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COLUMNA

Libertino

El legado de la Ilustración pende del frágil hilo de una visión secularizada del mundo

Benedetta Craveri (Roma, 1942) ha centrado su atención sobre el mundo cultural francés del siglo XVIII. Sin salirse de este siglo crucial, en el que se ha cimentado nuestro mundo, acaba de editarse en castellano Los últimos libertinos(Siruela) de esta misma autora, donde, a través de la historia de siete aristócratas franceses de la segunda mitad de esta centuria, nos adentra en el ambiente de la fragua y el desarrollo de la Revolución de 1789, cuyos ideales básicos siguen por el momento rigiendo nuestros destinos.

El término “libertino” tiene dos usos esenciales: el que define a alguien que convierte en un arte la capacidad de gozar de los placeres carnales, pero también una forma de pensar sin ataduras dogmáticas, propia de la Ilustración. Ninguno de los siete nobles estudiados por Craveri se privó de cultivar ambas tendencias, a pesar de que la segunda comprometía sus intereses materiales. Leyendo el bien informado y ameno libro de esta escritora italiana, no se puede evitar establecer el contraste entre la aristocracia francesa y la española de este mismo momento histórico, pues, en la mayoría de los casos, la nobleza y la burguesía ilustradas de nuestro país eran bien libertinas de pensamiento, pero castas o hedonistas a la par que incultas. Quizás esto explique la causa de que el uso del término “libertino” en nuestra lengua actual se siga aplicando unilateralmente a quien lleva una vida disoluta. Aunque Francia fuera entonces un país de confesión católica, es obvio que su interpretación de la religión fue más honda y laxa que en España, donde incluso los que se consideran ateos defienden sus convicciones con el fervor fanático de los creyentes sin atisbo de piedad, algo por lo que seguimos pagando un alto precio.

Sea como sea, el legado perenne de la Ilustración occidental pende del frágil hilo de una visión secularizada del mundo, pero siempre y cuando se conciba la forma inclusiva, no excluyente. Una parte importante de estos aristócratas franceses acabaron en la guillotina en la época radical del terror, a pesar de sus ideales liberales, pero acierta Craveri a definir su novelesco destino como el de los últimos de su especie, no tanto por su trágico final sino porque, desde ese momento hasta la actualidad, se ha impuesto el puritanismo moral de la burguesía, hoy más agobiante por mor de lo “políticamente correcto”.

En principio, sin ninguna atadura moral ni política en sí mismo, por su gratuidad y su abierta voluntad inquisitiva, el arte es quizás hoy la única instancia mediante la cual el ser humano escarba críticamente en su oceánica zona oscura, o, si se quiere, que se muestra como una actividad genuinamente libertina. Así lo hizo siempre afrontando las dificultades censorias correspondiente de cada época, pero se explayó más en la nuestra, sobre todo a partir del comienzo de éste durante el siglo XVIII. Lo refrenda el también especialista italiano Renato Barilli (Bolonia, 1935), en su ensayo Lo posmoderno, pasado y presente (Casimiro), en el que acertadamente reconfigura la modernidad a partir del renacimiento, considerando que lo que llamamos posmoderno arranca del último tercio del siglo XVIII, con lo que para él este último término tiene tras de sí una larga historia y lo que ahora vivimos al respecto se halla, no en su primavera sino en su invernal momento final. Detrás de ellos se apunta que el uso social de la libertad está al borde de la congelación.