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Calma chicha para niños

Una película de animación infantil con mucha disparidad en el diseño de personajes que también acompaña a la producción en sí, con tantos aspectos positivos como negativos

Vaya bichos
Fotograma de '¡Vaya bichos!'.

¡VAYA BICHOS!

Dirección: Arnoud Bouron, Anton Krings.

Género: aventuras animadas. Francia, 2017.

Duración: 84 minutos.

Frente a la hiperactividad de los personajes, el vertiginoso compás de la planificación y la acumulación de recursos visuales, musicales, sonoros y textuales de Los increíbles 2, irresistible opción veraniega para los críos, ante la que algunos de los más pequeños desconectan por cansancio o acaban con la lengua fuera del esfuerzo tras el chute de adrenalina fílmica, esta semana llega uno de esos productos de innegable nombre y apellido: una película para niños. Punto.

¡Vaya bichos!, basada en la colección de libros Bichitos curiosos, escrita por Anton Krings y editada en España por Blume, es una fábula de ritmo calmado y seguro, enseñanza social y toque ecológico. Ofrece un cóctel obvio y la hemos visto decenas de veces, pero aspira a ser más infalible para la platea de entre 3 y 6 años, que puede aturullarse ante la aceleración sin límites de cierta animación contemporánea.

Producida por el estudio de la reciente El principito (2015), participante de la sección oficial del Festival de Cannes y ganadora del César de la categoría en aquel año, ¡Vaya bichos! está codirigida por Krings, el propio autor de los libros originales, junto a Arnoud Bouron, hasta ahora realizador de diversas series animadas de televisión, pero en modo alguno tiene la inventiva formal y el riesgo de la adaptación del libro de Antoine de Saint-Exupéry. Con animación digital en 3D bien trabajada, aunque sin sorpresas, ni en los diseños de personajes ni en los entornos ni en los fondos, la historia de Krings y Bouron está amparada en un doble contraste: el de los bichos del día y los de la noche, las alimañas; y el de una abeja princesa, gordita, ingenua y dulce, y una avispa con cintura de ídem, escultural y maligna.

Una disparidad que también acompaña a la producción en sí, con tantos aspectos positivos como negativos: a la banda sonora de Bruno Coulais, que siempre está por encima de la propia película, se enfrenta un tono excesivamente tristón, que ni siquiera llega a ser lúgubre, y el hecho definitivo que no se hayan molestado lo más mínimo en el diseño del personaje del grillo, casi calcado al Pepito de Pinocho, cuando en los libros originales era bien distante.

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