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“Paracaidista es de lo peor que puedes ser en la guerra”

El historiador británico Antony Beevor considera que la batalla de Arnhem, tema de su último libro, fue el canto de cisne de las operaciones aerotransportadas

Cuatro paracaidistas británicos atraviesan un río.

¡Whoa Mahomet! Antony Beevor (Londres, 1946) no se sorprende al oír el grito de guerra de los paracaidistas británicos de la II Guerra Mundial en la azotea de un hotel de Madrid. Sonríe y lo repite educadamente: "Whoa Mahomet". Mucha menos gracia les hizo a los alemanes escucharlo tras la tremenda escabechina que sufrieron sus tropas blindadas a manos de los Red Devils,los diablos rojos, cuando trataban de contraatacar algo alocadamente a través del puente de Arnhem. En la noche envuelta en los efluvios de pólvora y carne quemada, mientras se apagaba el tableteo de las ametralladoras, el grito surgió entonces, alzándose retador. "Quizá hoy no queda muy políticamente correcto ese grito, lo trajo la Primera Brigada Paracaidista del Norte de África; se lo habrían escuchado a alguien que tiraba de un camello, y la frase se convirtió en su expresión estándar en batalla; en Arnhem servía también para saber qué edificios ocupaban ellos, los paracaidistas, y cuáles el enemigo".

Beevor, que se encuentra en España para presentar su último libro, Arnhem, la batalla por los puentes, 1944 (Crítica), que es el relato de una gran y trágica chapuza de los Aliados, reflexiona que ,sin duda, "paracaidista es de lo peor que puedes ser en la guerra; siempre tienes el miedo de que el paracaídas no se abra". Había muchos otros peligros. Al respecto, con humor negro inglés, el historiador militar recuerda la historia que cuenta en su libro del paracaidista herido mortalmente de bala y que dice lacónicamente: "Y pensar que me daba miedo que no se me abriera el paracaídas…".

"No hay nada más impresionante que saltar de un avión en batalla", continúa Beevor, "no puedes devolver el fuego, y parece que te dispare a ti personalmente todo el ejército alemán". ¿Tiene Beevor, que estudió en la academia militar de Sandhurst y fue oficial, experiencia personal en paracaidismo, como Max Hastings, que ganó las alas como cadete paracaidista con 17 años? "No, yo estaba en Caballería (en blindados con el 17º de húsares), me ofrecí voluntario para un pelotón de paracaidistas pero tenía un problema con la cadera, seguramente de haber saltado me hubiera quedado inválido".

En La II Guerra Mundial los alemanes parecían adelantados en la guerra aerotransportada pero acabaron siendo estadounidenses y británicos los de las grandes operaciones. "Los alemanes sacaron conclusiones opuestas a los aliados tras su costosísima invasión de Creta. Decidieron no hacer más operaciones de esas mientras que sus enemigos pensaron que podían ser el futuro de la guerra. Creo que Hitler tenía más razón". ¿Fue Arnhem la Creta de los Aliados? "Se podría decir, pero hay muchas diferencias. En Creta los Aliados sabían que venían los alemanes y mataron a la mayoría en el descenso, al principio. Y finalmente los defensores perdieron la batalla".

Beevor sí considera que Arnhem (y globalmente la batalla de los puentes), con su gran despliegue fallido de tropas en paracaídas y en planeadores, fue en cierta manera el canto de cisne de las grandes operaciones aerotransportadas. "Hubo otras, el ataque de los paracaidistas japoneses en las Célebes y después de la II Guerra Mundial la captura del canal de Suez, pero me parece muy significativo que no las hubiera en Vietnam".

¿Qué paracaidistas eran mejores? "Los estadounidenses, posiblemente, en la operación de Arnhem tenían más experiencia y mejor entrenamiento, los británicos eran buenos y constatadamente valientes, pero menos buenos en ataque que en defensa. En cuanto a los alemanes, en la batalla por los puentes solo eran paracaidistas nominalmente, esas fuerzas eran entonces una fantasía de Goering, que quería tener un ejército privado como Himmler".

El historiador Antony Beevor, en Madrid.
El historiador Antony Beevor, en Madrid. EL PAÍS

De su regreso al puente lejano, Beevor señala que había mucho por contar aún de Arnhem. "Se había explicado la historia desde el punto de vista de las fuentes británicas fundamentalmente, pero había muchas otras en los archivos, fuentes holandesas, polacas, estadounidenses... incluidos interesantísimos diarios de combatientes y civiles. Todo eso muestra meridianamente claro que la Operación Market Garden no tenía ninguna posibilidad de éxito". Beevor considera Arnhem su mejor libro, "por la riqueza del material documental, con testimonios extraordinarios de los que participaron en la batalla, un nivel de detalle que no encontré ni siquiera en Stalingrado".

No sé si los aficionados a la historia militar le perdonarán que haya desmontado el mito de la frase “un puente lejano”, acuñada por Cornelius Ryan en su libro sobre la operación y el consiguiente filme de Richard Attenborough. “La frase es una fantasía del general Browning y no se la dijo a Montgomery. Pero la culpa no es de Ryan sino suya, del general”. De la película dice que no es tan mala como otras, aunque señala equivocaciones como que no se vea que el plan era descabellado desde el principio (los paracaidistas no podían mantener los puentes tomados hasta que llegaran las tropas terrestres), que se ignore la desconsideración con los polacos, la poca importancia que se le da a la resistencia holandesa, “extremadamente eficaces en realidad”, o el error de las dos divisiones Panzer de las SS sobre las que cayeron los paracaidistas. “Estaban, pero muy debilitadas, solo tenían tres tanques entre las dos y otros siete en el taller. Lo que hubo fue una extraordinaria reacción alemana para llevar fuerzas desde Alemania a la zona de combates”.

Beevor parece admirar más a Model y Bittrich, los mandos alemanes que los Aliados. “Eran unos profesionales de primera clase, aunque, claro, el segundo no dejaba de ser un general de las SS y el primero un killer, por eso era el militar preferido de Hitler”. El historiador también reprocha al filme que no muestre en toda su tragedia el sufrimiento de los civiles, como él sí hace.

De la moda del turismo a los campos de batalla, Beevor señala que muchos lugares han cambiado hasta hacerse irreconocibles y que, por ejemplo, el puente de Arnhem (que fue destruido) se reconstruyó en otro lugar. “En todo caso me parece positivo siempre que contribuya a dar a conocer los horrores de la guerra y a que se entienda mejor la historia”.

Beevor observa un aumento creciente del interés de las mujeres por la historia militar. “Es un fenómeno que cuando publiqué Stalingrado no existía. Mis lectores eran público masculino. Incluso muchas mujeres bromeaban con que les había estropeado con mis libros sus lunas de miel. Ha sido con el énfasis en las historias vividas y las experiencias personales, el destino de los individuos, que la historia militar ha atraído a un público femenino. La historia militar se ha vuelto mucho más historia humana que antes y cada vez más mujeres la leen. Hoy en día, en mis charlas preguntan tanto ellas como ellos".

¿Hay algo irreductible en la experiencia militar que impide entenderla plenamente a quien no la haya experimentado de manera directa? “Desde luego haberla tenido es de gran ayuda para comprender la mentalidad de un ejército y la inteligencia emocional de unas fuerzas armadas, ¡que la tienen!: tienen una forma muy especial de lidiar con la tragedia y el desastre. En todo caso, lo importante en el historiador, tenga experiencia militar directa o no, es ser capaz de usar su empatía para entender qué es la guerra para los soldados”.

Dejar el valle de los Caídos como “ejemplo de fascismo”

Antony Beevor, autor de La Guerra Civil española (Crítica), considera que el Valle de los Caídos hay que dejarlo como está. “Es un modelo arquitectónico tan espantoso que es mejor conservarlo como ejemplo de fascismo y horror”, afirma. “Me parece una equivocación tratar de cambiar la historia destruyendo monumentos, es mejor poner carteles educativos, explicando cómo y porqué fueron construidos”. Eso lo dice porque no han tenido Londres llena de estatuas ecuestres de Franco. “No digo que deban conservarse en la plaza Mayor pero tampoco hay que destruirlas. Hay una peligrosa tendencia a tratar de cambiar la historia que no nos gusta, pero no por eso va a desaparecer. No debemos tratar de imponer nuestros valores al pasado”.