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El salto feminista de la novela negra: ¿realidad u oportunidad perdida?

El género que mejor refleja la realidad siempre ha pecado de machista. Ahora se encuentra entre los lentos avances y la repetición de estereotipos

De izq a derecha Claudia Casanova , Laura Gomara, Alicia Giménez Bartlett y Liliana Escliar posan en la Semana Negra de Gijón.rn
De izq a derecha Claudia Casanova , Laura Gomara, Alicia Giménez Bartlett y Liliana Escliar posan en la Semana Negra de Gijón.

La novela negra en España vive tiempos agitados. Termómetro del mundo que retrata, el género literario más realista refleja antes que ningún otro los avances y miserias de la sociedad. La Semana Negra de Gijón, una de las grandes citas anuales en la materia, ha pasado de no tener ninguna mujer entre los finalistas de sus cinco premios en 2016 a 10 en 2018, pero en su palmarés solo hay una mujer que ha ganado el Dashiell Hammett en 31 años. Oportunidad perdida o avance lento pero imparable, varias de las finalistas y otras escritoras describen para EL PAÍS el estado de la cuestión.

“El género está cambiando porque hay mujeres jóvenes que tienen mucho éxito. También el estereotipo ha cambiado y los personajes tienen nuevos roles. Pero es verdad que las mujeres tienen que ser más duras para llegar al mismo sitio que los hombres. Hay un plus de visibilidad: tienes que demostrar que puedes ser como los demás”, comenta Alicia Giménez Bartlett, que optaba al principal premio del festival con una nueva entrega de la serie de Petra Delicado, detective de la Policía Nacional que empezó su carrera literaria hace más de 20 años, cuando no existían ese tipo de personajes.

“¿Crees que solo se ha dado un premio a una mujer en 31 años porque no hay talento?”. La pregunta retórica la lanzaba Mabel Lozano, ganadora del premio de no ficción por El proxeneta, una escalofriante radiografía del negocio de la prostitución en España. “Es necesario que estemos en la construcción del relato público porque es la única manera de que salgan ciertos temas, pero tampoco vale el alegato del sí porque sí”, añade.

La sociedad evoluciona y con ella el género negro pero no a la velocidad deseada. “Empieza a cambiar la percepción, pero las estructuras siguen siendo masculinas. Las mujeres somos ya grandes lectoras, hay tremendas escritoras, pero las estructuras en general siguen sin querer representar el mundo”, asegura Berna González Harbour, también finalista este año con Las lágrimas de Claire Jones. “Se trata más bien de saber mirar. Yo como editora veo que mi selección está desequilibrada. ¿Tengo un sesgo negativo? En absoluto, pero la oferta que me llega está completamente descompensada. Hay que neutralizar esa deficiencia histórica del sector. Descubrir voces y maneras nuevas de mirar. La cultura tiene que estar pegada a lo que ocurre en la sociedad y no quedarse en su torre de marfil”, asegura Claudia Casanova, finalista del premio a mejor novela histórica y editora en Ático de los libros.

Nadie cree que nos encontremos ya en la situación que llevó, por ejemplo, a J.K. Rowling a firmar con iniciales para tener un público más amplio y la ficción negrocriminal tiene ejemplos de sobra en España y fuera de escritoras que han triunfado. La evolución es evidente y se ve también en la Semana Negra, que en su primera edición en 1988 contó con una única mujer, Lourdes Ortiz, invitada al festival.

Cuantas más propuestas plurales de mujeres haya, más cerca estaremos de romper estos estereotipos

Ana Penyas

Ahora bien, como en el resto de la literatura, las mujeres están muy presentes en tanto que lectoras, editoras y escritoras pero el género negro empieza ahora a quitarse de encima esa representación de la mujer como víctima o estereotipo. “Cuando lees a Chandler ves personajes masculinos que te encantan pero hay algunos femeninos que dices:  'qué es esto’ y ahí hemos llegado nosotras para dar realismo, otro punto de vista”, reflexiona Laura Gomara, finalista del premio a la mejor primera novela. González- Harbour se lamenta, por su parte, de que eso no se esté aprovechando del todo: “Las autoras somos versátiles y sus personajes también. La novela negra hoy es mucho más rica. ¿Qué hace falta? La ambición de querer representar el mundo real, no el mundo de los hombres”.

Autora de la novela gráfica Estamos todas bien, Ana Penyas ha pasado por Gijón para hablar de la subjetividad femenina y es quien apunta más lejos: “No basta con que las mujeres empiecen a a narrarse a ellas mismas porque una mujer lo puede hacer también con las claves del patriarcado. Pero cada vez más mujeres se están cuestionando esta mirada. Cuantas más propuestas plurales de mujeres haya, más cerca estaremos de romper estos estereotipos. Obviamente yo creo que también los hombres lo pueden hacer, pero la puerta de entrada tiene que ser de las mujeres que crean y que están menos manchadas por esa visión masculina de la mujer”.

Dos reflexiones completan el marco y configuran un principio de acción. Ana Longoni, responsable de actividades públicas del Reina Sofía, crítica y escritora, matiza: “No hay que feminizar, hay que feministizar. Hay que descolonizar las mentes para revelar lo que está ahí y no vemos”. Y Liliana Scliar, otra de las finalistas, amplía el foco: “Somos las mujeres las que tenemos que saber y entender que ese lugar hay que ocuparlo y esto tiene que hacerse no solo en la literatura”. Para ello, quizás nada mejor que el género negro, siempre que no deje pasar la oportunidad.

Mejor sin ayudas

¿Son las cuotas una solución? El sentir general es de rechazo porque la literatura se defiende sola, la escriba quien la escriba. "No es cuestión de cuotas, es cuestión de que nos lean. Todavía hay hombres que te dicen: no leo novelas de mujeres porque no me interesan. Es necesario que nos leamos todos entre nosotros y demos los premios con independencia de si somos mujeres u hombres", apunta Gomara para dar paso a un asunto esencial: quién elige a los premiados. A raíz de la polémica de 2016, la Semana Negra incluyó más mujeres en los jurados y el efecto es evidente. Sin embargo, y eso es otra historia, en estos premios ha habido mucho ombliguismo. "Gijón es Gijón. Es un reducto que tiene unas reglas y hay que aceptarlas", zanja Giménez Bartlett.