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Eduardo Arroyo, un autorretrato con mutaciones

Homenaje multitudinario al pintor en un acto conjunto del Prado y el Reina Sofía

Isabel Azcárate, en el homenaje a su marido, Eduardo Arroyo, entre Miguel Zugaza, director del Museo Bellas Artes de Bilbao, y José Guirao, ministro de Cultura y Deporte.
Isabel Azcárate, en el homenaje a su marido, Eduardo Arroyo, entre Miguel Zugaza, director del Museo Bellas Artes de Bilbao, y José Guirao, ministro de Cultura y Deporte.

“Yo soy uno que hace muchas cosas. Un pintor que escribe. Un pintor que hace objetos. Pero, en realidad, no soy nada más que un pintor que ha tenido una buena educación”. Así se definió Eduardo Arroyo en 2012, en la película de 24 horas dirigida por el editor Alberto Anaut en la que el artista dio un repaso sin cortapisas a su vida y a su tiempo. Y así lo recordaron ayer en Madrid, en casi todas sus facetas, cuantos participaron en el homenaje que le rindieron los museos del Prado y Reina Sofía, en un singular acto conjunto en el que intervinieron el ministro de Cultura y Deporte, José Guirao, y los directores del Reina Sofía, del Prado y del Bellas Artes de Bilbao, Manuel Borja-Villel, Miguel Falomir y Miguel Zugaza, respectivamente.

Falomir y Borja-Villel explicaron el vínculo del artista con ambos espacios. Por un lado su obra está presente en la colección del Reina y, actualmente, en dos de sus muestras temporales. Por otro, destacaron cómo la metapintura forma parte del universo de Eduardo Arroyo (Madrid, 1937-2018), quien se nutrió de los grandes maestros del Prado como dejó escrito en su guía Al pie del cañón. “Para él, el Prado era un melting pot, un lugar que rezuma modernidad por los cuatro costados. Nunca dijo que era el mejor museo del mundo, era demasiado cosmopolita para eso; pero sí que era la casa de todos los pintores y, por tanto, su casa”, recordó Falomir.

“La mayor parte de su trabajo tiene carácter autobiográfico. Su obra pintada, dibujada o escrita no deja de ser un cambiante autorretrato”, apuntó Zugaza, quien citó sus pinturas sobre Robinson Crusoe para hablar del sentimiento de náufrago que el artista sentía a mediados de los sesenta ante el panorama político en España.

Moscas, toreros, boxeadores y deshollinadores planearon ayer sobre las cabezas de los cerca de 350 asistentes al acto, Eduardo Arroyo. En recuerdo, que casi llenaron el auditorio 400 del edificio Nouvel del Reina Sofía. Entre ellos, dos personas que no quisieron hablar aunque tuvieran mucho que decir: Isabel Azcárate, su viuda, y su hijo Pimpi Arroyo.

Mientras que el pintor francés de origen haitiano Hervé Télémaque incidió en la capacidad de Arroyo para hacer política a través de la pintura y destacó su retrato de Winston Churchill, el director de la Maison de Balzac, Yves Gagneux, recordó la “elegancia moral y física del artista”. Por su parte, el escritor Félix de Azúa proclamó la capacidad de Arroyo para trabajar en ambos campos: “No aceptó nunca la iconoclastia moderna porque era tan buen escritor como pintor y mantuvo la dignidad de la palabra siempre separada de la imagen”.

Por su parte, Guirao, que habló en último lugar, recordó cómo conoció a Arroyo en Bruselas en 1985 junto a Goytisolo y Ullán, en un grupo al que unía su sentimiento de melancolía por la España que podía haber sido y no fue. "Cuanto más profunda era su raíz española, más difícil les resultaba respirar el aire de España durante la dictadura", recordó el ministro.

En el homenaje intervinieron también el pintor y cineasta Carlos García-Alix, los editores Joan Tarrida (a través de un vídeo) y Alberto Anaut, el escritor Bernard Michel, el artista italiano Bruno Bruni, la galerista Elvira González, el crítico de arte Fernando Castro Flórez, la coleccionista María Marsans y Fabienne di Rocco, colaboradora y biógrafa de Arroyo. Un memorial laico en el que han sobrevolado la admiración y la amistad que Eduardo Arroyo ha dejado entre quienes le conocieron.

Su última obra, algo que le preocupaba especialmente a partir de 2015 cuando tuvo un serio problema de salud, se titula El buque fantasma, y se muestra, junto a una treintena de óleos y esculturas, en el pabellón Villanueva del Jardín Botánico de Madrid, en una exposición que estará abierta hasta este domingo y en la que el espectador puede dejarse seducir por la arrolladora personalidad del artista no solo a través de sus obras, sino también gracias a la película Arroyo. Exposición individual.

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