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La mujer que dio su vida por capturar al Asesino del Estado Dorado

Obsesionada con la misteriosa figura, la periodista Michelle McNamara murió en 2016 víctima del estrés que le provocó el caso. Su trabajo fue esencial para atraparlo dos años después

Joseph James DeAngelo, ante el juez en abril.
Joseph James DeAngelo, ante el juez en abril. TNS

Esta historia empieza ya destripada. La protagonista está muerta y el asesino entre rejas. Ella es Michelle McNamara, periodista experta en crímenes que se obsesionó con la historia de este asesino y violador que aterrorizó a la población del norte de California desde 1976. Trece muertes, 50 violaciones y 42 años después, James DeAngelo fue capturado gracias al ADN de un primo que buscaba familiares en EE UU. Jubilado, vivía con su hija y su nieta en Sacramento. McNamara había fallecido dos años antes, en su cama, víctima de un ataque al corazón. En su sangre había Adderal, Fentanillo y Xanax, drogas prescritas con las que la periodista trataba de controlar su creciente ansiedad. “Es una paradoja terrible que muriera sin verlo capturado. Ella no quería fama o reconocimiento sino verlo entre rejas”, comenta a EL PAÍS el actor y cómico Patton Oswald, viudo de McNamara.

Un caso de novela, un true crime redondo

McNamara con su marido, Patton Oswald, en 2011.
McNamara con su marido, Patton Oswald, en 2011. FilmMagic

El caso tiene tantas aristas que el libro de McNamara, rematado a su muerte por el investigador principal Paul Haynes y el periodista Bill Jensen, es un milagro de concreción que, además, aporta otros datos esenciales hasta convertirse en un ameno manual sobre la evolución de la investigación criminal: realización de perfiles, mapeo de zonas de confluencia de crímenes, utilización del ADN, de la ciencia psicológica, etc. “Además leyendo libros como el Asesino sin rostro descubrimos que buena parte de los clichés de las ficciones policiacas en cualquier formato son espeluznantemente ciertas: por ejemplo, el violador y asesino en serie vigilaba las rutinas de sus víctimas y llegaba a entrar en sus casas aprovechando su ausencia para apoderarse de algún objeto con fines fetichísticos”, comenta Antonio Lozano. El resultado es un true crime que se lee como una novela.

“Lo que no menciono es lo incómodo que me ha resultado darme cuenta de hasta qué punto nuestra búsqueda frenética constituye un reflejo del comportamiento compulsivo del individuo al que buscamos”, confiesa la periodista en El asesino sin rostro (RBA), un relato sincero, escrito con un tono muy particular y gran amor por los matices, de la odisea investigadora de esta mujer que acumuló durante los últimos cinco años de su vida más de 3.500 archivos relacionados con el caso, escritos en cuadernos amarillos que nunca terminaba. Fascinada por el crimen desde su adolescencia, cuando una mujer fue asesinada al lado de su casa en Illinois, McNamara era una enciclopedia andante del delito en EE UU, pero cuando el caso de DeAngelo se cruzó en su camino ya no hubo nada más. La brutalidad de sus acciones (en ocasiones violaba a la mujer en presencia de la pareja para luego matar a los dos) y el hecho de que fuera —por encima del Asesino del Zodiaco— el criminal en serie sin capturar con más muertes en su haber cautivaron a McNamara, que fue quien lo bautizó como el Asesino del Estado Dorado.

Durante 42 años un cúmulo de suerte, descoordinación policial y falta de medios permitió a DeAngelo seguir en libertad, bajo el radar. Policía hasta 1979, cuando es expulsado por robar un martillo y un repelente para perros en una ferretería, el Asesino del Estado Dorado mató a sus dos últimas víctimas en 1981 y 1986. El FBI ha buscado sin éxito su relación con otros casos. Las víctimas que sobrevivían y los testigos de sus huidas coincidían en que era un hombre grande, de gestos decididos y blanco. Nada más. ¿Por qué lo hizo?, ¿por qué paró?, ¿quién es? fueron las preguntas que colonizaron la cabeza de McNamara durante cinco años en los que mintió a su familia para seguir trabajando a escondidas y ayudar a los investigadores, tomó drogas, se olvidó del cumpleaños de su marido, cayó poco a poco en el agujero. “'Siempre atrapamos a los idiotas', decían los polis. Podían marcar 99 de cada 100 casillas con esa clase de detenciones. Esa casilla sin marcar, no obstante, podía sacarte de quicio hasta causarte la muerte prematura”, escribe con sobrecogedora tranquilidad meses antes de fallecer. “Nos trató de maravilla”, recuerda su viudo, “solo que a veces la obsesión le sacaba de la realidad. Es imposible saber qué diría ahora al verlo entre rejas. Era demasiado compleja e inteligente”.

De algún modo morbosamente irónico, podríamos decir que McNamara fue la última víctima (aunque colateral) del asesino

Antonio Lozano

Durante décadas, el Asesino del Estado Dorado fue un agujero negro que engullía todo lo que se le acercaba: la vida de sus víctimas, la carrera y la vida familiar de algunos de los detectives que lo investigaron y la salud de McNamara. “De algún modo morbosamente irónico, podríamos decir que McNamara fue la última víctima (aunque colateral) del asesino con cuya identificación se obsesionó. Expresado en términos más grandilocuentes, al modo de un detective que va al límite, tuvo que sacrificar su vida (volcándose en un trabajo que contribuyó a detener su corazón) para encarrilar su captura. Sólo esto ya es profundamente novelesco”, resume Antonio Lozano, editor del libro en español.

Cuando se emocionaban con un sospechoso y luego fracasaban, McNamara y los investigadores que la ayudaban —profesionales y aficionados de un nivel asombroso— caían en una depresión, en un bajón propio de adictos. El libro se remata con una carta de la autora al asesino que dice: “Un día, no muy lejos, oirás que se detiene un coche delante de tu acera. El motor se apaga. Oirás pasos que se acercan por el sendero…” Así fue un 25 de abril de 2018, el día que el mundo puso cara a la bestia. Pero McNamara no estaba allí para disfrutarlo.

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