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Al rescate de los libertinos en la era del #MeToo

La seducción alcanzó una de sus cumbres con Casanova y en la Francia del siglo XVIII. La revisión de aquella política del romance tiene ahora un nuevo eco

'Las cosquillas' (hacia 1755), obra de Pietro Longhi que forma parte del Museo Thyssen-Bornemisza.
'Las cosquillas' (hacia 1755), obra de Pietro Longhi que forma parte del Museo Thyssen-Bornemisza.

Era tramposo, fullero y su comportamiento, especialmente hacia las mujeres, fue en muchas ocasiones escandaloso e inadmisible, como él mismo explicó en Historia de mi vida, los 12 tomos de memorias que dejó escritos. Maestro de la seducción y del engaño, el nombre del vividor Giacomo Casanova (1725-1798) es sinónimo de irredento mujeriego hedonista, cuya fama rivaliza con la del mismo Don Juan, que inspiró la ópera Don Giovanni, de Mozart, y en la que, por cierto, parece que el veneciano —buen amigo de Lorenzo da Ponte, el libretista del compositor— tuvo bastante que ver. Por supuesto, a Casanova no le han faltado defensores que han querido marcar las diferencias entre la crueldad de Don Juan y la búsqueda por parte del veneciano de una complicidad con sus amantes, pero su impenitente promiscuidad, así como sus relaciones con menores, acercan su conducta más a la del depredador que a la de un amante siempre respetuoso.

Lo cierto es que desde la publicación de la autobiografía con la que forjó su leyenda, el controvertido Casanova ha sido objeto de innumerables debates, libros, películas y obras. Este verano, la exposición La Europa de Casanova: arte, placer y poder en el siglo XVIII en el Museum of Fine Arts de Boston añade un nuevo matiz al rescate de su figura. La muestra reúne 250 piezas procedentes de media docena de colecciones entre las que se incluyen cuadros, esculturas, instrumentos musicales e incluso trajes, para evocar el mundo en el que el temible seductor se movió y enfrentarlo al contexto actual. Según explica el propio museo, se trata de “animar a los visitantes a contemplar cómo las experiencias de un hombre, contadas desde su propio punto de vista, tienen un nuevo eco en la era del #MeToo”, y de explorar “distintos aspectos del poder político, financiero y social, tanto en el tiempo de Casanova como en la actualidad”.

“Aunque muy frívolos en su estilo de vida, eran hijos del Siglo de las Luces”, apunta Benedetta Craveri

Además de presentar obras de Canaletto, Jean François Boucher y William Hogarth, la exposición recrea, con muebles de época y maniquíes, varios escenarios de las aventuras sexuales de Casanova: desde el parlatorio de un convento veneciano hasta el boudoir de una dama en París. El contrapunto llega con la programación de una serie de actividades paralelas, como la charla de la escritora feminista Lindy West titulada Llegan las brujas: la política del romance en un mundo #MeToo y la que ofrecerá en septiembre Catherine John­son-Roehr sobre las mujeres poderosas en tiempos de Casanova.

Pero realmente, ¿cuánto poder tenían las mujeres en aquel tiempo? La historiadora Benedetta Craveri, autora de La cultura de la conversación sobre el salón de Madame de Rambouillet en el París del siglo XVII, responde sin asomo de dudas. “La etapa prerrevolucionaria era el reino de las mujeres. Para saber lo que ocurría en Francia había que ir a sus salones o a sus lechos”, explica en una entrevista. “Es cierto que ellas ejercían un poder no directo, una influencia subterránea porque no estaban consideradas ciudadanas de primera clase. Pero entre la aristocracia, la libertad de costumbres era igual para hombres y mujeres, porque los matrimonios eran una unión de linajes; nadie pretendía amar a la persona que desposaba. El único pacto tácito era no hacer explícito el adulterio, no mostrarlo en público”.

En su último libro, Los últimos libertinos (Siruela), Craveri se centra en las figuras de siete hombres, miembros de la alta nobleza, que jugaron un papel destacado en la Francia del siglo ­XVIII, y vivieron la revolución en primera línea cuando contaban con más de 40 años: el duque de Lauzun, el vizconde de Ségur, el duque de Brissac, el conde de Narbonne, el conde de Louis Philippe de Ségur, el conde de Vaudreuil y el caballero de Boufflers. “Todos tuvieron importantes cargos, eran soldados, sabían cómo funcionaba Francia y otros países de su entorno, eran amigos, compartían amantes y todos, salvo Boufflers, dejaron estupendos escritos”, dice Craveri.

A finales del siglo XVIII, sostiene la autora, había más libertad; el peso de la religión iba mermando y los intelectuales se iban alzando como maestros que usaban a los aristócratas para difundir ideas. Los lúcidos análisis de Madame Stäehl, el poder que logró ejercer Catalina de Rusia o las intrigas de la princesa polaca Izabela Czartoryska son algunos de los ejemplos que Craveri destaca para plasmar la influencia y clarividencia que llegaron a tener algunas mujeres.

Pero la mitificación de aquel tiempo previo a la revolución es uno de los problemas que Craveri señala: una idealización positiva y negativa, que queda patente en los escritos que dejaron sus protagonistas y coetáneos tras la llegada de la guillotina. Muchos recuerdan la armonía y la belleza y pasan por alto la gran libertad moral; o por el contrario, tratan de justificar la brutalidad de la revolución subrayando la corrupción y degeneración que la antecedieron.

Los idilios fueron una constante en la atribulada vida de los nobles en la Francia prerrevolucionaria

Las referencias en Los últimos libertinos a la figura del legendario veneciano Casanova son escasas (un duelo y una carta), pero los idilios y affaires que marcaron su vida, también son una constante en la atribulada historia de los nobles franceses del estudio de Craveri, marca indiscutible de esa época y ambiente. “Fueron maestros en el arte de la seducción, y sus numerosos éxitos galantes con las señoras de la alta sociedad no les impidieron practicar el libertinaje en su acepción más amplia. Por eso les he definido como los últimos libertinos, si bien todos conocieron antes o después a la mujer capaz de conquistarlos durante el resto de sus vidas”, escribe la autora.

El término libertino aplicado a esos hombres del XVIII engloba no sólo el estereotipo de Don Juan, sino también la figura del librepensador: “Estos hombres encarnaron el placer de vivir, un arte con siglos de antigüedad que sumaba, al honor y la tradición, la elegancia y el compromiso político. Fueron reformadores que pelearon por la libertad de expresión y, aunque muy frívolos en su estilo de vida, eran hijos del Siglo de las Luces y trabajaron; creían en las reformas porque pensaban que mantendrían un papel importante, como había sucedido con la aristocracia inglesa”.

Su error de cálculo tiñe de romanticismo sus historias. Ellos mismos contribuyeron a su fin. El conde de Ségur escribió tiempo después: “Nos burlábamos de las antiguas usanzas, del orgullo feudal de nuestros padres y de la solemnidad de su etiqueta, pero sin dejar de disfrutar de todos nuestros privilegios. Libertad, realeza, aristocracia, democracia, prejuicios, razón, novedades, filosofía, todo esto contribuiría a hacer felices nuestros días, y nunca un despertar tan terrible fue precedido por un sueño tan dulce, y por unos sueños tan seductores”.

Craveri cita a su abuelo Benedetto Croce para enfatizar que la historia, por muy remota que sea, siempre es contemporánea porque es leída desde el presente. El rescate de los libertinos y su mundo —más allá de la recreación de fastuosos banquetes de la época de Casanova o la relectura de sus aventuras sexuales que propone a sus visitantes el museo de Boston— encierra lecciones políticas y sociales relevantes. “Conscientes de sus privilegios y decididos a conseguir el aplauso, respondían plenamente a las exigencias de una sociedad profundamente teatral, en la que era obligado mantener viva la atención”, escribe Craveri sobre los libertinos. ¿No suena en esto el eco de nuestra era del like?

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