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ANÁLISIS i

Esa chica de ayer que nos gusta tanto

Una canción de amor intimista que Antonio Vega escribió en la mili se convirtió, con los años, por esos azares de la vida y del pop, en todo un símbolo de una época

Concierto del grupo Nacha Pop en Madrid, en 1988. Antonio Vega es el primero por la izquierda.
Concierto del grupo Nacha Pop en Madrid, en 1988. Antonio Vega es el primero por la izquierda.

1991, Chica de ayer fue elegida la mejor canción de la década de los ochenta por un grupo de productores, músicos, críticos y vendedores de discos en una encuesta reproducida en el libro Solo se vive una vez: esplendor y ruina de la movida madrileña, de José Luis Gallero Masnou. Es uno de los incontables reconocimientos de esta canción, considerada, desde entonces, una suerte de himno de una época. La he escuchado millones de veces y no sé por qué me gusta tanto.

El tema lo compuso Antonio Vega cuando estaba haciendo la mili en Valencia, con 20 años, en la playa de la Malvarrosa, adonde se fue cabreado con la guitarra una tarde después de recibir la bronca de un sargento en el cuartel y de que se le estropeara la moto. Fue la primera canción que escribió en su vida.

Relata la relación desasida (“Te acuestas a mi lado sin saber por qué”) de una chica rubia algo triste (“las calles mojadas te han visto crecer”) con un tipo que por un lado la rechaza (“vete a tu casa, no podemos jugar”) y por otro se obsesiona con ella (“mi cabeza da vueltas persiguiéndote”).

Años después, se supo que la chica que inspiró el tema se llamaba Matildela, que había nacido en Bilbao, que tenía 17 años cuando conoció a Antonio en una fiesta y que había trabajado de diseñadora de moda hasta que murió, a los 54 años. Todo demostrado. Pero no verdadero. Porque la Chica de ayer es otra, claro: una mujer sin biografía real que sigue jugando con las flores de un jardín.

El título es muy bueno. De eso no hay duda. Pero un título bueno no basta.

Destila una tristeza adolescente sin motivo, una melancolía que viene de alguna parte sin localizar. Pero esto no deja de ser también palabrería de articulista doblado en crítico literario de urgencia.

En su versión más canónica, la canción arranca con un bajo que camina solo durante dos compases hasta que se le suma un arpegio de acústica que da paso después al riff eléctrico y a la batería. Un esquema clásico de pop. Todo esto tampoco dice mucho, me parece. La produjo Teddy Bautista, que la calificó de “perfecta” en el libro 201 discos para engancharse al pop-rock español, de Fernando Neira y Tito Lesende. Es perfecta, sí, pero ¿por qué?

Es mejor rendirse. O hacerlo al revés: no explicar la canción, sino explicarnos a nosotros a través de ella. No sabemos por qué nos gusta, pero es revelador que una generación haya elegido como marca de toda una época una canción de amor que cuenta una historia sin final entre un tipo confundido que no sabe muy bien qué hacer y una chica rubia y triste que tampoco.

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