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El terrorismo de un pastor

Paul Schrader filma una de sus obras más oscuras y difíciles con 'El reverendo' y anima al público poco comprometido a marcharse de su proyección

Paul Schrader, en agosto de 2017, en el festival de Venecia, donde estrenó 'El reverendo'.
Paul Schrader, en agosto de 2017, en el festival de Venecia, donde estrenó 'El reverendo'. Invision/AP

Tres minutos. Tal vez, cuatro. Entonces, “con suerte” parte del público se habrá marchado. El deseo es del propio director de la película, Paul Schrader. Inaudito: el creador de El reverendo anima a los espectadores a huir de su proyección. “Si no estás preparado, queremos que tarde o temprano te vayas. Ya desde el arranque intento mostrar que va a ser una experiencia distinta. Si lo aguantas, estás comprometido con el filme. Es como ir a misa: nadie se marcha porque se aburre. Sabías desde antes a qué ibas, y por eso acudiste”, reflexiona Schrader. El símil no resulta casual. Porque, por un lado, su filme se centra en un pastor evangélico, atormentado por demasiados espectros. Y, por otro, El reverendo pone a dura prueba la resistencia del espectador. Algunos se rendirán exhaustos. Pero otros, como los muchos críticos que han celebrado el filme, agradecerán a Schrader sus ganas de complicarse la vida. El público español ya puede medirse con la película.

Cuando se estrenó, en el festival de Venecia, se dijo que El reverendo era la obra más oscura de Schrader. Palabras mayores, para el guionista de Taxi Driver, Toro Salvaje o La última tentación de Cristo y director de Aflicción. Violencia, sexualidad, emociones fuertes y hombres arruinados han marcado la filmografía del estadounidense (Grand Rapids, 1946): la que escribió y la que rodó. Él prefiere no responder: “No sé si es una película oscura o lo son los tiempos que vivimos”. Pero la trama del filme puede ofrecer alguna pista.

El reverendo Toller combate más luchas de las que pueda aguantar: la fe, la pérdida, la guerra, el cáncer y el alcohol desorientan al religioso. Se suma, además, la batalla a la que le arrastra una mujer embarazada. Necesita que anime a su marido, que ve el planeta como condenado a muerte y prefiere el aborto a traer un hijo a este valle de lágrimas. Pero, ¿cómo puede el pastor cuidar del grey, si no tiene fuerzas ni para soportarse a sí mismo? Los fantasmas del terrorismo yihadista y el medioambiente endurecen más aún una obra filmada en un formato casi cuadrado, con ritmo tan lento y melancólico como sus personajes.

Ethan Hawke, en un fotograma de 'El reverendo'. ampliar foto
Ethan Hawke, en un fotograma de 'El reverendo'.

Hasta la propia cámara tensa la cuerda: las secuencias duran siempre algunos segundos más de lo habitual, para dar al espectador el tiempo de pensar, e incomodarse. Schrader lo llama “el bisturí del aburrimiento” y reivindica sus elecciones: “Es un filme serio, de arte y ensayo. Tiene sus raíces en el cine europeo de los setenta. Richard Linklater me dijo que nadie ha hecho una película como esta en 60 años”.

El director reconoce que El reverendo bebe de Ingmar Bergman, Robert Bresson y también de Ida, con la que Pawel Pawlikowski ganó el Oscar al mejor filme de habla no inglesa en 2015. Precisamente tras una cena con el cineasta polaco, Schrader se decidió a filmar la película. “Antes de ser guionista, leí un libro sobre la espiritualidad. Pero nunca pensé que haría filmes sobre ese tema. Hace 20 años en todo caso no hubiera podido rodarla: era demasiado ambiciosa y mi estilo no era tan riguroso”, reconoce el creador, que fue educado en la fe calvinista. Hubo dos empujes más para El reverendo: el cambio tecnológico –“nadie la hubiera financiado, ahora pude rodarla en 20 días, con costes razonables”- y el actor principal, Ethan Hawke. “Le da al personaje una mirada perdida, algo muy difícil para un intérprete”, le aplaude Schrader.

Por lo demás, el cineasta se ayudó a sí mismo. “A veces cuando escribo un guion me doy cuenta de que soy el único que lo filmaría”, admite. Así que El reverendo lleva su firma por duplicado. En el texto; y en sus planos. “Cuando la editamos, el montador me dijo: ‘¡Hay mucho de Taxi Driver!’. No lo hice aposta pero me di cuenta de que era cierto”. La influencia es más evidente en una secuencia, así como otra pretende homenajear a Tarkovski. Al teléfono, en cambio, Schrader se muestra lacónico sobre las obras maestras que rodó con Martin Scorsese: “No pienso en ellas”.

Más palabras emplea el creador sobre el futuro. El del cine parece intrigarle: “Ya no vale nada de lo que aprendimos. El sistema de los grandes estudios está muerto y asistimos al nacimiento de un nuevo modelo de entretenimiento. No creo que sea una transición, sino un cambio permanente”. Para el mundo, en cambio, Schrader ve un horizonte tan negro como el del filme: “Este periodo de 150.000 años donde el planeta estuvo cubierto por seres basados en la inteligencia y la conciencia terminará al final de este siglo. He vivido una época sin grandes guerras, con la explosión de la natalidad y el posterrorismo. ¿Teníamos un mundo maravilloso y qué hicimos con él? Joderlo. Nuestro regalo para la generación futura es el egoísmo”. Como para estar agradecidos.