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ANÁLISIS

Especulación sin límite

Diez años después, la Segunda Gran Depresión no ha producido escarmiento en los gobiernos ni políticas correctoras de la desrregulación financiera

Un empleado de Lehman Brothers en Nueva York, el 15 de septiembre de 2008, con sus pertenencias tras ser despedido.
Un empleado de Lehman Brothers en Nueva York, el 15 de septiembre de 2008, con sus pertenencias tras ser despedido. AFP

La Segunda Gran Depresión (SGD) se suele fechar a partir del 15 de septiembre de 2008, día infausto en el que se declaró la quiebra de Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de Estados Unidos. Es un referente convencional más que una causa. Antes de Lehman se habían precipitado en la vorágine de las subprime (hipotecas basura) Bear Sterns —fusionado a la fuerza con JP Morgan Chase—, las financieras Freddie Mac y Fannie Mae (nacionalizadas para tranquilizar a los mercados y a los estadounidenses) y la aseguradora AIG. En el caso de Lehman, hubo un amago amistoso de colocarlo a otros grupos. Pero se fracasó con Bank of America y Barclays. Los balances de Lehman estaban infectados por activos sin valor, producto de una sofisticación financiera maligna, cuyo mal radicaba en la negligencia en las garantías y la ligereza obscena para hacer soportar cientos de millones de dólares de expansión financiera en activos de morosidad indigerible.

Sobre hipotecas concedidas a voleo, carne de inseguridad sistémica, se construyeron castillos de cédulas e instrumentos financieros que se vinieron abajo en cuanto alguien tuvo la humorada de reclamar las garantías. Cuando la Reserva Federal y el Tesoro se desentendieron, Lehman debía 155.000 millones de dólares a los principales fiduciarios de sus bonistas. El impacto de la quiebra dejó un cráter similar al causado por el impacto del meteorito que acabó con los dinosaurios. El banco se comprometió a pagar 65.000 millones de dólares, solo puso 22.000 millones.

La onda expansiva de Lehman no se explica solo por la magnitud de la quiebra. El cinturón planetario de los mercados entendió rápidamente que: 1. Un banco del tamaño de Lehman podía quebrar; 2. El problema de las subprime era global; y 3. Que George Walker Bush y su Administración eran incapaces de gestionar una crisis de alcance universal. Washington dio un máster de inconsistencias, bandazos y miopía. En agosto de 2007, la crisis era un hecho para quien tuviera información de detalle, porque los tipos del interbancario y el de los bonos subieron como un cohete, prueba de que los bancos practicaban la desconfianza mutua; pues bien, el visionario Bush declaraba en febrero de 2008: "No creo que nos dirijamos a una recesión".

Después, EE UU encadenó una cadena de errores. Bush, el Tesoro y la Reserva Federal pudieron estimular la economía ayudando a los propietarios de viviendas o a los desempleados. Pero eligieron la política más incompetente: inyectar 700.000 millones de dólares en la banca a través del Troubled Asset Relief Program, lo que, según Joseph Stiglitz, fue como “hacer una transfusión de sangre a alguien con una hemorragia interna”. Diez años después, la SGD no ha producido escarmiento en los gobiernos ni políticas correctoras de la desrregulación financiera. El sistema ha vuelto a lo que produce beneficios inmediatos y daños a largo plazo: la especulación sin límite.