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Con Antony Beevor y los paracaidistas en Arnhem

El historiador militar publica su nuevo libro sobre la batalla de los puentes, que aparecerá en castellano en septiembre

Paracaidistas británicos durante la operación Market- Garden con un prisionero alemán.
Paracaidistas británicos durante la operación Market- Garden con un prisionero alemán.

Mientras rezo para que me manden de enviado especial al tour de cuatro días por Arnhem y los alrededores en el que hace de guía el mismísimo Antony Beevor y en el que solo falta que te disparen los Panzergrenadiers y un tanque Tigre (se va en Eurostar desde Londres y el hotel en que te alojas tiene spa: ¡lo que hubieran dado los paracaidistas británicos, los Diablos rojos, por esas comodidades!), me consuelo leyendo el último libro, todavía calentito, del historiador sobre la gran batalla de las tropas aerotransportadas aliadas de la Segunda Guerra Mundial, librada principalmente en suelo holandés y que acabó como el rosario de la aurora para los audaces atacantes.

Arnhem, the battle for the bridges, 1944, que acaba de publicar Viking y que lanzará en septiembre en castellano Crítica bajo el mismo título, Arnhem, la batalla por los puentes, es puro disfrute, otra extraordinaria muestra del inmenso talento de Beevor para escribir sobre la guerra sin que el rigor del historiador militar y la a menudo ardua descripción de los movimientos de tropas sepulte el drama humano, la emoción y la tremenda experiencia directa de los soldados. Por no hablar de su capacidad de retratar a los personajes, ya se trate de un vanidoso mando de paracaidistas o un mujeriego líder de panzers con la sutileza que reservaría Jane Austen para un terrateniente de Derbyshire o la melancólica hija casadera de un baronet. Ahí están detalles como que el guapo general Gavin fue amante de Marlene Dietrich y Martha Gelhorn.

El puente de Nimega tras la batalla.
El puente de Nimega tras la batalla.

De la operación Market-Garden, el ambicioso doble plan de utilizar fuerzas lanzadas en paracaídas y llevadas en planeadores detrás de las líneas alemanas para, capturando los puentes holandeses (los más famosos los de Arnhem y Nimega), asegurar una ruta terrestre que llevara un ejército aliado al corazón industrial de Alemania y acabara la guerra dándole la patada trasera a Hitler (la delantera se la daban ya los rusos), parecía que estaba todo escrito. Hay varios libros excelentes sobre el tema y sobre todo está el tan célebre Un puente lejano, del ínclito Cornelius Ryan, y su película correspondiente (Richard Attenborough, 1977, con una plétora de estrellas cinematográficas), que han creado el principal imaginario popular del episodio.

Beevor, que, como es sabido, no soporta las comparaciones con Ryan (1920-1974), al que considera un buen periodista y escritor pero no un verdadero historiador y con cuya sombra ha tenido que luchar al frecuentar las mismas batallas (Berlín, Normandía, ahora Arnhem), pone en solfa varias de las aseveraciones de su predecesor, empezando por el propio título de su libro. Sugiere sir Antony que la emblemática frase del general Browning –el padre de las fuerzas aerotransportadas británicas, campeón de bobsliegh y marido de Daphne du Maurier- a Montgomery sobre que el de Arnhem era un puente demasiado lejano para ir a tomarlo de hecho nunca se pronunció. También rebate la tesis de que la operación no utilizó a la Resistencia holandesa (a la que pinta mucho mejor que la francesa, incluso explica que muchos jóvenes tomaron las armas de los soldados caídos y se incorporaron a las filas de los Aliados, pagándolo luego, en la derrota, al ser ejecutados sumariamente por los alemanes). Puntualiza que los paracaidistas no tuvieron la mala suerte de ir a caer en Arnhem sobre los tanques de dos poderosas divisiones panzer de las SS (la 9ª y la 10ª, que en realidad estaban muy debilitadas, por debajo de los estándares y reorganizándose) sino que las fuerzas acorazadas realmente potentes llegaron después desde Alemania en un Blitztransport por tren muy bien realizado, como los contrataques (Model y Bittrich –que leía a Goethe y Platón en campaña- aparecen como más capaces que sus adversarios). Los alemanes rebañaron unidades de todas partes y hasta llevaron a luchar una de mutilados.

Nos hace pasar de una zona de combate a otra, de la perspectiva de un bando a la del otro, de un planeador en llamas a un panzer incandescente, y siempre combinando el plano general con las historias individuales, de valor  y de cobardía

Beevor es absolutamente concluyente en que Market-Garden (con ese nombre de centro comercial de extrarradio) fue una pifia desde su concepción. Simplemente era un mal plan que desafiaba la lógica militar, dice, y no podía salir bien. Su leit motiv, que repite varias veces en el libro, es que se ignoró la vieja máxima de que ningún plan, ni el más perfecto (y el de Market-Garden, con todas sus arriesgadas suposiciones, incluida la de que los alemanes estaban en desbandada, no lo era en absoluto) sobrevive al contacto con el enemigo. “Una doble verdad cuando se trata de operaciones aerotransportadas”. Se lanzó a las tropas demasiado lejos de los puentes y se perdió el indispensable factor sorpresa, mientras el contingente terrestre se atascaba por carretera, la “Autopista del Infierno”. Beevor también recuerda lo que decía Napoleón de que no debes luchar si no tienes asegurado un 75 % del éxito y que solo puedes dejar un 25 % a la suerte. “El plan Aliado invertía esa proporción”. El único éxito, la toma del puente de Nimega, se lo debieron a que Model no lo voló. Enfrentándose a toda una tradición británica de glorificar las derrotas poniéndoles épica y frases para la posteridad, recalca sin ambages la estulticia y la irresponsabilidad criminal de los mandos prima donnas que provocaron un desastre sin paliativos (y luego echaron parte de la culpa a los pobres paracaidistas polacos de Sosabowski convertidos en injustos chivos expiatorios).

Técnicamente impecable como siempre al describir el tiro de un PIAT (el bazuca británico) o los problemas mecánicos de un Königstiger (Tigre II), Beevor destaca el uso de los cohetes Nebelwerfer, que acojonaban a los Aliados, la posible presencia de musulmanes de la división SS Handschar, la concesión de sendas Cruces de Hierro a dos telefonistas alemanas o que los paracaidistas modificaban sus subfusiles Thompson, jamás llevaban pañuelos blancos y se atiborraban de Benzedrinas, que les provocaban alucinaciones. Son esos detalles que nos encantan a muchos.

Como suele hacer, y eso le honra, el historiador subraya minuciosamente los padecimientos de la población civil holandesa (y su generosidad hacia los Aliados, y su valentía), con la salvaje destrucción de las ciudades convertidas en zonas de combate encarnizado (200 civiles muertos solo en Arnhem), y revela, por primera vez, la hambruna que provocaron los alemanes como represalia y que causó desnutrición y millares de muertos, entre 16.000 y 20.000, en el invierno de 1944-45.

Un cañón autopropulsado alemán junto a unos paracaidistas capturados en Arnhem.
Un cañón autopropulsado alemán junto a unos paracaidistas capturados en Arnhem.

Es asombrosa la capacidad de Beevor de describir unos acontecimientos tan complejos y que se desarrollan paralelamente en escenarios diferentes de una geografía muy amplia. Nos hace pasar de una zona de combate a otra, de la perspectiva de un bando a la del otro, de un planeador en llamas a un panzer incandescente, y siempre combinando el plano general con las historias individuales, de valor (hubo cinco Cruces Victoria, cuatro póstumas), de cobardía (el paracaidista que se niega a saltar) e incluso algunas cómicas (el corresponsal Walter Cronkite que ha tomado prestado el casco de un teniente y lo sigue un grupo de soldados). La crueldad de la guerra y el baño de sangre de la batalla están ahí, por supuesto, en el centro de todo, con escenas espeluznantes y macabras, mutilaciones horribles, soldados que gimen y lloran heridos atrozmente en medio del combate, o la niña muerta en un fuego cruzado. El olor de carne quemada en los blindados carbonizados o tras el ataque con lanzallamas, el comandante de Shermann con los sesos y los intestinos desparramados sobre la torreta o el joven paracaidista al que el cabello se le vuelve blanco en una semana de estrés. Beevor revela que hubo ocasiones en que los propios camaradas dispararon piadosamente sobre sus compañeros agonizantes (o le pusieron la pistola en la mano al jefe de pelotón moribundo con agujeros de trazadoras en el pecho por los que salía humo). Y también asesinato a sangre fría de prisioneros, de los dos bandos.

En su relato encontramos viejos amigos ya de tantas batallas, como Von der Heydte, los paracaidista de la 101 saltando aquí de día (a diferencia de en Carentan) o Monty. Están todos los conocidos episodios de Frost reuniendo a su batallón haciendo sonar un cuerno de caza, Tatham-Warter liderando a sus hombres con un paraguas, Student viendo pasar carcomido de envidia desde su balcón la flota aérea Aliada o el descabellado intento del Sturmbannführer Grabner, con su Cruz de Caballero recién granada al cuello, de tratar de cruzar el puente de Arnhem con sus blindados y semiorugas. Pero con su voz suenan diferente, más reales, despojados del cartón piedra de las hazañas bélicas y las pelis de serie B. Con Beevor, esa es su fuerza, escuchas el ruido de la bala del francotirador al hundirse en la carne (“twack”), y siempre agachas la cabeza cuando en sus páginas resuenan los disparos.