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Paco León, pícaro y galán, visto por Elvira Lindo

El actor, fogueado en la comedia tradicional, se aventura como director en el nuevo lenguaje de las series con un retrato del franquismo con Ava Gardner

Paco León, en el barrio de Lavapies.

Era Paco, Currito para sus padres, una criatura propensa a los sueños. Con la primera caligrafía escolar, la de sus cinco años, escribió en un papelillo: “Quiero ser actor”. Y alimentó su deseo tozudamente en aquellos años de infancia y adolescencia que vivió en el Parque Alcosa, un barrio de clase trabajadora que le creció a Sevilla en los años setenta, y que él entendía como Al-Cosa, atribuyendo al nombre resonancias árabes, hasta que un día descubrió no sin decepción que correspondía al promotor inmobiliario que lo construyó, Alfredo Corral, y su sociedad anónima.

Lo cuenta y se ríe. Aunque tal vez no sea consciente de cuánto lo define la anécdota, porque él es popular y culto, improvisador y minucioso, osado aunque siempre exquisito en el trato. Amante de lo sublime y de lo ordinario. Es, así al menos lo creo yo, el mejor oído que desde hace años tiene el cine español para la voz y el alma de la calle.

Si bien desde muy chico quiso salir huyendo del Parque Alcosa, ahora se alimenta en parte de la gracia verbal del universo en el que creció. No es poca cosa un barrio popular de Sevilla, y tampoco el hecho de ser educado por una madre como Carmina, que le ha servido de inspiración para dos comedias que retratan, como nadie ha hecho, el lenguaje y el sentido de la vida en el sur.

Da gusto charlar con este hombre que habla y cuenta sin cortapisas, “tal vez debería ser más comedido”. Con este desparpajo acaba contribuyendo activamente a ensanchar la libertad de expresión que otros defienden de palabra. Hace no mucho, habló de su bisexualidad en un programa de televisión, y los medios reaccionaron de inmediato: “Paco León confiesa…”. Y él puntualiza: “Yo no confesé nada porque eso sería como reconocer que he cometido un pecado. Y no. Lo único que hice fue hablar de mi vida con naturalidad”.

Como natural es cuando contesta al saludo de una abuela del barrio de Lavapiés, que lo reconoce a través de la cristalera del café Pavón, en el que estamos desayunando. Cuando está serio, Paco tiene la rotundidad de los rostros de las pinturas funerarias de El Fayum: es uno de esos romanos de ojos de almendra, labios sensuales y cabello rizado. Tal cual. Cuando rompe a reír parece un pícaro, un payaso, como lo fueron de profesión sus tíos. Desde que comenzara en la pura comedia televisiva que tantas risas nos proporcionó hasta ahora —mañana estrenará la serie Arde Madrid en Movistar+, que consta de ocho capítulos—, el actor ha crecido como artista, un hombre. Si bien sus películas se nutren siempre de la cultura popular, la factura demuestra una intensa atención a lo visual y a lo musical y un gran conocimiento de la historia del cine. Lo que ha visto le ha cundido. Esto es lo que se aprecia en este gran desafío que supone rodar una serie ambientada en los años sesenta teniendo a Ava Gardner como protagonista, aunque solo sea de manera argumental.

Lo que ha visto le ha cundido, como se aprecia en 'Arde Madrid'

No es un biopic, con lo cual al rato nos hemos olvidado de que Debi Mazar, la explosiva actriz neoyorquina que interpreta a Ava, no se parece demasiado a la estrella hollywoodiense, pero sí sabe mostrar la desmesura, la sinvergonzonería y el espíritu desmadrado de aquella dama temeraria que afirmara: “Adoro España porque tiene los mismos defectos que yo”.

Eso es exactamente lo que cuenta esta historia que, siempre desde el punto de vista de los criados, muestra el sorprendente desmadre de una actriz bebedora y vividora en un país en el que el pueblo llano estaba sometido al dictado represivo y catolicón de Franco.

Hacía tiempo que quería contar una España cañí con un personaje excesivo

Hacía tiempo que Paco León y su mujer, la guionista Anna Costa, acariciaban la idea de escribir una película que, a través de ese personaje excesivo que fue Gardner, confrontara el mundo cañí y mojigato español con la desenvoltura de los americanos que recorrían el mundo con dinero y sin miedos.

Era difícil contar ese ambiente en el que se mezclaban el universo de las viviendas de lujo, en las que también residían Perón e Isabelita, y la vida precaria de unos criados que andaban siempre lampando. Son Inma Cuesta, Anna Costa y Paco, que, medio sirvientes medio espías de chichinabo, encarnan con verdad a tres pobres catetillos que le harán más fácil la vida a una mujer desinhibida que pasa la mitad de sus días borracha.

Valiéndose de una foto en blanco y negro que huye de lo rancio para sumergirse a veces en el mundo del pop, se cuenta la disparatada historia de un Arriba y abajo en versión cañí, lo cual significa que intervienen elementos de humor negro, verde y marrón, en la estela picaresca del humor español.

“Debiera ser más contenido”, vuelve a decir Paco riéndose y, dicho esto, me muestra la voz de su madre felicitándole el cumpleaños en un audio de WhatsApp. La voz de Carmina irrumpe en nuestro desayuno con una fuerza que asombra y asusta, dulcificada eso sí por un acento andaluz que convierte en prueba de amor el exabrupto: “Felicidades, hijo de la gran puta. Que tienes que hacer siempre lo que te salga de tus santos cojones porque para eso eres dueño soberano de tu cuerpo. Vas a tener un día redondo, como el del Fundador”. Carmina se ríe de su ocurrencia. “Y no te creas”, añade Paco cuando acaba el mensaje, “que esto lo graba ella con aspavientos, no; ella habla así tumbada en el sofá”. Lo que le está diciendo Carmina es que ha de hacer lo que quiera sin preocuparse por las críticas. Eso es una madre.

Lo extraordinario es que el chaval que se escapó jovencillo de Alcosa para ser actor y ver la amplitud del mundo más allá de su barrio ha ido atrayendo a los miembros de su familia al universo de la interpretación, a su hermana María, y a su madre, a la que desde su celebrada Carmina o revienta no le falta trabajo: “Yo, que quise irme, ahora resulta que me los he ido trayendo conmigo”.

Inma Cuesta y Paco León, pobres pero guapos en la serie, con aires de película italiana. Vivos y sensuales a pesar de la España de deseos reprimidos en la que viven su juventud, como así lo fueron nuestros padres a pesar de todo. Inmersos en una inesperada dolce vita madrileña, que existió y que solo alguien con talento podía retratar. Con mucho talento. Como este hombre con cara de pillo que al enfundarse un abrigo elegante y posar para la foto parece un galán de cine.

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