÍTICA | GÉNESIS CRÍTICA i

Luz y sombra del deseo

El director quiere contar la súbita manifestación de la chispa del primer amor entre dos miradas situadas en los extremos opuestos

Genesis
Théodore Pellerin y Noée Abita, en 'Génesis'.

En el curso de una fiesta, la música se eleva y los invitados van agrupándose en parejas formando una constelación de intimidades danzantes, pero la cámara sigue, de manera ceremoniosa, los paseos de Guillaume, el alto y desgarbado adolescente que se ha quedado fuera de esos juegos románticos, quizá porque su deseo no encuentra reflejo en el patrón normativo que rige la celebración. Después de una experiencia traumática y dolorosa en el exterior de la casa, una joven se reincorpora a otra fiesta, ajena y distante como una muerta viviente. La cámara sigue su paso sonámbulo, mientras, a fondo de plano, puede observarse a su acompañante masculino incorporándose, con despreocupada naturalidad, a una conversación. Ella no escucha las voces de otras invitadas que intentan reclamar su atención, porque ya está en otro lado, emprendiendo el largo camino a casa. En un campamento de verano, un grupo de monitores interpreta una canción alrededor de una fogata, mientras la cámara, con la exasperante lentitud de la mirada que avanza a la búsqueda de un significado, de una articulación de sentido, se mueve entre los grupos de niños situados a ambos lados de la acción. Poco a poco, resulta evidente lo que el director quiere contar: la súbita manifestación de la chispa del primer amor entre dos miradas situadas en los extremos opuestos de ese rotundo plano secuencia.

GÉNESIS

Dirección: Philippe Lesage.

Intérpretes: Noeé Abita, Théodore Tellerin, Édouard Tremblay-Grenier, Pier-Luc Funk.

Género: drama. Canadá, 2018.

Duración: 129 minutos.

Sirvan estos tres ejemplos para desvelar las estrategias del estilo del canadiense Philippe Lesage que, en Génesis, su tercer largometraje –el segundo permanece inédito en nuestro país: Copenhague A Love Story (2016)-, prolonga y refina los logros del que fue su impresionante debut Los demonios (2015). Si en esa ópera prima Lesange, formado en el documental, se sumergía en los miedos tangibles e intangibles que rodean a la infancia, en Génesis, el protagonista de esa película, Félix (Édouard Tremblay-Grenier), posible álter ego ficcional del autor, reaparece para protagonizar la sencilla coda que cierra la película: un desenlace aparentemente luminoso, pero condicionado por todo lo que hemos visto antes, que son las derivas paralelas de dos hermanastros por ese territorio de iniciación y autodescubrimiento donde el deseo da paso a las experiencias de la desconexión y la humillación.

Como en Los demonios, la película incluye un arriesgado cambio de punto de vista y la elegancia de las largas tomas en continuidad siempre parece anunciar la inminencia de algo perturbador. Lesange es un autor fundamental, totalmente imprescindible.

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