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El hijo del carpintero

Ceesepe se escurrió entre las redes del negocio del arte

Ceesepe, en 1993.
Ceesepe, en 1993.

El viernes, tras difundir la noticia del fallecimiento de Ceesepe, el locutor manifestó su pasmo: en la emisora, buena parte de la redacción no sabía quién era Carlos Sánchez Pérez. Más allá de la desolación, intento buscar la lógica de esa ignorancia. Supongo que carecía de relevancia mediática. Nada que ver con Banksy, Keith Haring, Damien Hirst y compañía.

En estos días, se ha insistido en calificar a Ceesepe como “artista de la Movida”. Una etiqueta tóxica: está contaminada por el aroma de la Cultura de la Transición. A él le divertía la explotación política de su obra: en 1984, fue denunciado por Alberto Ruiz-Gallardón; en 2006, celebrado por Esperanza Aguirre.

Desde luego, Ceesepe estuvo en la Movida: se integró en aquel ejército que invadió gozosamente las noches capitalinas; su trabajo más visible llegó en los años ochenta. Sin embargo, pertenecía estéticamente a un movimiento anterior: el underground o, en clave de los enterados, el rollo. Solo en tiempos recientes, bajo el rótulo más universal de contracultura, se está revisando aquella actividad insurgente que emergió tras el fallecimiento del dinosaurio en 1975.

Aquella generación editaba sus propios tebeos (comix, se decía entonces) aprovechando el descontrol social del momento; luego, Ceesepe y sus amigos se colaron en revistas musiqueras como Disco Expres y Star. Para ellos, Lou Reed era el animal totémico, la excusa perfecta para sacar a pasear sus monstruos.

Lou Reed, por Ceesepe.
Lou Reed, por Ceesepe.

Así que resultaba desconcertante tratarle en persona y encontrarse con una criatura introvertida, con eterno aire somnoliento. Y no. Sus biorritmos escondían una mente lúcida, de criterios sólidos. En música, por ejemplo. Le repugnaba el “quiero ser un bote de Colón / y salir anunciado en la televisión” de Los Pegamoides y no toleraba el pop de consumo fácil: me echó una bronca por pinchar a Abba en la radio.

Demostraba una particular elocuencia cuando quería atraer a alguien. Si conocen algo de su obra, estarán familiarizados con sus tangueras, sus odaliscas, sus mujeres meditabundas. Oh, disculpen: no debería mencionar esa atracción por la sexualidad femenina. Ya no se considera pecado pero únicamente se disculpa como patología: se hubiera desternillado de saber que la exposición neoyorquina de dibujos eróticos de Klimt, Schiele y Picasso ha sido bautizada Obsession. Solo visitable con permiso de su psiquiatra, como en la última novela de Tom Wolfe.

El paso a la pintura estaba cantado. Por necesidad expresiva y pura sensatez profesional: las historietas no permitían ganarse la vida. Pero el mundo del arte resultó inhóspito para Ceesepe. En su actual encarnación, requiere un discurso con palabras de moda, una imagen vendible, una ágil sociabilidad… habilidades quizás no al alcance de un chico taciturno, procedente de una familia de carpinteros. Su estancia en Bellas Artes fue tan fugaz que no llegó a aprender la jerga y las poses. Creía que la clave residía en desarrollar un universo propio, trabajar sin descanso, experimentar con técnicas y soportes. Ayudado por Barceló, hasta cumplió con el rito de instalarse en París. No hizo mucho por lograr que le entendieran allí.

La última vez, terminamos hablando de los placeres sencillos: tras visitar una gran librería, recalaba en una chocolatería vecina. Estaba tristón, por su enfermedad. Para un posible trasplante, le exigían que cambiara su estilo de vida. Y se negó.